Música

Angine de Poitrine

Parece que estuviésemos en una época equivalente al hiperrealismo pictórico en la música

Por Ana Webb

6 de abril 2026


Angine de Poitrine es una banda canadiense que lleva autopublicando su música desde 2024, año en el que aparece su primer LP Vol.1. Dicho esto, el dúo no era conocido hasta dos meses, momento en el que se publicó un vídeo de en directo en el canal de youtube de KEXP, el cual ha recopilado a día de hoy (5 de abril) más de 7 millones de visualizaciones. Su nuevo disco, Vol. II acaba de salir el pasado 6 de abril.

Siempre es interesante pensar en lo aleatorio de la viralidad, y si el mismo producto cultural habría tenido la misma repercusión en otro momento dado en el tiempo, pensemos por ejemplo en el boom del video de OK Go en los 2000 o la capacidad de impacto de Tik Tok en las canciones del mainstream. Entendiendo que cada producto cultural tiene su repercusión por las circunstancia socioeconómicas en las que se ve inmerso, en el caso de Angine de Poitrine su viralidad es entendible pues contienen a primera vista un aspecto muy atractivo: la máscara que tapa su identidad.

En la música existen numerosos ejemplos de artistas que eligen ocultar sus facciones, pues resulta una forma de llevar la performatividad del directo al extremo. El personaje llevado al límite es claro en artistas como David Bowie, aunque en la actualidad esta intención se acaba convirtiendo en un disfraz donde el artista es capaz de ser otra persona sobre el escenario, pensando en perfiles como Daft Punk, Horsegiirl o Slipknot además, la no-humanidad de la máscara produce un misterio muy atractivo.

En el caso del arte plástico podríamos considerara la obra de Banksy, que si bien ha producido una obra que nunca ha sido de mucha trascendencia artística, gran parte de su atractivo partía de su no-identidad, que además se expandía a la posibilidad de que pudiese ser más de una persona detrás del nombre.

En el arte la máscara ha servido como un símbolo de transformación, un sistema para facilitar el traspaso de lo que se es a lo que se quiere ser; en occidente esto significa una forma de salir de la cotidianidad y en las normas sociales. En la obra de Maruja Mallo, por ejemplo, la máscara funciona como un símbolo del cuestionamiento identitario a medio camino entre lo mortal y lo inmortal, que también se ha relacionado con el impacto identitario del exilio tras la Guerra Civil.

Dice Eduardo Cirlot en “Diccionario de símbolos” que: “Todas las transformaciones tienen algo de profundamente misterioso y de vergonzoso a la vez, puesto que lo equívoco y ambiguo se produce en el momento en que algo se modifica lo bastante para ser ya «otra cosa», pero aún sigue siendo lo que era. Por ello, las metamorfosis tienen que ocultarse; de ahí la máscara.”

Recuerdo de niña que uno de los episodios que más me asustaban de la serie de televisión Dr. Who era el episodio de “The girl in the fireplace” con alienígenas-reloj vestidos con trajes del siglo XVIII y máscaras blancas de sonrisa constante. Estos personajes se encontraban en una nave del futuro que contiene un portal al siglo XVII francés. De esta situación de inestabilidad y de liminalidad aparece la idea de lo siniestro de Freud, que genera fascinación a la vez que miedo por su lejanía de lo ordinario.

Este estar en un in-between también se remite a la música de Angine, pues la base de sus composiciones es la música microtonal, que utiliza intervalos más pequeños que el semitono tradicional de la música occidental. Además de esto está el impresionante virtuosismo de ambos, aunque quizás el que más llama la atención es Khn de Poitrine (guitarra, bajo), capaz de tocar ambos instrumentos a través de un loop, mientras modifica los diales de sus pedales con los dedos de los pies.

Nos encontramos en un momento histórico en el que la música y el arte han avanzado hacia niveles de una exigencia técnica extrema. No hace falta pararse a pensar mucho en quienes son las bandas que más se valoran en el panorama actual: Black Country New Road, Geese, Black Midi… etc, proyectos formados por músicos muy jóvenes pero con un virtuosismo y conocimiento de los instrumentos que tocan propios de personas que llevan años dedicándose a la música, de ahí que generen esa fascinación. Parece que estuviésemos en una época equivalente al hiperrealismo pictórico en la música; buscamos canciones complejas, rápidas, difíciles de tocar, que nos puedan sorprender más allá del puro contenido creativo de la obra.

A parte de aquello que esconde Angine de Poitrine detrás de sus extraños trajes de lunares, el éxito del formato también está en ver al ser humano capaz de producir música como una máquina mientras mantiene el registro físico del esfuerzo en sus extremidades (pensemos en las marcas de las manos y pies que muestran cuando hacen el gesto del triángulo con las manos) y en la imperfección de sus máscaras de papel maché. Incluso en un momento en el que las exigencias del arte contienen este nivel de clasismo, seguimos buscando inconscientemente fórmulas para atacar la irrupción de la IA dentro de los circuitos de la música mainstream. Al final, un algoritmo puede intentar imitar a los humanos todo lo que pueda, pero nunca se podrá acercar al misterio real del arte.


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