Libros

Reírse de las críticas

Si alguna vez me he puesto molesto en mis tiradas me disculpo, yo es que me tomo los juegos muy en serio.

2 de junio 2026 · 1 comentario


“Cuando escribía las críticas, yo siempre me pensaba que la gente se reiría. Luego no se reía nadie”.

Ignacio Echevarría

1

Podríamos estar de acuerdo en que la forma más lógica de responder a las críticas es reírse.

Reírse de las críticas, de la crítica y de los críticos, me parece tan de sentido común que no merece mucho más devaneo. ¿Qué otra cosa vas a hacer ante el absurdo de que alguien dedique su preciado tiempo a algo que considera malo, negativo, torpe o innecesario? ¿Se puede ser más estúpido? Si es innecesario, ¿qué necesidad había de alargarlo?

No hay, creo, mayor prueba de inteligencia que la comedia ante la tontería.

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En cambio, me viene rondando una pregunta que me parece más difícil. ¿Nos podemos reír en las críticas? No reírnos de lo criticado, sino emplear la risa como forma para la crítica. ¿Nos es dado a los críticos, gente tan seriota y enfurruñada todo el rato, la gracia, el buen humor, la comedia? ¿Puede ser la crítica un género cómico?

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Es ya un tópico decir que la comedia es injustamente maltratada como género menor.

Para peor, se está volviendo igual de tópico lo contrario, reivindicar la comedia con tremenda seriedad y hasta intentar demostrar que lo único que se ha escrito de valor en la historia de la literatura han sido chistes y bromas.

Parece que a todo el mundo le gusta defender la risa, pero lo difícil de verdad es reírse. Ya sabemos que hay cosas de las que no se puede.

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Creo que hay una confusión cuando imaginamos que el problema de la risa es con lo serio. De lo terrible es precisamente de lo que nos reímos. Si no, no haría gracia.

4bis

El problema de la comedia no es con la tragedia, ni con lo serio, ni con lo triste, ni con lo doloroso. Tragedia y comedia son dos géneros que siempre han tratado los mismos temas, no hay entre ellas un cambio de objeto sino de modulación.

Tenemos tragedias y comedias con la muerte del padre o de la madre, tragedias y comedias con la pobreza, con la violencia, tragedias y comedias con el amor, desamor, no amor. Ningún problema.

La comedia y la tragedia son dos géneros donde hay horror y humor, crítica y compasión, dolor y risa, equilibrados de formas distintas, pero siempre imbricados.

Donde no se acepta ni horror ni humor, ni nada más que sentimientos, es en el ámbito de los sentimientos, en el mundo de las emociones.

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El único ámbito que de verdad no tolera la risa es el de lo sagrado. Los valores supremos de una sociedad son intocables.

Durante mucho tiempo en este país era la iglesia católica, incluso la monarquía, los valores tradicionales eran sagrados y no estaba bien hacer bromas con eso.

Hoy, obviamente, lo sagrado no es lo religioso ni la realeza, sino el consenso moral.

Así, a parte de tres mojigatos cursis, cualquiera se banca un chiste de cuernos o contra un cura; pero con la pederastia las bromas se vuelven más incómodas, un chiste racista es problemático.

Son los sentimientos morales de nuestro tiempo lo que censura la risa en todas sus formas.

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Y sí parece que hoy esto de los libros es sagrado.

Algo muy grave les debe parecer a los autores y otros el sacrilegio de tocar sus libros. Una inmoralidad intolerable hablar de lo que han escrito. Objetos santos deben ser para algunos, cuando no aceptan ni un chascarrillo.

Piensan que ese producto de mercado, trozo de papel con tinta, portada aesthetic, es parte de su ser y que si lo señalas para bien o para mal estás hablando de ellos, estás ofendiendo su persona, atacando moralmente lo más sagrado de nuestra sociedad, la sensibilidad más íntima del otro, la más vulnerable y emocional. El sacrilegio mayor, el ataque inaceptable.

