Libros

La boca llena de trigo, Mayte Gómez Molina (Anagrama, 2026)

Quieren libros “fenómeno literario”. Lo que haya dentro tampoco es muy importante.

5 de mayo 2026 · 4 comentarios


Podríamos decir, sería discutible pero es plausible decir, que Anagrama y Alfaguara son las dos editoriales literarias hegemónicas en España: sellos con tradición cultural y a la vez el sustento de los grandes grupos como Feltrinelli y Random House, respetadas literariamente y a la vez con gran volumen de ventas. Y podríamos decir, también con muchas otras candidatas pero con razonable sentido, que esta novela, La boca llena de trigo, junto con Oxígeno han sido las dos publicaciones con más impacto, atención y celebración del primer semestre. Tenemos un nivel literario mainstream terrible, y empeorando.

Y no es culpa en absoluto de quienes escriben los libros, ni de las autoras de estos dos ni de ninguna otra persona escribiente, que darán lo mejor de sí, acaban un texto, lo cual es ya un mérito y un trabajo fantástico, y han cumplido su parte lo mejor que han sabido y podido.

Es culpa de estas editoriales hegemónicas que han decidido apostar al gran mercado pero aprovechando el capital cultural de su sello. Que utilizan la etiqueta “literatura” como branding, aprovechando ese fetiche simbólico que es, en nuestro mundo posmoderno nostálgico de tiempos lentos y disciplinas artesanales, la “cultura”. Es culpa de estas editoriales, y tantas otras, que han decidido jugar al “bombazo literario de masas” a ver si cae un Comerás flores o una Península de las casas vacías, y así son sus libros. Muy malos.

Estos libros no son literatura, son productos de mercado hechos de aglomerado fraseológico, golpes de efecto de serie mala de Atresmedia, carga dramática lacrimógena lo antes posible, hiperexplicación de todo trasfondo psicológico, simbólico o social, para cada acción o escena una revelación cuyo trasfondo quede bien explicado por la propia voz narrativa, lenguaje lo más plano, neutro y sencillo, atropellado en un minimalismo de Ikea que pretende generar una sensación de misticismo níveo que solo aburre, y temáticas pequeñoburguesas insípidas, más quejicas que reivindicativas, que puedan apelar por identificación al público objetivo de libros cada vez más caros, más breves pero con más páginas, peor papel y portadas preciosas. Así, en cadena de producción, te hacen libros como churros, y se venden divinamente, otra prueba de que son productos de consumo y muy bien hechos, pero no literatura.

Esta novela tiene XV capítulos, así en números romanos, de extensión más o menos ascendente, para acompañarte en tu progreso lector día a día registrando tu marca personal, unas poquitas páginas más cada vez, hasta el brevísimo remate final, seco y directo, economía del impacto. El primero abre con una escena de una niña que recibe un premio por un dibujo que ha hecho. Te explica por qué lo pasó mal recogiéndolo, el sentido simbólico del premio, un estuche de rotuladores, en clave meritocracia-superacionista que claro te genera más presión para mejorar en vez de ilusionarte. Luego que en casa ponen sus papás el dibujo en la nevera, ese que ganó, no los otros que ella hacía, y claro le generaba mucha presión otra vez en clave superacionismo-meritocrático otra vez, otra vez. Luego una escena un poco gratuita de unas gaviotas comiéndose la merienda de las alumnas del cole de monjas. Y luego la escena de la bofetada, adelantada con una alusión sin explicar en la última frase del tercer párrafo, recurso de escuela de escritura 101, que además no es capaz de sostener ni diez líneas y ya está explicado. Todo bien explicado, su trasfondo, su sentido, su implicación emocional, sus consecuencias. Una profe se tropieza con la niña protagonista, la del premio de dibujo, porque tenía la pierna estirada fuera del pupitre, la profe se cabrea y le pega un guantazo, humillación, pero no llora, le late la mejilla, se convierte en una suerte de pseudo homo sacer rara y ya dos o tres alusiones a pintores italianos renacentistas y se ha convertido en una pintora de ventitantos que en su tercer cuadro pinta una escena de violencia impune pero también reparación colonial, fin de occidente y Sur Global que le da fama y reconocimiento. Si no han quedado claras las alusiones alegóricas entre la bofetada y la escena del cuadro te dedica el penúltimo párrafo a reexplicar y explicitar por si acaso la conexión, la motivación, el por qué necesitaba sacar el veneno y plasmarlo ahí, y de frase final otro cliffhanger a la altura del truco del tercer párrafo.

