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Manuel Vicent frente a la cámara
En ‘Mañana seré feliz’ le sientan en una silla y le preguntan por su vida.
29 de abril 2026
“Para hablar —también escribir— con voz propia se debe huir siempre de la frase hecha y el lugar común”, nos dijo Manuel Vicent en un congreso de columnismo. O, al menos, eso es lo que él ha tratado de hacer a lo largo de su vida y conseguir así ser un referente en esto del periodismo y de la literatura.
Puedo escuchar una y otra vez sus anécdotas, los azares de su vida, sin restar un ápice de interés, sin adelantarme a ese giro que va a acontecer en la narración oral, pero sorprendente cada vez que sale de su boca. Entre la biografía y la fábula, nadie relata como Vicent la Historia reciente de nuestro país, ya no queda ninguno de esa época en la que parece que los españoles nos queríamos y remábamos juntos para un futuro mejor. El último cowboy de una estirpe periodística que comprendió y supo enseñar la idiosincrasia de una España con un pie en el siglo XIX y el otro en la Barcelona olímpica.
David Trueba y Luis Alegre, tras poner a Fernán Gómez frente a la cámara, lo han hecho de nuevo; y que sigan. En ‘Mañana seré feliz’ (desde el jueves en Movistar), sientan a Manuel Vicent en una silla y le preguntan por su vida. Más de nueve horas de metraje que se quedan en ochenta minutos. Cuando uno acaba la película, sólo desea que suban las tomas desechadas y seguir escuchando a ese tipo de Castellón tan genial.
Llegó a esa “gabarra de locos” que fue el Café Gijón en los sesenta, quería escribir, conmover, despertar emoción. Huyendo de un padre autoritario del que se sintió subyugado hasta su muerte, del Derecho y de una vida gris con toga atracó en ese puerto, reino de la mundanidad, que es Madrid. “Más guapo que Marlon Brando”, conquistó a la crítica con su primera novela y a las mujeres porque les hacía reír. Cuarenta años frente al ventanal del Gijón, le sirvieron para conocer todo lo humano y lo divino. Abandonó su paraíso cuando las tertulias fueron menos y porque no estaba dispuesto a envejecer a los ojos de las ancianas de pelo cardado y los turistas chinos que recorren Recoletos.
A sus noventa años, sigue siendo ácrata y desdeñando la autoridad. “Toda mi vida he odiado la autoridad. No me enfrenté a ella jamás, pero me escaqueo para ser libre, para ser yo. Es algo que no soporto”, sigue defendiendo mientras mira a cámara.
No escabulle sus momentos más canallas, y cómo de la tertulia pasó a las timbas de cartas. Un mundo siniestro y escacharrante, donde el compañero de tapete podía perder desde mucha pasta hasta la vida. Se codeó con Campechano entre pinchos de chorizo y un duque de Alba, al que luego le hizo un traje y contó la verdad en un libro.
“Iba para vago, nunca pensé que lograría algo en la vida”, y consiguió ser uno de los maestros de la columna. “Para pasar a la posteridad tienes que ser personaje, crearte como personaje. Nadie que no lo sea logra pasar a la posteridad. No me interesa nada eso, yo prefiero el ahora”. No pretende trascender, y su firma ya está al lado de la de los grandes. Como a Umbral, no le darán el Cervantes, al Cervantes le darán un Vicent.
Nota los años porque apenas queda nadie de los que compartieron linotipia, actualidad, mesa, copas, desilusiones y felicidad. La amistad por encima de todo, sigue queriendo caer bien, que lo quieran, pero cada vez le importa menos que no sea así. Tímido absoluto que se ha ido curando, logró hacer de la ficción realidad, y de la realidad algo mejor. “El tiempo es las cosas que te pasan, por eso es oro cuando ocurren cosas maravillosas”, defiende así la melancolía, frente a la nostalgia, como fuente creativa.
Viejo ya, pero con eso que él llama “swing”, algo que te da la cultura y la forma de relacionarte. Manteniendo ese interés en hacer bien las cosas que hace. Quiere a sus hijos por encima de todo, pero supo siempre que la vida de los otros es libre y no se puede controlar. La muerte de Mauricio le hizo vulnerable, algo de lo que sabe que no va a recuperarse, no hay tiempo suficiente para disolver ese dolor -si es que alguna vez lo hay. Pero Nora y sus nietos lo sustentan.
“En la película de la vida, Gary Cooper muere siempre. Y mal”. Sabe MV que está en el ocaso, pero “ser inmortal es poder pasar la lengua y los labios humedecidos por un gintonic”. Sueña que llega tarde a su fusilamiento, y el capitán se enfada mucho. Ojalá sea así y sigamos escuchando mucho más su voz contando lo mismo, pero siempre algo nuevo. “Todo pasará, y mañana seré feliz”.
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