Así se pone la cosa tan dramática sin darnos cuenta. Por eso a la crítica no se le acepta la risa, por eso la crítica en sí es inaceptable, porque obliga a reírse un poco y darse cuenta de que no era tan grave, ni tu libro tan importante, ni hay nada de sagrado en otra novedad literaria que en dos años con suerte no recuerda nadie.

Que es un circo, por favor. No nos lo tomemos tan en drama.

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La comedia en sí misma es el género crítico por excelencia.

Solo desde la distancia del humor se puede comprender, analizar y juzgar, sin atacar, sin ofender, sin faltar, solo como reflexión, como chiste cómplice, como pensamiento. Solo con cierta comicidad uno entiende finalmente lo que le sucedió, cosa que en el momento terrible, nublado por la rabia, el dolor o la tristeza, no era capaz de ver nada.

Drama + distancia = comedia.

Comedia + juicio = crítica.

Y por supuesto hay que comprender y aceptar que un momento determinado a todos nos ofende un golpe bajo, un ataque, un juicio, por muy comedia que sea. No podemos hacernos los ingenuos, todos sufrimos cuando no nos sentimos valorados. Pero bueno, por suerte está el tiempo, esa distancia que permite ver y pensar las cosas en su sitio. Ahí llega la risa, ahí cabe la crítica. Y la contracrítica, ¡por favor! Y que empiece el juego.

Crítica + crítica = divertimento

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Esto del criticar, la verdad, es divertidísimo. Un juego donde, como en la caseta de tiro al blanco, la escopeta falla casi siempre, la mirilla está torcida, el balín se desvía, pero cada vez que fallas solo da ganas de seguir probando tiradas.

Somos varios, muchos, comentando, criticando, riendo, y eso es lo divertido. Algunos lo hacen solo a escondidas, ¡no sean tímidos, salgan a jugar con todos!

A uno le gustaría que fuéramos tantos más, criticando, jugando y riendo, divirtiéndonos entre todos con los textos, asediando, estrategia, retórica, argumento, prueba, chiste, a jugar. Más jugadores, por favor, escritores, lectores, editores, libreros, todos.

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Si alguna vez me he puesto molesto en mis tiradas me disculpo, yo es que me tomo los juegos muy en serio, sé que no está bien pero se me escapa.

En todo caso, como es un juego, mis ataques y asedios son en el juego, en ningún caso a los jugadores. Pienso que esto a veces no se ha entendido: yo hablo de libros, no de personas.

Eso es lo más divertido y emocionante de los juegos, ¿no?, que podemos atacarnos, comer fichas, matar jugadores, bromita por aquí, un poquito de provocación allá, estratagemas fatales, pero en el tablero, y así no entre nosotros, que lo mejor que podríamos hacer es juntarnos a beber bebidas y comer comidas y reírnos un rato tras la partida.

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Yo diría, ahora ya con el curso finiquitado y encima de Feria, ahora las personas, ya con las fichitas del juego guardadas en la caja, ahora todos a reírnos de la fervorosa e intensa partida, de lo inteligentes y tontos que hemos sido en cada tirada, a mofarnos con las mejores y peores jugadas, estrategias, aciertos y torpezas de todos, y a reírnos de todo esto, lo de los libros quiero decir, y de otras tantas cosas de la vida, ¿no? A mí me parece buen plan.

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Podemos colgar si quieren a la entrada el cartel de advertencia que el maestro de la risa, el más feliz escritor que jamás haya escrito, el grotesco y genial François Rabelais puso a la puerta de su templo:


No entréis aquí, falsarios, santurrones,

hipócritas, rosmones, infatuados,

pazguatos, mojigatos, beatones,

santones, salmodiantes, fantasmones,

cilicientos, meapilas, camuflados

pedigüeños, soplones sandaliados,

gorrones frailopines cizañosos,

llevaos vuestros abusos engañosos.1


1 Gargantúa, François Rabelais (Akal, 2001, p. 269)

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