Estas son solo las 7 primeras páginas. Tiene 200 y no mejora. Bloqueo, culpabilidad, meritocracia, superacionismo, amistades rotas, familias con problemas de comunicación, la violenta mirada masculina, la asquerosa mirada masculina, síndrome de la impostora, ansiedad, la necesidad de cumplir, de no decepcionar, para sentirnos queridos, auto odio del cuerpo propio, complejo de clase, lo siento pero una cursilería socialdemócrata con el alcohol, el tabaco y la fiesta como de Valores Éticos de 2° de la ESO, eso sí, contiene un buen chiste sobre el pene flácido de un hombre despreciable que se cree artista y es un solitario maltratador, una escena de infancia y rechazo verdaderamente emotiva hacia el final, epifanía celestial de amor y reencuentro, fin.

Una vez más la terrible hiperexplicación de cada escena, cada gesto, cada símbolo, lugares comunes y discursos buenistas bien explicados para que sintamos lo que sentimos cada día pero intensificado por la identificación en la ¿ficción?, ¿autoficción?, ¿acaso novela?, ¿acaso literatura?

Repito, esto es una denuncia a las editoriales que nos están tratando de estúpidos y que están jugando al dinero fingiendo que esto va de cultura, escondidos tras sus sellos ya canónicos para colarnos paquetes de Amazon; en ningún caso contra las autoras cuya tarea respeto absolutamente, más allá de que me resulte más o menos interesante su escritura, y que sospecho además que con otro tipo de trabajo editorial, bajo otras lógicas y con otros tiempos, habrían demostrado mucha más densidad y sutileza de la que aquí se puede ver.

Estas editoriales, en otro tiempo vanguardia y altar de nuestra literatura, son hoy lo mismo Planeta (que por cierto con su sello literario, Seix-Barral, les está pasando por la derecha), apuestan por lo que creen que venderá mejor, y nos la están colando una detrás de otra por el peso e historia que tienen sus marcas.

Es evidente que siguen publicando muy buenos libros de vez en cuando, cuentan con autores consagrados en la editorial y músculo para comprar alguno más de vez en cuando, porque saben que son estos los que sostienen su capital cultural; incluso algunas veces apuestan por escrituras jóvenes de calidad (más de calidad que arriesgadas, pero bueno), sería absurdo pensar que en estas editoriales históricas se les ha olvidado leer de repente.

Pero cada vez son más las ocasiones en que se huele de lejos que sus apuestas se han elegido en una clave de autores o autoras, temas, formatos, voces, lugar en redes, lugar en el discurso público que parecen cuadrar más a la dinámica de mercado que a la calidad o la vanguardia literaria. Y no son casualidades, tropiezos o casos aislados; son sus grandes apuestas, es su línea editorial principal. Quieren libros “fenómeno literario”. Lo que haya dentro tampoco es muy importante, con una voz intencional y unos retoques en la mesa de producción tira, si el envoltorio es seductor, si la imagen que vendo funciona, todo tira, nadie se va a quejar (y es verdad que nadie se queja, habría que ver por qué).

Creo que es hora de decir que estos sellos ya no son un seguro de calidad1. Se están pasando de glutamato muchas veces. Y lo cierto es que a mí este libro me parece uno de los casos más flagrantes. Pero si no están de acuerdo o no se fían, cómprenla, leanla y déjenme su opinión en comentarios (*opción disponible solo para abonados).



1 Me gustaría contrarrestar este texto tan pesimista, o más que pesimista cabreado, celebrando que paradójicamente, fuera del circuito mainstream tan en decadencia estamos viviendo uno de los momentos de florecimiento literario, apuestas radicales, multiplicación de voces divergentes que se recuerden, y algunos de los sellos que lo capitanean y sí son hoy seguro de calidad son: Pepitas de calabaza, Malas Tierras, La uÑa RoTa, Candaya, HyO, La Caja Books, Jekyll & Jill, Barlin, WunderKammer, Ultramarinos, Alpha Decay, Sexto Piso, Caja Negra, Siglo XXI, Almadía, Blatt y Ríos, Ampersand, Eterna Cadencia, Fulgencio Pimentel.

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