Costumbres

Groenlandia

Yo es que paso la Semana Santa en Medina de Rioseco, provincia de Valladolid.

31 de marzo 2026


Coincidimos en el ascensor de la oficina. Será de mi edad, si acaso algo mayor que yo. No trabajamos juntos, nunca hemos intercambiado correos, no nos seguimos en Instagram. Ni siquiera estamos en la misma planta. La palabra compañero se inventó para describir vínculos laborales como este. Compañero, sin más. El típico tío que te cae bien, que ha sido educado contigo, pero cuya vida no te interesa lo más mínimo. No le preguntas qué tal el fin de semana cuando la máquina del café os junta. Él, que es igual de respetuoso que tú, también finge que se interesa por ti. Hay un mínimo de cordialidad. Dadas las fechas, advertí en él a otro pringado al que le tocaba trabajar en Semana Santa, no muy diferente del pringado que él debió de ver en mí. Le pregunté que cuándo cogía vacaciones, ya ves tú a mí qué me importará cuándo coja las vacaciones este buen señor. Pero le pregunté eso. Los seres humanos somos así, hacemos estas cosas. Tendemos a la cortesía, existe aún en nosotros un mínimo de respeto por los modales, guardamos la esperanza de que el trámite sea lo más rápido e inofensivo posible, de dejar en el otro la impresión de persona razonablemente agradable. Las conversaciones de ascensor requieren de interpretación y cierto civismo y está bien que así sea. Yo le pregunto ahora por las vacaciones, él a su vez me preguntará por las mías, yo le diré que está todo bien, que me iré ahora un par de diitas, que estoy deseando largarme de Madrid, y así la próxima vez que nos veamos en el ascensor haremos de la escena un trámite más llevadero, menos incómodo. Todo eso pasaba por mi cabeza cuando abrí el melón vacacional.

—Me voy a Groenlandia, dijo. 

Ah. Ah bueno. A Groenlandia. Ah. Muy bien.

—Es que surgió el plan con mi novia hace un tiempo. Teníamos ganas de algo nuevo y al final nos vamos a Groenlandia.


A Groenlandia. Al final se van a Groenlandia. Qué se contesta a un Me voy a Groenlandia. Son ese tipo de inesperadas cuestiones de respuesta imposible en el momento. A uno le dicen algo así y no puede más que asentir con cara de bobo, mascullar ridículos balbuceos, y luego pasarse los días posteriores pensando en la réplica perfecta y en cómo no se le pudo ocurrir antes, que es cuando se tienen que decir las cosas, porque las cosas se dicen, no se piensa que se dicen.


Groenlandia. Groenlandia no por nada especial. Groenlandia porque tenían ganas de algo nuevo. Groenlandia porque el sudeste asiático se les ha quedado pequeño, porque España en Semana Santa es una catetada que huele a incienso y sacristía. El colega, viendo mi cara de pasmarote y sin encontrar en mí la interacción esperada, terminó por contarme los pormenores del plan, no sé qué de fiordos, kayaks entre icebergs, montañismo y demás experiencias. No lo asimilé del todo, se ve que mi hipotálamo se había quedado en pausa un poco antes.


Qué se contesta a un Me voy a Groenlandia. Pues yo qué sé. Pues que ojalá te vaya todo muy bien en Groenlandia. No sé. Que espero que no os tengan que amputar los dedos de los pies a lo Juanito Oiarzábal, yo qué sé. Ya te lo he dicho, no sé qué se responde a un Me voy a Groenlandia, perdona mi cara de pánfilo y mis lugares comunes de persona de carisma negativo. A lo mejor en una semana habré encontrado la réplica oportuna, pero no ahora, no en estos 30 segundos que dura nuestro encuentro en este ascensor. Compréndeme y no me juzgues tan rápido, anda, que pareces educado.


Yo es que paso la Semana Santa en Medina de Rioseco, provincia de Valladolid. Quizá ello explique este carácter castellano de Fray Luis de León, sin agobios de ningún tipo por coleccionar sellos en el pasaporte, sin el más mínimo sentimiento de Horror Vacui ante el calendario. Le encuentro el puntito a la modorra, a las horas muertas, al vuelo de las moscas. El derecho a la pereza, de Lafargue. Y que quieras que no prefiero una vida tranquila y monótona con los diez dedos de los pies a una vida apasionada sin alguno de ellos.



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