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¿Qué es un placer culpable?
Lo verdaderamente escandaloso no es comerse una bolsa de pelotazos, es fingir que no te apetece.
20 de marzo 2026
Hay algo profundamente sospechoso en esa necesidad contemporánea de pedir perdón antes de disfrutar. Como si el gozo tuviera que justificarse, como si cada capricho viniera con una pequeña penitencia incorporada para equilibrar la balanza moral. A vivir no se viene con un libro de contabilidad emocional bajo el brazo. Esa estupidez que tanto se dice de “placeres culpables”.
En gastronomía, esta manía alcanza cotas casi caricaturescas. Hay quien baja la voz para admitir que le gustan unos cheetos, pero luego pontifica sin pudor sobre fermentaciones ancestrales y panes con masa madre como si estuviera redactando las tablas de la ley. Se celebra lo elevado, lo limpio, lo aparentemente virtuoso; y se esconde lo grasiento, lo simple, lo que de verdad nos hace felices. Una comedia absurda y cada vez más extendida en el mundillo.
Porque la cocina no es religión ni un examen de conciencia. No hay pecados por mojar pan en la salsa, ni condenas eternas por disfrutar de un donut industrial. Lo que sí hay es una impostura creciente, un teatro gastronómico donde parece más importante lo que aparentas que lo que realmente te gusta. Y ahí es donde todo se pudre.
Lo verdaderamente escandaloso no es comerse una bolsa de pelotazos, es fingir que no te apetece. Lo triste no es echarle kétchup a algo, es mirar con superioridad a quien lo hace. Hemos convertido el acto de comer —uno de los pocos placeres universales que nos quedan— en una declaración de intenciones, casi en una ideología. Y esto ya indigesta.
El placer auténtico no entiende de etiquetas ni de jerarquías. Es desordenado, imperfecto, a veces incluso vulgar. Y precisamente por eso funciona. Porque conecta con algo primario, con ese impulso básico que no necesita validación externa. Lo demás es ruido, postureo, una necesidad enfermiza de gustar más que de disfrutar.
Y sí, conviene no ser un inconsciente, el exceso tiene sus peajes y cada uno decide cuáles está dispuesto a pagar. Pero eso no convierte el disfrute en culpa, sino en elección.
Dejemos de disfrazar el placer con excusas, de envolverlo en discursos nutricionales o estéticos para que resulte aceptable. Si lo disfrutas, adelante. Y si alguien se escandaliza, quizá el problema no esté en tu plato. Cómo nos gusta lo que nos gusta.
Reivindiquemos, de una vez, el derecho a gozar sin pedir permiso. Sin complejos, sin coartadas y, sobre todo, sin culpa.
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