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No hay campanu sin subasta. Y la del 2026 la ganó El Llavianu.
Nadie discute que hay menos salmones. Lo que se discute -cada vez con más ruido y menos certezas- es por qué.
22 de mayo 2026
Nadie discute que hay menos salmones. Lo que se discute -cada vez con más ruido y menos certezas- es por qué.
El campanu -del Sella y de Asturias- se fue para la sidrería El Llavianu, en Gijón, por 9.400 euros -pagados a tocateja, con cuartos en el bolsillo, como debe ser. El salmón más caro de los ríos asturianos en este 2026, se subastó ayer jueves en Cangas de Onís. Por desgracia, será uno de los pocos que se puedan pescar este año: porque apenas hay. Aunque con ansia se les espera.
El campanu es el primer salmón que se captura cada temporada en Asturias. No es el más grande ni necesariamente el mejor, pero sí el más importante. Es la pieza que todo aficionado a la pesca sueña capturar alguna vez en su vida, esa ballena blanca que algunos persiguen a lo largo de la vida, y sólo unos pocos logran la satisfacción de hacerlo. Se llama así, porque para los ribereños la llegada del salmón permitía la subsistencia en tiempos muy duros, era ese sobresueldo que permitía paliar el hambre y aguantar el resto del año. Cuando empezaba la temporada de pesca, repicaban las campanas de las iglesias em los pueblos a pie del Narcea y el Sella.
En Asturias, el campanu es una devoción. Por eso este año la espera empezó a hacerse incómoda. La temporada abrió el 18 de abril y no apareció hasta más de un mes después, tras veintitrés jornadas efectivas de pesca y una sensación creciente de que el río empezaba a parecerse demasiado a un escaparate vacío. Fue Iván Alonso -un Ahab vencedor- quien lo sacó en el Sella, en la zona del Puente Viejo de Villanueva, en Cangas de Onís: un macho de 6,2 kilos y 82 centímetros, pescado a mosca artificial después de apenas cuatro lances. El propio pescador resumió la situación mejor que cualquier informe técnico: “Hoy pescar un salmón es como que te toque la lotería”.
Nadie discute que hay menos salmones. Lo que se discute -cada vez con más ruido y menos certezas- es por qué. Ahí empieza la romería de hipótesis: la voracidad de los pescadores, el calentamiento del agua, las presas, la contaminación, la presión en el mar, los depredadores, la mala gestión histórica de los cauces; incluso apareció estos días una información relacionando restos de cocaína en el agua con alteraciones en el comportamiento del salmón atlántico, cosa que tampoco me extraña por esta tierra. Mientras tanto, pescadores y ecologistas se observan ya desde posiciones casi irreconciliables. Hay quien pide una veda total inmediata y quien defiende que prohibir la pesca sería convertir al salmón en una pieza de museo antes siquiera de intentar salvarlo. Los pescadores insisten en la repoblación y en el trabajo cotidiano que muchas sociedades realizan en los cauces. Y tampoco les falta razón cuando recuerdan que quienes pasan media vida metidos en el río suelen detectar antes que nadie cuándo algo empieza a ir mal.
La situación llegó a tal punto, que las dos subastas históricas acabaron suspendidas. En Cornellana, el Ayuntamiento de Salas decidió cancelar la puja tras la muerte de Jesús Fernández, vicepresidente de Las Mestas del Narcea, y redirigir el dinero al proyecto Arca de reproducción. En Cangas de Onís, el Ayuntamiento y la sociedad El Esmerillón optaron también por retirar la tradicional subasta del Puente Romano ante la escasez de salmones y destinar la aportación municipal a labores de conservación y repoblación del Sella. Una decisión lógica y, al mismo tiempo, bastante reveladora del ambiente que rodea ya al salmón atlántico en Asturias.
La puja acabó sobreviviendo casi por inercia sentimental. Adrián Mori, hijo de José Manuel Mori ‘El Marqués’ -pescador histórico del Sella y fundador del grupo hostelero El Campanu- decidió organizarla igualmente en Finca Villa María, un espacio que gestionan en Cangas de Onís. Había algo casi inevitable en que la subasta terminara salvada por gente de hostelería y río. Al final, pocas cosas resisten tanto como una tradición, como algo intrínseco a todos aquellos que nacieron casi con los pies en el río.
Bajo un sol que no dejaba de apretar, Javier González -sidrería El Llavianu- frente a otros trece restaurantes, levantó la tablilla y su puja detuvo la subasta. Se hizo con el preciado pez sin pretenderlo, en sus palabras: “Vine porque me lo comentó Adrián, no lo tenía pensado, pero me fui calentando. Y mira”, dice con una sonrisa. Para luego reconocer que empezó a trabajar en una sidrería y todos los días veía un cuadro de un campanu, y muchas veces se repetía: “Algún día lo compraré”. Y el día llegó.
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