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Alfileres en el pecho
Hoy miro a mi alrededor y no está el mar.
31 de diciembre 2024
Hace tiempo que para mí el año no termina en diciembre, porque el momento que marca el principio y el final del calendario es el último baño del verano. Suelo dármelo después de la siesta, sobre las seis de la tarde. Aunque si el día calienta, que no es lo habitual en el norte, vuelvo al agua sobre las siete. Nunca más tarde porque uno tiene que arreglarse para salir a cenar y no hay mejor momento que el tránsito de agua salada a dulce. Me gustan las duchas largas y sin música. Sobre todo, cuando estoy de vacaciones. Después del último baño no vuelvo a la silla, sino que me cubro con la toalla, me pongo las gafas de sol y me quedo en la orilla mirando al horizonte. Escucho las olas, dejo que el olor del mar me llene los pulmones, trato de quedarme con todo lo que sucede, para tener un recuerdo donde refugiarme cuando los malos momentos lleguen, y me despido de la playa siendo consciente de que mis huellas no volverán a dibujarse en la arena hasta el año siguiente.
El mar es una parte fundamental de mi vida porque a su alrededor he construido recuerdos felices. Es un lugar donde estar en paz a pesar de la mala educación de quienes se empeñan en poner la música en alto como si estuvieran en un guateque. Todavía no sé muy bien por qué, pero una de las cosas que más me gusta ver es cómo los niños pequeños huyen de las olas, juegan con la arena o pescan sus primeros cangrejos. Puede que sea la manera que he encontrado de imaginarme cómo era cuando tenía su edad y de reconstruir o desbloquear algunos recuerdos.
Hoy miro a mi alrededor y no está el mar. Están los que sostienen mi vida, los que iluminan mis noches más oscuras y embellecen mis días. Está mi hermano al piano cantando con mi padre mientras mi madre sonríe y mi hermana graba con el móvil. Están los amigos que desde hace unos años vienen a cenar los días más importantes, y no se cansan de pedir canciones. Están, a su manera, los que se acuerdan de todo lo vivido y mandan un mensaje. También los que aguardan en la calle para brindar por todo lo que nos espera. Pero sobre todo están los que no pueden estar porque se han ido. Llevamos las ausencias prendidas en el lado izquierdo del pecho y, en ciertos momentos, el alfiler nos pincha, nuestro corazón sangra y una lágrima surca nuestras mejillas hasta llegar a puerto. Vivamos cada día de este nuevo calendario honrando su recuerdo. No se merecen menos.
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