Libros

Todos los principios, Alejandro Narden (Plasson e Bartleboom, 2026)

No puedo evitarlo, no me interesan las novelas. Los libros geniales sí, sean del género que sean.

21 de abril 2026 · 2 comentarios


¿Qué es una buena novela? ¿Cómo se escribe una buena novela? ¿Qué cosas se deben hacer y cuáles es preferible evitar? ¿Por qué acá funciona y allá no? ¿Para qué escribir hoy una novela? ¿Qué es hoy una novela?


Empezando por el final, este libro es indiscutiblemente una novela. Ese género degenerado, que se define por su indefinición, hibridación de materiales, búsqueda siempre en fuga, cuyos mejores ejemplares son la contra de un supuesto modelo estándar para el que no podríamos dar ningún ejemplo. Y sin embargo, ese género autodestructivo, que parece nacer para morir, encuentra la energía no se sabe de dónde para reproducirse y reaparecer en cada época, la novela contra cualquier tecnología que intente superarla, impertérrita ahí está, todos los años, cientos de ejemplares incólumes: voz narrativa, personajes, acontecimiento, trama, desarrollo, entorno social, político, económico, investigación psicológica, peripecia anecdótica, párrafos, capítulos, páginas medidas en centenares, cierre y pum: novela.


Este, Todos los principios, es un ejemplar mandado a hacer, una novela de cabo a rabo, que en nada contradice al género.


Un jóven nos anuncia que pronto su exnovia dará a luz un bebé, de otro padre se entiende, el mismo día de su cumpleaños y que llevará su nombre, el de él, pero no por él, se entiende. Y eso le lleva al protagonista-narrador a reconstruir principalmente un viaje de trabajo a Túnez que organizaron él y su exnovia cuando todavía eran novios, pero que para cuando se reunieron en el país magrebí ya eran exnovios y lo que allí pasó, la vuelta y demás, todo ello contado a una segunda persona misteriosa de la que se dirige la narración de la que solo sabemos que se llama David. Y bueno, la Primavera Árabe, la mirada occidental, conseguidores y trapicheantes locales, amigos espontáneos, autolamentos, nuevo sexo, experiencias intensas con lo desconocido, lamentos autocomplacientes. Remate que resuelve la identidad de esa segunda persona y desconcierta los motivos de la trama principal y cierre. Una novela, con todas las letras. Está bien hecha, eso es indiscutible Pero, ¿es buena? ¿Qué debe cumplir esta y cualquier novela para ser una buena o incluso una gran novela? La pregunta sigue ahí.


Empezando a leer, en el capítulo tres (son pocos capítulos, largos, muy narrativos, con saltos temporales de un párrafo a otro y vuelta, como hacen los narradores poderosos) me puse a sospechar de los diálogos tan explicativos, donde dos personas que han vivido tantas cosas juntas se empiezan a explicar aquello que vivieron y presenciaron antes, dando la sensación de que escenifican y sobreexplican para que el lector entienda, perdiendo toda la verosimilitud. Pero pensándolo bien, ¿no son exactamente así, exagerados, hiperexplícitos, sobreexplicados, los diálogos geniales y desquiciados de Cumbres borrascosas?


Luego, cuando se va desplegando la trama y aparecen más personajes, reparamos en que todos hablaban igual. Más allá de la emulación del portuñol del personaje Fabio (nuevo novio en Túnez de Ella, la exnovia de Rodrigo, el protagonista narrador), la sintaxis, la articulación de los razonamientos y casi las expresiones son de un registro y tono muy similar entre todos, como si todos tuvieran una profunda mirada etnográfica, psicocultural y geopolítica de sus realidades, la bisagra del invento dicotómico oriente-occidente que es España y el magreb, y un fuerte discurso acerca de las relaciones sexoafectivas en reconstrucción en este principio del siglo XXI. Pero pensándolo bien, ¿no ocurre de idéntica forma con la filosofía del horror que elaboran todos y cada uno de los personajes de Juan Carlos Onetti, absolutamente indistinguibles unos de otros, o los de Juan José Saer, todos inflamados de retórica y el tono denso de un estudiante de 2º de Filosofía y Letras?


Hay algo de esa mirada etnográfica, muy conseguida por una parte, ya que el dominio del autor sobre el tema es muy evidente (licenciado en Filología Árabe), pero también el ángulo de su mirada es obvio y no pretende ocultarse, la clase media española es una cosa, desde esa realidad socioeconómica-culturalexistencial se mira, se piensa y se narra, y ese contraste entre cierta anodinia del ciudadano del estado del bienestar y la violencia de los lugares del mundo no socialdemocratizados resulta por momentos una visión domesticada, exterior, exotizante. Pero pensándolo bien, y por mucho que fuera de salvaje en su juventud, bla, bla, bla, ¿no es esa la mirada del Bolaño ya aburguesado sobre la violencia en 2666?


El último punto temático constructivo, ya mencionado también, pero central en la novela es la pareja, amor, sexo, afectivosexualidad heterosexual cis a medio camino entre los tópicos culturales ya demodé y la disolución de dogmas de la diversidad. Es un tema difícil de escribir hoy. Lo romántico, lo cishetero, lo masculino, lo macho, la pareja sentimental-sexual está difícil para tratar estético-literariamente, está en derrumbe, ese sujeto se sabe frágil y no sabe qué hacer con eso. Hay un tono mórbido que nos hace sospechar un veneno que se inocula intoxicando toda sentimentalidad romántica. Pero pensándolo bien, ¿no es ese tono mórbido romántico infecto afectivosexual macho cishetero en su consciente derrumbe frágil el que sostiene durante páginas y páginas la mórbida y ruinosamente monumental y gloriosa en su fracaso El pasado, de Alan Pauls (y gran parte de la narrativa de Javier Marías, ya que estamos, aunque quizá él no se diera ni cuenta de que estaba tematizando el fin de una cierta seducción galante babosa con finísima precisión, ni de que su concepto negra espalda del tiempo, la historia de lo que no sucedió, casi siempre era: qué habría pasado si hubiera seguido con esa chica)?


Por último, la prosa. La prosa siempre. El fraseo de esta novela es el de alguien que domina su lengua, también otras, y dispara las posibilidades de su idioma desde los presupuestos gramaticales y morfológicos de otros, tanto que por momentos parece un ejercicio ingenieril con el idioma más que una herramienta al servicio de una historia. Para mí, esa exageración de las posibilidades fraseológicas es lo más celebrable de este libro, el abanico léxico y la imbricada hipotaxis. Y a la vez cuántos lectores puede alejar corriendo esta advertencia. Pero pensándolo bien, ¿no es ese el proyecto literario en su conjunto del autor más aludido y explícitamente inspirador de este libro, esta frase y esta idea de novela, Rafael Sánchez Ferlosio?


Todos estos ejemplos para decir que lo que puede parecer un error también muchas veces son los aciertos de los grandes escritores. Podría haber sido más escueto, con esa frase valía, pero yo mismo tenía que pensarlo y explicármelo, porque ese sigue siendo el gran misterio. ¿Por qué acá sí y no allá y al revés y aquella vez sí pero esta no tanto y todo eso? ¿Por qué lo que funciona solo funciona una vez y luego hay que inventarlo de cero siempre, sin premisas, ni trucos, ni normas? Y por tanto, ¿cómo juzgar, cómo explicar o argumentar, que esto no está saliendo bien si los motivos que aludes son los mismos que en otras ocasiones explicaban la genialidad de aquel otro texto?


Y así seguimos, con la pregunta en suspenso, ¿es esta una gran novela? Y acaso empezamos a sospechar, ¿hay normas para la gran novela? ¿Se puede hacer a priori o es algo que decanta en las lecturas, el tiempo, ciertas sintonías entre estética, ética, política y suerte que terminan por conjurarlo? Será acaso que la pregunta es incorrecta, que a lo mejor el objetivo de las novelas no es ser grandes ni siquiera buenas, sino sencillamente novelas. Narrar, contar, buscar, sentir, reflexionar e investigar lo que ocurrió para quien quiera saberlo.


No puedo evitarlo, no me interesan las novelas. Los libros geniales sí, sean del género que sean. Pero claro, visto así, tampoco me interesa la poesía, ni mucho menos el teatro, el ensayo porque es como lo que está de moda, pero tampoco mucho. ¿La filosofía es un género? El cuento lo repudio de tanto que lo amé. No me interesa nada de eso. Los libros geniales sí, que muchas veces son los más torpes y fracasados, los más desbaratados, sean del género que sean.


Por eso hoy la anti-novela, el ensayismo mágico, la poesía clínica, el diario lírico y el diario épico, el teatro-real (anti-realista). La literatura hipervínculo y la literatura algoritmo, más que la narración y el canto. Nuevas formas anfibias, marcianas, erráticas, que el día que queden fijadas y sepamos cómo se hacen y cuáles son sus criterios y lo que podemos esperar de ellas nos dejarán de interesar y habrá que reinventarlo todo de nuevo. Otra vez.


Cuando uno ya sabe cómo se hace algo, ese algo pierde todo el interés. Al menos para mí.


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