Ideas

Punto de fuga

Sé que es controvertido, pero creo que las cosas que nos duelen y que no decimos no desaparecen.

17 de agosto 2026 · 3 comentarios


Existe un estudio —Emotion Suppression and Mortality Risk over a 12-Year Follow-Up, publicado en el Journal of Psychosomatic Research en 2013— que analizó durante doce años a un grupo de personas en Estados Unidos con el fin de comprobar si quienes tienden a callarse lo que sienten mueren, con el tiempo, de forma distinta a quienes no lo hacen.

En 1996, las 729 personas que participaron en el estudio respondieron a un cuestionario que medía cuánto tendían a reprimir lo que sentían. En base a los resultados se les asignó una puntuación de supresión emocional. Después esperaron. Doce años más tarde, en 2008, los investigadores fueron al registro nacional de defunciones y comprobaron cuántas de esas 729 personas habían muerto ya, y de qué causa. De las 111 muertes registradas en ese periodo, 34 fueron por cáncer y 37 por enfermedad cardiovascular. El hallazgo central fue que quienes puntuaban más alto en supresión emocional presentaron un riesgo de muerte por cáncer un 70% mayor que quienes puntuaban más bajo.

Descubrí el estudio hace poco, intentando entender las causas del cáncer, que es lo que sucede cuando un conjunto de células pierde la capacidad de regular su propio crecimiento. Curioso, ¿verdad? Células que pierden la capacidad de regular su propio crecimiento. Ahora sé que, normalmente, una célula sana se divide, cumple su función biológica, envejece y muere. Una célula cancerosa, sin embargo, sigue dividiéndose ignorando las órdenes de la apoptosis (que significa muerte celular programada) y, en los peores casos, adquiere la capacidad de invadir tejidos o viajar por sangre hasta colonizar otros órganos (proceso comúnmente conocido como metástasis, término griego que significa literalmente cambio de lugar).

El estudio no es contundente, ni definitivo. Los propios autores lo presentan como un resultado sugerente y no evidente. No hay números concluyentes, ni un mecanismo biológico descrito, ni explicaciones convincentes. No hay nada que permita concluir que un trauma, o que la represión emocional, provoque la aparición de una enfermedad. Y sin embargo estoy convencida de que eso fue lo que a mí me sucedió.

Tuve quistes foliculares (benignos) que aparecieron justo después de pasar por un evento traumático al que le siguió un largo periodo de silencio. Estuve años pensando secretamente que ambos eventos estaban relacionados, pero como enunciar la relación metafórica me catapultaba a la locura manifiesta, y como todo lo que sentía, pensaba y veía en esa época me parecía producto de mi demencia depresiva, me callé. No fue hasta el día en que le comuniqué a mi analista la aparente relación metafórica entre los folículos hemorrágicos y mi defunción en el corazón cuando la sintomatología desapareció.

Un día, mucho tiempo después, creyéndome libre, sana y salva, y habiéndome olvidado de todo aquello, me encontré desmayándome al tiempo que un conocido me relataba algo que lindaba directamente con mi trauma. Durante su relato tuve un sentimiento que nunca antes había experimentado; una mezcla fortísima de tristeza y esperanza por él. Entonces vino un calor extraordinario y desconcertante. Y tuve un último pensamiento: debes sentarte si no quieres desnucarte. Y me senté en el suelo y, entonces sí, mi cuerpo me abandonó.

Aquel día pasé la noche, como había sido habitual en el pasado, enchufada a un gotero en las urgencias ginecológicas de un hospital. Análisis de sangre, orina y ecografía. Era un quiste de cinco centímetros. El más grande que he tenido nunca.

No hay evidencia que permita concluir que un trauma, o que la represión emocional, provoque la aparición de una enfermedad. Pero yo creo que sucede exactamente así. Creo que el lenguaje es un órgano más, capaz de cumplir una función biológica análoga a la de cualquier otro órgano, desde el tejido hasta la célula. El lenguaje cumple una función biográfica, crece, se desarrolla, puede atrofiarse e incluso llegar a desaparecer.

