Libros

Escribir como deporte de competición extrema

Ambición es tu nombre, literatura, porque conviertes la competición en odio y usas el odio como diésel

26 de marzo 2026


La semana pasada falté a mi compromiso con sustrato una vez más. Miraba el papel en blanco, me dejaba llevar por la poética del bloqueo y así me excusé durante dos semanas para no escribir nada. Hoy, ya jueves por la tarde, me decido a poner algo, lo que sea, y recuerdo que si escribo es porque no tengo más remedio: es la última bala de los perdedores.

No he formado una familia, no tengo grandes éxitos laborales, ningún talento reseñable —ni deportivo, ni social, ni musical, ni para los negocios— y en un momento decidí que a lo mejor podía redimirme escribiendo. Uno se convierte en escritor y todos sus fracasos parecen pequeños, porque escribir es una forma de buscar la inmortalidad: ese gran objetivo ante el cual toda empresa se encoge.

El problema es que escribir requiere mucho trabajo, mucha constancia, porque uno no solo escribe contra sí mismo: escribe contra los demás. Escribir es competir con tus coetáneos, que tampoco paran de escribir y de publicar y de pulir su estilo. Pero también es competir con los escritores muertos y con los que todavía no han nacido, una competición extrema por la eternidad. Y así, página a página, frase a frase, vas descubriendo que no sólo hace falta un talento a la altura de tu ambición, sino una ambición que espolee ese talento a base de trabajo duro.

De qué sirve picotear una hoja de papel con palabras si no van encaminadas a ese fin tan alto y noble que es superar a los demás para superarse a uno mismo. Para qué regodearse en la camaradería entre juntaletras, en la vacuidad de un juego literario inane, si luego uno no va a emplear el músculo literario que ha adquirido para levantar algo que valga la pena.

Ambición es tu nombre, literatura, porque conviertes la competición en odio y usas el odio como diésel: el odio a la mediocridad y a la autocomplacencia, el odio al olvido. La ambición literaria como condición imprescindible aunque no suficiente. La competición, tan vilipendiada en tiempos en los que lo cooperativo es sacrosanto y la sola distinción entre una literatura mejor y una peor levanta sospechas, mientras que pelear por el primer puesto es tachado de actitud demasiado sucia, demasiado capitalista, demasiado masculina. Sin embargo, ¿acaso no te quema saber que, el día que tú no escribes, los escritores que más odias sí han vomitado palabras sobre el papel?

La escritura es competición extrema porque el que no escribe no da su punto de vista, que sí cincelará otro en los mármoles del tiempo, convirtiéndolo en verdad. Escribir es una lucha a vida o muerte contra los demás, contra el tiempo y por el monopolio de la verdad.

O tal vez solo un pasatiempo para fracasados con ínfulas de grandeza que no son capaces de hacer gran cosa con su vida y entonces se consuelan pensando que a lo mejor un día serán mejores de lo que son. Escribir como el oficio del resentido que se cobra una mezquina revancha disparando su última bala. No sé si puede salir buena literatura de ahí, pero hoy, ante la hoja en blanco, no se me ocurría otra manera.



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