La memoria es un animal esquivo, María del Mar Ramón (AdN, 2026)
Que nos traten como adultos, que crean en la lectura atenta y pausada, que confíen en la seducción de una buena historia
14 de abril 2026 · 1 comentario
Por Jorge Burón
14 de abril 2026 · 1 comentarioQue nos traten como adultos, que crean en la lectura atenta y pausada, que confíen en la seducción de una buena historia
La memoria es un animal esquivo es una novela política, una novela familiar, una novela de formación, y todo ello al tiempo, conducida por una voz narrativa en primera persona, que sin embargo fluctúa entre la narración clásica, rozando por momentos la omnisciencia, y una autonarración íntima, casi confesional, poco confiable, que reconstruye la experiencia de una vida.
Un niño en Cúcuta, pequeña localidad colombiana, pierde a su madre, y al mismo tiempo al resto de su familia cuando el padre lo interna en un orfanato católico cortando así los lazos, el lazo más querido y doloroso con su hermano menor Pablo, lazos que ya serán irrecuperables.
Ese mismo niño, Juan Francisco, ya instalado en la vejez, es informado de la muerte de ese hermano menor, Pablo, a través de la hija, Lisa, su sobrina, que admira a Juan Francisco como el gran pintor de fama internacional que es, pero con la cual apenas tuvo nunca relación íntima familiar.
Entre estos dos acontecimientos vitales se despliega el conflicto de una personalidad en búsqueda y reconstrucción, la retrospectiva de un camino incierto, doloroso y necesario, el momento para la sanación de una herida que primero debe ser reabierta.
Hasta aquí lo temático, como siempre la parte más difundida y menos importante.
El gran mérito del libro es la arquitectura horizontal de casa colonial americana, llena de pasillos, habitaciones y escondrijos que se despliegan con soltura y sentido a lo largo de un libro que por momentos parece más largo de lo que es, en el mejor sentido, por la sensación de amplitud y despliegue que genera de una verdadera historia de vida familiar completa. Entre esas estancias, los fantasmas de la memoria, la culpa y el dolor atraviesan paredes, sótanos y buhardillas con fluidez y complejidad precisa. Es una prosa concreta y robusta la que lo sostiene.
El principal problema del texto es la explicitud con que todo el edificio, sus momentos, causas y motivaciones emocionales se evidencian en cada frase o decisión. Una voz que fluctúa entre la ceguera confesional y la perspectiva de pájaro omnisciente, no termina de decantarse por ninguna y resulta explicativa sin ganar en claridad. Lo poderoso resulta obvio, y lo dubitativo se presenta ya resuelto. O eso pensaba yo, torpemente, hasta la mitad del libro.
En un punto de la novela, por motivos que no conviene airear en exceso, uno entiende que la seguridad y explicitud de razones y motivos por las que Juan Francisco explica lo que todos hacían y decían, no era un exceso de información y sobreexplicación del narrador, sino la convicción del protagonista de que sabía las causas de cosas, de acontecimientos, de decisiones, de gestos, que quizá fueron más complejos que como él creía.
Que un libro decida presentarse en este panorama literario acelerado y que premia lo evidente, con una apuesta narrativa que solo se despliega en todo su potencial superadas las 100 páginas, que resuelve sus propuestas más allá de la mitad del libro y que puede decepcionar o resultar anodino a cualquiera que no esté dispuesto a sumergirse en una historia densa y pausada, que tarda en desplegarse y mostrar sus capas, habla de una idea de la literatura, la narración, la escritura y los lectores que tenemos que agradecer.
Que nos traten como adultos, que crean en la lectura atenta y pausada, que confíen en la seducción de una buena historia, y que la apuesta sea fiel a estas convicciones solo puede ser un acierto. Lo digo yo, que he estado muy cerca de ser, con este libro, uno de esos lectores acelerados y caprichosos, que quieren ver todo el potencial en el arranque y exige a la obra ser obvia en sus aciertos.
Mantengo ciertas suspicacias con la resolución de algunas frases, con el exceso de remates y conclusiones, con escenas que me resultan demasiado iluminadas. Creo que la estructura perfectamente calibrada y las escenas que se despliegan con tanta coherencia como suavidad son suficientemente sólidas para haber apostado por una prosa más confusa, una voz más ensimismada aún que ni siquiera nos explicara sus razones para tener todo tan claro. Cuando comencé la lectura, más atento a las decisiones técnicas que a lo que ocurría, anoté estas cuestiones; pero al terminarlo no pensaba en nada de esto, abrumado por tantos momentos de verdadera emoción y sobrecogimiento. Y entre toda esa emoción, la reflexión final sobre el protagonista y qué hace la gente que ha sufrido con ese dolor, si repercutirlo o compartirlo, es profunda y luminosa.
Yo no me emociono leyendo, no es lo que busco ni es un tipo de lectura que me interese, y uno quiere ser brechtiano y creer en el distanciamiento crítico, y en el frío análisis racional del objeto, y todo esto, pero cuando ocurre, cuando la emoción llega y embriaga, uno se pregunta, ¿acaso importa todo lo demás? ¿Acaso no es palabrería retórica y verborrea teórica? ¿Al final queda algo que no sea una emoción intensa? Y este libro me hizo sentir tanto que casi desisto.
Luego sale el sol, la racionalidad fría ilumina las calles, los objetos y sus aristas, y me erijo dubitativo en el fondo en observador implacable, y vengo a escribir aquí. Pero lo que voy a recordar cuando vea el lomo de este libro un día en la estantería será la emoción que me llevó al llanto calmado una noche solo en casa con Daniela dormida. Eso lo sé. Y me hará dudar de nuevo, al menos por un momento, de tanta técnica, tanta idea y fría racionalidad.
Ojalá este ciclo novelístico, esta escritora creyente absoluta de la narrativa y su potencial comunicativo y emocional aún hoy, siga demostrando hasta dónde más lejos puede llegar, pues estoy convencido de que la voz de esta novela tiene largo aliento. Y que lleguen a España, las siguientes pero también las anteriores, que sé que las hay.
¿Qué opinas?
1 comentarioBertolt Brecht nunca lo hizo
Por Jorge Burón
Desistir, lo que nunca hizo Brecht fue desistir
Cultura cultural/cultura popular
Por Jorge Burón
La cultura que sigue a la cultura solo puede ser decadente.
Veo el mundo como una gran sinfonía, Mireya Hernández (Pepitas de calabaza, 2025)
Por Jorge Burón
Llegué a este libro seducido por la portada, por la belleza de la foto y la rugosidad satinada de la tapa, cosa que no me parece baladí.
El dinero nunca fue un problema
Por Adrián Grant
Esta semana se falló el I Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana a favor de la reconocida escritora argentina Samantha Schweblin
Químicas piedades y amnióticas infrarealidades: Ketamina y otros sintonizadores cuánticos
Por Miguel Pardo
Marta Echaves lleva al lector por un recorrido alucinado y metódico hacia el presente
Bertolt Brecht nunca lo hizo
Por Jorge Burón
Desistir, lo que nunca hizo Brecht fue desistir
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Jorge Burón
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES