Entre las hojas escondido, David Muñoz Mateos (Muñeca Infinita, 2026)
Por un lado tenemos la huida de la ciudad. Por el otro las novelas en la ciudad inhabitable.
28 de abril 2026
Por un lado tenemos la huida de la ciudad. Por el otro las novelas en la ciudad inhabitable.
“De lo que no se puede hablar, de eso precisamente hablamos todo el rato”
Ernesto Castro
1,
En el nivel temático me parece una novela relevante y sintomática, desde el propio título, que viene a definir una tendencia que venía intuyendo pero aquí he visto concretado: el hombre (y digo hombre, blanco, cis, hetero; el sujeto de la heteronormatividad patriarcal) ha sido expulsado de la ciudad. Igual que cuando Platón echó a los poetas, creo que los motivos son acertados y tomando perspectiva histórica del presente, tarea siempre imposible y necesaria, una consecuencia lógica. Esta tensión, este rechazo mutuo del hombre a la ciudad y de la ciudad al hombre se me aparece en dos tendencias. Intentaré explicarme, pues entiendo que es un tema peliagudo.
Mejor que conceptualizar, me parece más didáctico aportar ejemplos para intentar mostrar el fenómeno que yo percibo.
Por un lado tenemos la huida de la ciudad. En esta novela el protagonista, un hombre joven, deja la ciudad y vuelve a una zona rural, montañosa y boscosa, a redescubrir una convivencia de la infancia, un semihermano, semihombre, uno de esos sujetos entre lo salvaje y lo civilizado que por azares fue criado entre lobos y desarrolló el lenguaje humano solo como lengua extranjera. En Todos los principios, la semana pasada, veíamos a otro hombre joven irse de la ciudad española para viajar y trabajar por todo el país de Túnez. En Perros de caza, la protagonista es mujer (lo cual podría reforzar mi tesis en otro sentido) pero en todo caso un escritor que se presenta como hombre escribe una novela en que su protagonista tiene que dejar la ciudad y volver al decadente pueblo industrializado mal expulsada de la metrópolis que lo prometía todo pero no da nada. En Crisálida otro entorno rural violento. Sin entrar a analizar los disparadores de esta escapada ni los intereses que despliegan sus autores, solo como cartografía resulta sorprendente tanto ruralismo, incluso salvajismo respecto a las tendencias de los últimos años.
Por otro lado tenemos las novelas en la ciudad inhabitable. No muestran la fuga, pero quizá sí nos hablan de los motivos. La grieta, aunque sea en Madrid y sobre el hecho mismo de (sobre)vivir en Madrid, acerca específicamente de la vivienda y el alquiler, cuidándome de no desvelar nada el final de la novela creo que justifica la presencia de esta novela en esta lista antiurbana. En clave barcelonesa, Perros de píe, no es la expulsión sino un regreso, pero un regreso a una ciudad perdida convertida en infierno, que transmuta Barcelona en Sarnalona, un ataque descarnado a la ciudad que ya no es y donde no se puede estar, ni actuar, ni hablar. Casilla vacía también ocurre en una ciudad, Santander, pero mirando al mar, de espaldas a la urbe, de lo que la ciudad no dio y de los que se fueron de ella, quizá a otras ciudades, quizá también inhabitables, una novela sobre la pérdida también, también de ciudades. Y así podríamos seguir forzando la máquina, pero creo que con estos ejemplos alcanza.
La heteronormatividad masculina cis blanca, que ha ejercido todas las violencias de nuestra cultura los últimos 3000 años, al menos se ha visto apartada en los últimos diez de los lugares hegemónicos y centrales de enunciación y acción política-social, como puede ser la ciudad occidental, y otros cuerpos, realidades e identidades las que ocupan ahora esos lugares.
Estos autores, o al menos sus obras (pues no estoy hablando de sus biografías, que ni conozco ni considero materia de mi trabajo) parecen asumir ese desplazamiento.
No son gestos reaccionarios del hombre virilizante expulsado de la ciudad woke degenerada, que regresa a lo salvaje donde puede recuperar sus pulsiones naturales. Nada que ver. Más bien al contrario, parece un gesto de asunción discreta y ponderada, que entiende cuál no es ya su papel ni su micrófono, donde no tiene nada que decir ni aportar, ni casi vivir.
Me parece no sé si inteligente o coherente, pero desde luego relevante, que los autores que se puedan identificar con esa etiqueta o al menos son leídos así y enuncian desde ese privilegio, hayan retirado sus espacios textuales de la ciudad a otros ámbitos más laterales, más específicos, más violentos en diversas formas, donde el paisaje mismo refleja cierto desgarro, cierto quiebre, cierto daño de la acción sociohistórica de ese sujeto político.
En ese sentido esta novela viene a confirmar una serie de movimientos que venían llamándonos la atención a todos y que yo identifico con estas latencias, y reposicionamientos de los atriles desde donde hablar. Estos movimientos renuevan y amplían la literatura y exploranuevas posibilidades, lo cual solo puede ser bueno políticamente y potencial literariamente.
2,
En el aspecto formal también relevante y también sintomática. Ya no en clave de género personal sino en clave de género literario, tenemos que pensar algo acerca de la forma novela y la tradición literaria española. ¿Por qué solo los escritores de la novela en su formato más convencional parecen haber leído o al menos son los únicos que aluden a un cierto canon o tradición literaria española, hablan de los libros de los muertos, referencias, genealogías, encadenamiento de influencias y poéticas?
