José Luis Garci lleva toda la vida diciendo, de una u otra forma, que el cine es mucho más que veinticuatro fotogramas por segundo proyectados en una pantalla blanca, es una manera de estar en el mundo. Y que esa cosa tan manida que llamamos vida mejora frente a una mesa, una barra, una copa. ‘Beber de cine’ pertenece a esa rara estirpe de libros que nunca se acaban, a los que uno vuelve una y otra vez, disfrutándolos a pequeños sorbos y aprendiendo siempre algo nuevo. Un libro que no trata sólo de cócteles ni únicamente de películas, sino de algo mucho más antiguo: la felicidad de compartir el tiempo.
Garci, que ha hecho del cine una forma de memoria y de la memoria una forma de casa, junta aquí dos pasiones que siempre se han entendido bien: la pantalla y la barra, la ficción y el vaso, la emoción y el hielo. Cada cóctel es una escena posible. Cada escena, un estado de ánimo. Y cada página, una vida de repuesto.
Garci escribe sin prisa, sin alardes, con una elegancia que nunca pesa y con todo el conocimiento brotando con naturalidad. No pontifica: enseña y comparte. Habla de películas que nos formaron y de bebidas que nos acompañan mientras aprendemos a mirar el mundo. Porque, al final, a los bares y a los cines vamos a lo mismo: entramos buscando un gran rato, nos refugian y nos acogen, y salimos siendo un poco mejores.
La coctelería narra y muestra una tradición; es más que una mezcla: es tiempo, herencia, paciencia y lugar. Por eso este libro se lleva tan bien con la mesa. Hablar de cine alrededor de un plato o de una copa es una de las formas más hermosas de estar con otros. Las películas crecen cuando se recuerdan, mejoran cuando se discuten, y vuelven a ser nuestras cuando se mezclan con pan, vino, risas y sobremesa.
Garci sabe que la cultura no vive en pedestales. Vive en cocinas, en bares, en mesas con brindis, en charlas que empiezan hablando de una película y acaban hablando de la vida. Vive en lo cotidiano. ‘Beber de cine’ es un retrato de su autor. En cada página asoma el Garci romántico, cinéfilo, melancólico, profundamente elegante. Un hombre que entiende que el verdadero lujo no está en la botella, sino en el momento en que alguien decide abrirla.
Es uno de esos libros que uno termina regalando muchas veces: a amigos, a cómplices, a gente que ama el cine, a gente que ama comer y beber bien, a gente que ama sentarse sin mirar el reloj. Se regala como se regalan las cosas importantes. ‘Beber de cine’ no es un manual, que también, es una invitación a sentarse, a brindar, a mirar con atención. A vivir un poco mejor.