Las cosas que no decimos porque no podemos pensar (relegadas a las bambalinas de nuestras cabezas) o porque no podemos decir (aunque ocupen permanentemente el centro de nuestros escenarios mentales), siempre se convierten en otra cosa. No puede acallarse un corazón. Lo no dicho se convierte, normalmente e incluso pese a las mejores voluntades, en una cadena de desgracias entre las que se encuentran, por supuesto, un conjunto de células que se niegan a la apoptosis; la rotura de un minúsculo vaso sanguíneo dentro de un folículo, con su consiguiente acumulación de sangre; y la consecutiva formación de un pequeño quiste funcional. Los caminos del cortisol, del estrés que provoca el sufrimiento, son inescrutables. También hay ocasiones en las que uno empieza fumando un cigarrillo para soportar la espera y, quizá porque no supo relatar lo que esperaba, termina fumándose todo el tiempo del que dispone.

Sé que es controvertido, pero creo que las cosas que nos duelen y que no decimos no desaparecen. Tan solo cambian de lugar y acaban siendo expresadas en otro registro. Dolor de cabeza, dolor de barriga, dolor de vientre o dolor indeterminado e incapacitante.

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Las cosas que no decimos nos secuestran en bucles de retroalimentación temporales; hay personas que viven atrapadas en una espiral. Ascienden por la curva con avance mínimo y retroceso colosal y ese proceso se repite y se repite y se repite. No enunciar nos condena a la repetición. Una y otra vez la misma relación, una y otra vez la misma decisión, una y otra vez el mismo principio y el mismo final. Una y otra vez la misma búsqueda, el mismo misterio, la misma forma de relacionarse con el sufrimiento. Una y otra vez la misma forma de convertir el silencio en desgracias y desgracias y desgracias, y adicciones, y cabreos cojonudos, y resentimiento, y combustión sentimental, y envidia, y huidas, y dolor y más dolor. El corazón siempre encuentra un punto de fuga.

Hay infinidad de cosas mucho peores que la muerte. Lo pensé el otro día en una fiesta mientras mis amigos, que están a punto de cumplir treinta años o acaban de cumplirlos, hablaban de su reciente pánico a volar en avión. A mí me da miedo volar en aviones desde siempre. Es un miedo equivalente al que me producen las calderas y los coches y todo lo que no entiendo del todo. Soy el tipo de persona absurda que teme todo lo que no comprende con exactitud.

O sea que ahí están mis amigos, en una terraza, en pleno agosto, comentando su reciente pánico a volar en aviones. Y ahí estoy yo, sonriendo y asintiendo y pensando: a mí me da mucho más miedo vivir en un bucle de retroalimentación biográfica permanente que la muerte. Me da muchísimo más miedo quedarme atrapada en un sofá medio inconsciente, rodeada de gente medio inconsciente y con la que podría pasarme el resto de mi vida medio inconsciente, que la muerte. Me produce muchísimo más miedo la cobardía que la muerte. Me da mucho más miedo no tener valor para ser feliz que la muerte. Me da muchísimo más miedo condenarme a ser infeliz que la muerte. Me da muchísimo más miedo no escribir un mal libro que la muerte. Le tengo más miedo a la envidia que a la muerte. Me da muchísimo más miedo que mi corazón se retuerza hasta convertir el amor en odio que la muerte. Prefiero pasarme tres horas en un avión sabiendo que se va a estrellar que ochenta años negándome a recibir ayuda para salvar mi vida.

Hay cosas muchísimo peores que la muerte y, además, en una vida de silencio (sean cuales sean sus causas), la muerte siempre nos encuentra.

Hace unos días descubrí que se administra fentanilo a los pacientes oncológicos. Y pensé: claro, porque el fentanilo alivia una cantidad inconmensurable de dolor.




*Este es un texto fundamentalmente poético. Sé que hay padecimientos y enfermedades que se llevan todo lo que nos importa y carecen de explicación*


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