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Triunfar en la vida
Algo hizo clic. Después de muchas muchas muchas vueltas, encontré la calma en la renuncia.
19 de mayo 2026
Algo hizo clic. Después de muchas muchas muchas vueltas, encontré la calma en la renuncia.
Tardé demasiados años en entender que mi supervivencia más básica depende de la estructura, el orden, la rutina y la liturgia. Que estoy sostenida por una fina red de categorización y normalización que he ido tejiendo con cuidado y con más o menos éxito a lo largo de los años. Y que todo —todo— lo que llega a mis manos se convierte en objeto de análisis obsesivo e intelectualización compulsiva, en un intento un poco tramposo por reducir al mínimo la posibilidad de incertidumbre y recuperar una ilusión de control.
Por supuesto, el trabajo no iba a ser menos. Hoy, hablo de trabajo desde una perspectiva puramente subjetiva: asalariada, privilegiada y sin ningún ánimo de alabanza al capital. Hablo de trabajo como uno más de los espacios que conforman mi vida y al que he necesitado dar un sentido para poder salir de la cama cada día con el despertador, coger un cercanías los lunes y los miércoles hasta la oficina, pasar nueve horas delante de un ordenador y volver a casa con el tiempo justo para ir a pilates dos veces por semana, cocinar una cena que me nutra o leer un rato antes de dormir.
Y hablo de trabajo como ingrediente principal del hastío millennial del que tanto han acusado a mi generación. Como fuente común de desesperanza y tedio que riega mi vida y la de todos mis amigos. Y con el único ánimo de arrojar algo de luz a quien se encuentre perdido en toda esta incoherencia.
No puedo empezar a escribir sobre el tema sin hacer referencia a Why Generation Y Yuppies Are Unhappy, un artículo que se publicó en WAIT BUT WHY allá por 2013 y que me persigue hasta día de hoy. La propuesta es sencilla — nuestra generación siempre va a vivir insatisfecha, porque la realidad no alcanza a las promesas que nos hicieron. Nos dijeron: eres especial, vas a conseguir todo lo que te propongas, no te conformes, haz de tu pasión un trabajo y del trabajo tu propósito. Luego salimos al mercado laboral, nos dimos de bruces con la realidad y tuvimos que recolocarlo todo como pudimos.
Dice Dolly Alderton que ese choque suele ocurrir alrededor de los 30, cuando hay algo que te hace abandonar un poco la idea de tener una carrera profesional perfecta. En mi caso se cumplió la profecía, y entrando en la nueva década empecé a cuestionarme por primera vez qué estaba haciendo con mi vida y por qué, a qué o a quién estaba dedicando tantas horas y tanta energía, cuál era mi propósito, si es que tenía uno, y a qué había venido al mundo.
Entonces me planteé un cambio radical de carrera. Empecé a buscar cursos y másteres y posgrados de cooperación internacional o de coaching existencial o de gestión de organizaciones sin ánimo de lucro. Me obsesioné y me obcequé sin remedio: necesitaba una respuesta definitiva, una sensación de alivio rotundo, una conclusión lúcida que pudiera guiar mis decisiones en adelante y de la que nunca volver a dudar.
Pero llegó una pregunta diferente, una que no me esperaba: ¿Acaso quiero triunfar en la vida? ¿Puedo reinventar la narrativa sobre una vida de éxitos? Más importante: ¿qué necesito de verdad para sentirme saciada?
Yo no quería triunfar en la vida. Quería tumbarme con ella y estrangularla y matarla y salvarla y cuidarla y volver a matarla, y quería irme y olvidarme de adónde estaba yendo, y quería cambiarme de nombre y olvidarme de mi cara, y quería beber y echarme a perder la cabeza, pero desde luego no se me había ocurrido triunfar en la vida.
McGlue — Ottessa Moshfegh
pertenencia
Partiendo de esa base, empecé a elaborar mi sistema. ¿Qué cosas son importantes para mí en el trabajo? La primera la tenía clara: una sensación de pertenencia. Puede sonar un poco contraintuitivo, y no quiero que se acerque por ninguno de los costados a la idea corporativa de que la empresa es como una gran familia.
Hablo más de una idea de comunidad, de compartir la rutina laboral con personas que te hacen sentir parte de algo, con las que puedes contar, compartir, ser tú misma (o al menos la versión de ti que vive dentro de la oficina). A lo mejor estoy siendo un poco delulu, pero hasta hoy he tenido suerte y he conseguido construir comunidad alrededor del trabajo. Y no querría renunciar a eso.
poder
La segunda me costó algo más elaborarla: una sensación de poder. ¿De poder? ¿Qué significa eso? No hablo de un poder que se ejerce sobre los demás. Hablo de que tu trabajo te dé herramientas para vivir fuera de él. Las básicas son tiempo y dinero. O al menos una de las dos. Hablo de un cierto grado de flexibilidad de horarios, de libertad a la hora de pedir vacaciones, de la posibilidad de teletrabajo.
Y hablo de un salario que te dé la libertad de invertir el dinero en todo lo que sea importante para ti. Para mí, el lujo pasa por poder pagar las clases de reformer, poder comprar flores de vez en cuando, poder gastar en libros una vez al mes. Poder salir a cenar con mis amigos, coger un taxi si se pone a diluviar volviendo a casa, ahorrar para regalar a mi madre entradas para un musical.
propósito
La tercera fue la más complicada de todas: una sensación de propósito. Supongo que en este punto está el desfase más grande entre expectativas y realidad. Toda esa mentira del dream job no se sujeta por ningún lado, y no es fácil de aceptar. ¿Cuarenta años trabajando sin servir a ningún propósito? ¿Sin que todas esas horas y esa dedicación trasciendan de ninguna manera?
Aunque sí hay oficios que deben dar propósito, ¿no? El de un médico, un profesor, un bombero. Seguro que sienten que están aportando algo a la comunidad con su dedicación y sus esfuerzos. Seguro que se sienten plenos de una forma en la que yo nunca me voy a sentir en mi 9 to 5.
Algo hizo clic. Después de muchas muchas muchas vueltas, encontré la calma en la renuncia. Acepté que probablemente nunca iba a encontrar un trabajo en el que las tres patas se sostuvieran. E hice un trato conmigo misma: puedo conformarme con dos.
Porque no, no voy a encontrar propósito como Project Manager. Y no me importa, porque hago esfuerzos conscientes a diario por encontrarlo en otros lugares.
Pero sí me da una sensación de pertenencia y de poder, que me permiten desplazar el trabajo del centro hacia los márgenes, mover el foco en otras direcciones, usarlo como una herramienta más que me facilita lo demás: tumbarme con la vida y estrangularla y matarla y salvarla y cuidarla y volver a matarla.
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