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Mi amor de todos los veranos
Si la extraviara, rompiera o se la comiera un perro sería una pérdida enorme y frívola y real.
18 de agosto 2026 · 2 comentarios
Si la extraviara, rompiera o se la comiera un perro sería una pérdida enorme y frívola y real.
Cojo de la maleta mi falda de tenis y, antes de ponérmela, la huelo. Ayer hizo un calor insufrible en Lisboa y me sorprende que no haya acabado acartonada por el sudor. No he traído nada más, nunca llevo nada más, aparte de algunas camisetas de recambio, por supuesto, y bragas (eso no hace falta que lo aclare). ¿Alguno de vosotros me ha visto llevar en verano otra cosa que no sea mi falda de tenis? No, lo suponía. Si la respuesta es sí, no me conoces lo suficiente. Doy por hecho que nos conocemos, o que nos hemos visto; esta ciudad a ratos parece un pueblo y estoy casi segura de que todo el mundo vive o pasa por aquí.
Como todo el mundo sabe, en la vida hay muy pocos exnovios oficiales, que son los que luego te acompañan el resto de tu vida. Son tus amigos, tus consejeros más agudos y la gente a la que menos apruebas: sus tatuajes, su nuevo peinado, ese reloj dorado que se acaba de colocar en la muñeca después de ver Los Soprano... Mi Exnovio Oficial, durante nuestra cita previa al verano, me vio aparecer con mi falda de tenis y dejó escapar una risilla, "La falda de siempre"1. Álex, el otro día después de tocar: "Te conozco desde hace años y siempre has llevado la misma falda. La misma ropa, de hecho".
A mí hay algunas cosas que se me dan especialmente bien, entre ellas: teclear sin mirar el teclado y la monogamia. Me gusta la vida de uno a uno. Las amigas con las que puedo charlar en una mesa para dos, un libro en cada etapa, una sola película en la que pensar, un solo novio o un solo amante, un solo dolor a cada rato, una ciudad que amo, una sola guitarra que tocar... la hiperfijación por las cosas que van de uno en uno me deja el espacio necesario para que la cabeza pueda atrapar los pensamientos múltiples. No soy avariciosa, sí muy limitadita. Con la ropa me ocurre: un par de vaqueros, una chaqueta, un abrigo, y sobre todo: una falda. La falda.
No me acuerdo ni siquiera de los años que tiene. Hago un repaso mental pero es tan antigua que resulta casi inverosímil y seguro que una guarrería. Comprando para algún campamento veraniego (¿cuando tenía 17 años quizá?), fui con mi madre y mis hermanos al Decathlon de Xanadú y me armé de valor para pedirle que me comprara una falda pantalón negra, que decía "Artengo" en la parte de abajo y no costaba más de diez euros. Cada vez que me ve aparecer se echa las manos a la cabeza. ¿Cómo puede ser que siga llevando diariamente ese puñetero trapillo?
Parece que para todo el mundo es muy sencillo: debería tomar la decisión de ponerme otra cosa y punto. Pero cuando algo funciona... ni se te ocurra tocarlo. Mi falda del Decathlon es polivalente, cómoda, se comporta correctamente en cualquier lado, tiene el largo perfecto, combina con botas, zapatos y zapatillas. Y no es que juegue al tenis con ella, yo en mi vida he cogido una raqueta; pero su corte, tiro y color favorecen y van con todo.2
El otro día me pregunté qué pasaría si la extraviara, rompiera o se la comiera un perro. Quizá tendría que recorrer algunas tiendas para mirarme delante de un espejo con una luz tenebrosa y probarme decenas de faldas que nunca serán como la mía. Sería una pérdida enorme y frívola y real.
Pues bien, no solo lo pensé, sino que unos días más tarde, entre deshacer la maleta, lavar y tender ropa, perdí mi falda. Pasé la tarde revolviendo entre las cajas, sacando ropa del armario, pregunté a mis compañeras de piso, revisando la colada una y otra vez. Abrí las maletas, bolsos, la bolsa de la compra y el congelador para encontrarla. Matilde me miró con cara de preocupación al verme tan afectada por la roñosa falda, y no me quedó más remedio que salir a ver el eclipse enfurruñada, embutida en unos vaqueros cortos que ya me quedaban un poco apretados y llevaba todo el verano sin ponerme. Esta mañana, al hacer la cama, me fijé en la manta amarilla que, doblada sobre la silla de mi habitación, dejaba ver debajo una tela transpirable, negra. Fui a tocarla con el cariño de quien se reencuentra con un gran amor de infancia.
Si has llegado hasta aquí, es probable que hayas fruncido el ceño en varias ocasiones o que creas que carezco de higiene. A veces, cuando mi Exnovio Oficial, mis amigos, o mi madre me recuerdan que, otro verano más visto mi falda Artengo, yo también mantengo un debate interno. A ratos, llevarla puesta me hace sentir la persona más vulgar del mundo, con 24 años, un trabajo, una carrera y un proyecto vital notablemente serio, vestirse con una falda Artengo puede resultar algo infantil, de poco criterio.
En los días que mejor me llevo conmigo misma, mi pequeña falda me hace sentir como la persona más comprometida con su identidad, tan imperturbable que no admite un cambio de ropa. Quizá sea de los amores más duraderos, intensos e icónicos que he tenido. Cada día me levanto y elijo conscientemente que me acompañará a la calle, al cine, a la compra, a soportar una bronca, a liderar una pelea, despedir una amiga, dar un bolo, caminar, ensayar. Cada día elijo conscientemente a mi compañera de aventuras; somos tan ligeras juntas, ella siempre está a la altura.
He encontrado la manera de no volver a perderla: llevándola siempre puesta.
1 Con el Exnovio Oficial siempre ocurre que su madre te tendrá un cariño sobrenatural e íntimo de hija perdida, un motivo más para andar chinchándole.
2 Sin embargo, si opinas que mi falda de tenis es fea y me queda horrible no me lo digas, por favor. Será traumático para mí.
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