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Veo el mundo como una gran sinfonía, Mireya Hernández (Pepitas de calabaza, 2025)
Está para mí con los mejores ensayos del año pasado y solo puedo lamentar no haber llegado antes a él.
24 de marzo 2026 · 1 comentario
Está para mí con los mejores ensayos del año pasado y solo puedo lamentar no haber llegado antes a él.
Llegué a este libro seducido por la portada, por la belleza de la foto y la rugosidad satinada de la tapa, cosa que no me parece baladí. Si en nuestro mercado el libro es un objeto fetiche, al menos que nos fetichicen bien. Y se agradece a las editoriales como Pepitas que cuidan cada detalle mínimo para que la materia (no solo la tapa, cada esquina, gramo y forma del libro) de los textos nos acompañe en la experiencia erótica de leer.
Lo que encontré luego dentro me va a ser muy difícil describirlo. Empezaré por una enumeración caótica de temas y tópicos encontrados por sus páginas: el Titanic, Einstein y Gómez de la Serna, Fellini, Warhol, Nico, Jimi Hendrix, Miles Davis, Oscar Wilde, Mendelssohn, Klee, Tarkovski, pelo negro, Chat GPT, Emily Dickinson, la Primera Guerra Mundial, Herbert Morrison, Taxi Driver, Bob Dylan, Dylan Thomas, Cartarescu, Malévich, Aquiles, Rubens, Van Dyck, Fraco Battiato y Battiato, el asteroide. Mucho más. Nada menos.
Respecto al orden. Composición sensorial, no solo colección de artículos, aunque se puede leer cada uno se pierde algo suelto, más sinestesia emocional que conexión temática o argumental, más lógica de la fascinación que lógica de la explicación.
Tiene algo del Verdor terrible de Labatut, o de Los fantasmas de mi vida de Fisher aunque aquel sea más tradicional y menos original como mera recopilación de textos. Pero ahí va, una cierta idea de la vida en las historias ajenas, en los intereses de cada microensayito, vamos, Montaigne. Sin embargo, Montaigne escribía cada ensayo, aunque ahora los leamos juntos, esto es un libro, un sistema, y lo es de verdad, no es una colección de textos independientes juntados para venderlos.
Más cerca del sistema emocional que hace ir juntos a los cuentos de Catedral de Carver o a los cuentos de Mis documentos de Zambra, que del sistema de capítulos en una aburrida novela.
Avanza una forma compositiva nueva. Ver el texto, no como un orden lógico o una sucesión temporal o una propuesta racional, sino más bien como una sinfonía. Ordenar la frase no como un aparato de objetos e ideas, sino como una gama cromática de colores imaginarios que combinan, se alertan unos a otros y se divierten. Armónico, rítmico, la épica de una idea emocional.
¿Y el estilo, mi querida obsesión con el estilo como texto, centro de lo texto? Eso es lo más difícil y donde más lejos llega Veo el mundo como una gran sinfonía, lo que yo creo que lo hace un gran texto y no solo una carpeta de trabajos breves curiosos, bonitos e interesantes. Porque el estilo de este libro es invisible, prácticamente imperceptible, y a la vez lo sostiene y lo lanza hacia el cosmos. Y muy de vez en cuando una pequeña muesca, escondida, como los errores voluntarios del arabesco andalusí, un lapsus voluntario, una ráfaga verborreica, un lazo kitsch, miniaturismo de alta precisión, letanía wordreferencial. Son esos lunares los que dan textura propia a cada página.
Este libro está para mí con los mejores ensayos del año pasado (que fue un gran año para el ensayo en nuestro campo editorial, creo yo), con Papel negro (Acantilado) o Sobre la belleza (Alpha Decay) y solo puedo lamentar no haber llegado antes a él.
Si como yo lo habían pasado por alto, no alarguen su error y corran a leerlo.
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