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El mismo helado, veranos distintos
Para mí está primero el helado de turrón de Verdú y luego todos los demás
17 de julio 2026
“Un helado de turrón de 125 pesetas en cucurucho”. Esto decía mi abuelo Gerardo cada tarde de primavera avanzada o de principios de verano en la que me llevaba al parque y luego a pasear por un Oviedo que trataba de desperezarse del frío antes de que el calor extremo lo vaciara hasta septiembre. De su mano, nos acercábamos a Diego Verdú —unas veces a la tienda de Cimadevilla y otras al quiosco del paseo del Bombé, en el Campo San Francisco— y repetíamos ese ritual con solemnidad y alegría. Siempre el mismo helado, siempre el mismo tamaño, siempre las mismas ganas de disfrutar de ese manjar glacial que justificaba el día.
Ya todo es diferente. Oviedo cambió mucho y se llena durante el estío; mi abuelo ya no está y las pesetas se convirtieron en euros. Lo único que permanece como un asidero al que echar mano cuando la vida nos tambalea es Diego Verdú. Esos helados cremosos, con trozos inmensos del turrón que elaboran para Navidad, tienen la capacidad de crear un oasis en el centro de la ciudad con una sola lametada.
Por eso, para mí está primero el helado de turrón de Verdú y luego todos los demás. No existe combinación alguna que me haga decantarme por otra elección. Pruebo con gusto y pasión todo tipo de creaciones, pero la referencia está clara y es difícil de superar. Es uno de esos sabores que educaron mi paladar, un gusto frío y cálido a la vez, capaz de conectar el pasado con el futuro. Tiene la potestad de definir la idiosincrasia de un lugar y de su gente: el orgullo ovetense en un cucurucho. Porque, aunque tiene unos dueños, es un poco de todos, ya que nuestra educación sentimental y algunas de nuestras certezas se forjaron esperando esa cola.
Su historia comenzó en 1878, cuando Diego Verdú Monerris, con apenas 17 años, dejó Jijona (Alicante) para llevar sus turrones artesanos hasta Oviedo. Lo que empezó como un negocio navideño acabó convirtiéndose en una de las casas más emblemáticas de la ciudad. Cinco generaciones después, la familia continúa elaborando sus turrones y helados con el mismo espíritu artesanal que conquistó a los ovetenses hace casi un siglo y medio, demostrando que la tradición, cuando se cuida, se convierte en pasión.
Las cosas buenas no deberían cambiar, y a los sitios en los que hemos sido felices debemos volver una y otra vez, sin olvidar que toda satisfacción requiere trabajo y entrega. El mismo helado, veranos distintos y siempre un placer.
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