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Falta el pulpo en el mar, pero no en la mesa
Estamos gestionando las consecuencias sin entender del todo las causas.
10 de abril 2026
Una decisión administrativa puede ser, en realidad, una forma educada de admitir que algo no va bien. La veda total del pulpo en el occidente asturiano durante abril encaja perfectamente en esa categoría. Sin aspavientos, sin titulares apocalípticos, pero con una claridad que roza la confesión: no hay pulpo. Y cuando no lo hay, todo lo demás sobra.
La medida no admite demasiadas interpretaciones. Desde la ría del Eo hasta la del Nalón, en San Esteban, queda prohibida su captura durante todo el mes, tanto para profesionales como para quienes salen a pescar por afición. Unas 40 embarcaciones se ven directamente afectadas. A partir del 1 de mayo, la cosa se relaja, pero sin entusiasmos: hasta el 31 de diciembre se permitirá una captura accesoria de 15 kilos por barco y día. Es decir, el pulpo que aparezca por accidente, como quien se encuentra un billete en el bolsillo. En el caso recreativo, dos piezas.
El Principado ha puesto sobre la mesa 330.000 euros en ayudas, financiadas por el Fempa. Y aquí viene lo interesante: el sector no ha montado ningún drama. Más bien, lo contrario. Cuando aceptan parar sin protestar demasiado, conviene escuchar. Porque ahí ya no hay ideología ni relato, hay pura evidencia.
Las cofradías hablan de tres años malos; el último especialmente flojo. Menos capturas, menos regularidad, menos certezas. Y, como suele pasar, muchas teorías y pocas respuestas. El clima, los cambios en la mar, ciclos que nadie termina de entender. Todo suena razonable, nada es concluyente. El pulpo desaparece y la explicación, de momento, no llega.
Eso sí, en las mesas no falta. En bares, ferias y restaurantes sigue apareciendo con una puntualidad admirable. El truco no es nuevo: viene de Marruecos. Lleva años siendo así. No es ningún secreto, salvo para ese perfil de instagramer que jamás ha comido bien y se unge de adanismo. El pulpo marroquí sostiene la demanda, mantiene precios y permite que aquí sigamos jugando a que todo es más o menos igual. Pero no lo es.
El pulpo de Asturias, cuando aparece, sigue siendo otra cosa. Tiene ese vínculo difícil de explicar con el entorno, con la costa, con la gente que vive de ello. Y eso es precisamente lo que está en juego. La veda no protege sólo una especie, protege una forma de vida que empieza a dar señales de fatiga.
Al final queda una sensación incómoda, estamos gestionando las consecuencias sin entender del todo las causas. Se actúa —probablemente con buen criterio— pero un poco a tientas. Y mientras tanto, el pulpo vive en una paradoja bastante nuestra: omnipresente en el plato, ausente en la mar.
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