Parece que aquellos que miran al pasado son tradicionalistas y escriben novelas tradicionales, y los modernos son tan modernos que no han leído nada o no les interesa nada de lo que han leído más que lo nuevo y moderno porque son muy modernos y solo hablan de los escritores de su generación, de los escritores de su generación modernos, claro. Y es cierto que aquellos que hablan de tradición están escribiendo en formas, frases y estructuras más tradicionales, lo cual desde mi poética crítica es una carencia, la novedad es una virtud. Pero también es cierto que a los modernos en ocasiones se les ven las costuras y se creen que están haciendo algo nuevo precisamente porque no han atendido ni repasado lo viejo, cuando muchas veces ya se había explorado su propuesta y con resultados mucho mejores, más poderosos, radicales, estimulantes y modernos.
Así las dos últimas novelas que he leído, esta y Todos los principios, son cada una dos gestos explícitamente herederos de los que quizá sean los dos mejores novelistas españoles del siglo XX, esta más de Benet y la otra más de Ferlosio, pero en ambas se menciona a ambos. Y no solo se les menciona, se tiene en cuenta sus premisas, sus poéticas, los caminos que abrieron se continúan y exploran en busca de esa penumbra benetiana y la frase que a tientas explora allí donde el camino de la ciencia y la técnica se vuelven inútiles, también a través de la hipotaxis y el arcaizante léxico ferlosiano que orada el terreno hasta doblegarlo y definirlo, poder atraparlo a base de asedios lingüísticos. Son libros “muy bien escritos” como se suele decir, y se nota su dominio de la lengua, la sintaxis y el léxico. También muy bien estructurados, y el encadenamiento de capítulos, el pulso narrativo, el despliegue del misterio y evolución psicológica avanza con firmeza y seguridad, y en las que los temas abordados (la anterior la mirada sobre oriente y esta la mirada sobre lo agreste) se agarran con firmeza y quedan bien recortados. Pero son libros a nivel de prosa, estructura y tratamiento del tema perfectamente convencionales hace cincuenta años y más. Tenemos que reconocer que uno de nuestros peores y más convencionales escritores, David Uclés, es quien más ha hecho por mencionar y proponer una relectura y reconstrucción de tradición literaria española, especialmente con Rodereda, Matute y Gaite.
Por otro lado, libros recientes donde se tensan las formas, la frase se quiebra, la estructura se disloca, estalla, se retuerce, por primera vez se traen problemáticas que son estrictamente contemporáneas y nunca habían sido tematizadas o directamente no existían hace pocas décadas (pongamos Toda mi violencia es tuya, Seismil, Leche cruda) parecen presentarse como aerolitos, surgir de la nada, no insertarse en ninguna tradición ni lecturas previas, o al menos no españolas, claro, a quién no le va a gustar citar alguna escritora extranjera del siglo XX no hegemónica ni siquiera traducida hasta hace pocos años. No me parece mal si esas referencias no fueran más de foto de Instagram que de verdad nuevas formas del esqueleto literario para probar nuevas posibilidades, si no fuera porque parece más una moda visual que una lectura atenta de un contracanon que explícitamente quiere ser antiespañol. No, más bien parece que la idea de clásicos, canon, contracanon, (anti)tradición, ni siquiera mitologías o escrituras no hegemónicas, da igual, no les interesa.
Alego dos ejemplos donde en cambio una propuesta formalmente arriesgada y novedosa se conjuga con una alusión directa, no solo de boquilla, sino explícitamente necesaria para entender el texto, de dónde viene y bajo qué presupuestos se ha trabajado. Joi, de Ángela Segovia (La Uña Rota), que ha aludido y ni hacía falta porque se percibe en la construcción de su novela pero se agradece mucho la explícita mención, divulgación y honestidad a Olvidado Rey Gudú, de Ana María Matute, excepcional novela fantástica de saga familiar española absolutamente desatendida. Por otro lado, ¡Adelante, Cronófobos!, de Diego Garrido (Anagrama), un falso diario, inicio de una saga de escritura y reescritura de la vida, en la tradición, de nuevo evidente pero además explicitada por el autor de Josep Pla, uno de los prosistas más rigurosos de nuestro país, en su caso con el catalán, pero que en El cuaderno gris, da un ejemplo de trabajo con la frase, la verdad y la autoficción que sorprende no haber escuchado antes aludido en este siglo nuestro de la autoficción y la biografía como texto.
3,
Volviendo, para terminar, a la novela que nos ocupa, es una novela agreste pero muy refinada, que de forma inteligente y pertinente se esconde entre las hojas para revelarnos secretos que hemos relegado a estos bosques y debemos revisitar y repensar, como el protagonista de la novela hace con Samuel. Y es una novela benetiana de forma rigurosa y solvente, recuperando la idea de penumbra del gran autor madrileño, cuya apuesta más sólida es un ejercicio del lenguaje para explorar lugares inciertos y no determinados que son los más sugerentes y estimulantes de nuestra realidad.
Este trabajo con el lenguaje tan riguroso, nutrido y matizado lo podemos asociar a una última tendencia prominente de la novela contemporánea (y no solo de la novela): la prosa de traductor. Es algo en lo que vengo reparando hace unos meses pero pendiente de formular. Valga por ahora señalar que las escrituras (y no siempre libros completos, estructuras o estéticas, pero sí el trabajo de la herramienta y las decisiones y operaciones sobre el lenguaje) más interesantes del panorama nacional vienen de autorías que se compaginan con una labor de traductores literarios tan relevante o más en sus trayectorias como la escritura de sus propios textos. Pienso en: Rubén Marín Giraldez, Pablo Martín Sánchez, Diego Garrido, Lara Alonso, y aquí podemos sumar a David Muñoz Mateos.
Ojalá el autor se adentre más profundo en el bosque, más lejos aún de los lugares conocidos, de la novela, el léxico y la sintaxis que sin duda domina, para traernos de allí hallazgos aún más desconcertantes, posibilidades aún más insospechadas y estimulantes.
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