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Casa en llamas (naturalidad por un tubo)
La madre Montse convida a toda la familia a pasar en Cadaqués un último fin de semana. Huele a chamusquina ya desde el principio.
2 de diciembre 2024
La madre Montse convida a toda la familia a pasar en Cadaqués un último fin de semana. Huele a chamusquina ya desde el principio.
El pasado fin de semana vi Casa en llamas, la película de Dani de la Orden. Me gustó mucho. Me reí; me emocioné con sus personajes. La madre está genial; el padre es todos los padres; Enric Auquer lo borda y su hermana mejor todavía. Muy bien también Macarena García, arrastrada en el vórtice de una relación que gira demasiado rápido. Es un asunto coral, de risas y lágrimas, que funciona sobre todo por la naturalidad del guión, las actuaciones.
La premisa es ésta: con motivo de la inminente venta de la casa veraniega en Cadaqués –un auténtico casoplón en varios niveles, terraza, piscina y roquedal, vistas sobre el mar–, la madre Montse convida a toda la familia a pasar en ella un último fin de semana. Huele a chamusquina ya desde el principio, por supuesto, pues cada uno arrastra más issues que bendiciones y se los aplasta en la cara al primero que pasa. La una engaña al marido, el otro es blando como un flan y no soporta que le dejen; el padre miente a todos y a sí mismo, tiene reuma; la madre escupe sólo las verdades que no convienen y por el medio revolotea cierta psicóloga que es la única justa del montón. De comparsas, entre bastidores, el cuñado y la novia –José Pérez-Ocaña; Macarena García–, perfiles más bien bueniños: está claro, para lucirse hay que ser un hijoputa.
Todo transcurre como lo esperamos y al final la casa en llamas es metáfora y no lo es –alude por lo visto a un juego Gestalt de la psicóloga (Clara Segura): ignoro si real o licencia dramática–. Lo importante, como decía, es lo natural que resulta todo: te los crees, sí, te crees a la madre despechada por el despego de sus hijos; te crees al padre –nombrémosle: Alberto San Juan– obsesionado consigo mismo; te crees a una proto-novia sobrepasada por su envenenado ligue. La cosa va de familia, sí, claro –ese bien intangible, que diría un buen amigo. Pero podría ir de los higos o las amapolas; de las estrellas en el firmamento. A lo que voy es que rebosa verdad, como un cántaro de agua fresca bajo el Sol mediterráneo. Veo a una familia real, con sus zarpazos y tirones de pelos; con sus caricias y abrazos. No necesito más.
Aplauso, pues, para su director y mención especial al guionista, Eduard Sola, que descubro además en esa cosa tensa, inquietante y triste que es Querer, lo último de Ruiz de Azúa (y en La virgen roja, me soplan: hat-trick). También en ella hay naturalidad por un tubo; verdad; personas reales haciendo cosas reales. No es nada fácil dar vida de ese modo a las palabras, así que bravo Eduard (y bravo a los actores todos). Corran a verlas porque merecen la pena mogollón.
Sólo una última nota: he escuchado ya más de una opinión que desliza o vocifera que no debemos hacer caso de Montse y familia porque son ricos, burguesía rancia català. Se conoce que los ricos son criaturas alienígenas que no sienten ni padecen como nosotros; que no hay nada en ellos que pueda despertarnos familiaridad, simpatía. Dejando de lado que los ricos, por definición, no son sino gente con más dinero –no menos sentimientos–, supongo que quien tal cosa dice no habrá sufrido nunca por nada que no tenga que ver con éste; que todo en su vida pasa por los euros y jamás ha vivido un corazón roto; una traición; una pavorosa mentira. Lo que es una vida adelgazada, si me apuras.
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