Komorebi en Do Mayor, Johann Sebastian Wenders
Para entender por qué veo a Hirayama, hay que entender qué demonios hizo Bach 5 siglos atrás
12 de marzo 2026
Para entender por qué veo a Hirayama, hay que entender qué demonios hizo Bach 5 siglos atrás
Hay un hombre en Tokio que ha decidido borrarse del mapa. Se llama Hirayama y limpia retretes públicos, algo mucho más sencillo que enfrentarse a su propia mierda interna: la roña ajena, al menos, sale frotando. La tuya se queda ahí, enquistada debajo de las costillas.
Cada mañana en su vida es un calco exacto de la anterior. Arranca con esa luz gris de Tokio, una luz casi de quirófano que se cuela por la ventana y no le deja otra opción que abrir los ojos. Se levanta y dobla el futón como un autómata que necesita borrar sus propias huellas, un gesto que grita a los cuatro vientos: «aquí no ha dormido nadie, circulen». Es un dios diminuto cuidando sus arces enanos, bonsáis que son el ensayo general para una vida que él mismo no se atreve a vivir a escala real. Su rutina entera es una partitura milimetrada, un ensayo clínico sobre cómo sobrevivir sin estar presente.
(A ver, hago un tiempo muerto aquí. Pongo las cartas sobre la mesa: nuestro queridísimo editor me ha dejado una nota al margen en el borrador diciendo que no está para nada de acuerdo con mi tesis de que "Hirayama no es un monje, sino más bien un desertor". Te quiero, jefe, pero me vas a permitir que me defienda).
No, Hirayama no es un monje zen flotando en un estado de iluminación superior mientras limpia urinarios. Es un desertor de nuestra vida moderna. Ha huido de las trincheras del éxito, del campo de batalla de la productividad y de esa felicidad obligatoria que nos venden en tazas con frases cuquis. Su vida no es un manifiesto espiritual; es una trinchera cavada a mano que consta de dos anclas: el café de lata de la máquina expendedora (porque la lealtad a las pequeñas cosas de cafeína y azúcar te salva las mañanas) y, sobre todo, la música. Pero no cualquier música, ni de cualquier manera. Casetes. Puros y duros casetes de Lou Reed, Patti Smith, The Kinks y Van Morrison. Fósiles plásticos de un tiempo en el que la música exigía un esfuerzo físico. Ojalá ser él. A ratos.
Esto choca frontalmente con Takashi, su insoportable ayudante. Un chaval que vibra con cada notificación del móvil, que mendiga valor en Tinder y que consume listas de Spotify como quien traga comida rápida. Para Takashi, los casetes son una broma excéntrica de un viejo, o en el mejor de los casos, un objeto vintage para revender y sacar pasta. Takashi, lo siento, pero no estás entendiendo la puta vibra. Escuchar un casete implica rebobinar, esperar, escuchar el siseo de la cinta y comerte las canciones que no te gustan tanto para llegar a tu favorita. Exige peaje. Exige tu tiempo, tu atención. Tu puta vida.
Para entender por qué veo a Hirayama y escucho el Preludio en Do Mayor, hay que entender qué demonios hizo Bach 5 siglos atrás. En el siglo XVIII, la afinación de los instrumentos de teclado era un cristo absoluto. Las leyes de la física y los armónicos naturales hacían que, si afinabas un piano para que sonara perfecto en Do Mayor, al intentar tocar en Fa Sostenido aquello sonara a pelea de gatos callejeros. Había una disonancia insoportable, un caos matemático de la propia naturaleza que te impedía viajar libremente por la música.
Bach, que de caos y de poner orden sabía un rato, se hartó. Mandó a paseo la pureza matemática de la naturaleza e inventó (o más bien, popularizó) una "trampa": la afinación temperada. Esa afinación consistía en desafinar ligeramente todas las notas por igual para repartir el error. Creó un sistema artificial, cerrado y perfecto, donde todas las tonalidades eran por fin habitables.
Por eso el Preludio en Do Mayor no es una melodía para tararear en la ducha. Es el manifiesto fundacional de un orden nuevo. Es una jaula de oro. Una progresión matemática de arpegios que avanza, implacable, nota a nota, sin mirar atrás ni un solo segundo. La estructura de Bach te encierra y te protege a partes iguales.
Hirayama es el limpiador de retretes, sí, pero su trabajo en esos templos de diseño y cristal de Tokio (porque los baños que limpia parecen naves espaciales) es pura anestesia. El olor a lejía, el sonido de la escobilla... es su manera de aplicar el "orden bien temperado" de Bach al caos escatológico de la humanidad. Es un sacerdote de la asepsia devolviendo al mundo un orden que él no tiene por dentro.
Porque por dentro, como nos confirman sus sueños —que no son sueños, sino partes de guerra y ecos de explosiones pasadas— el abismo sigue ahí. El silencio entre las notas de Bach no es paz; es el vértigo de saber que un mal paso te devuelve al infierno. «La próxima vez es la próxima vez. Ahora es ahora», le dice él a su sobrina. No es un consejo de Paulo Coelho. Es una sentencia. Aquí están los límites del precipicio.
Y aquí, al final de la película, surgió una pregunta que me hizo detenerme a pensar: «¿Una sombra se vuelve más oscura si se superpone a otra?», pregunta el enfermo. Hirayama, que de palabras va justo, le responde con un cigarro y un juego infantil: pisar sombras. Y si con esta respuesta, te has quedado igual, tendrás que fiarte de la teoría musical. Un acorde de Bach es exactamente eso: una superposición de notas, de "sombras" sonoras. Una nota suelta no te dice mucho, pero combínala con otras dos y creas una armonía que puede romperte el alma. La armonía no nace de la luz pura, nace de la fricción entre sonidos diferentes. Hirayama y el moribundo crean un acorde disonante con sus cuerpos y sus sombras bajo la farola. No se dan palmaditas en la espalda, ni se dicen que "todo va a salir bien". Simplemente superponen sus miserias para hacer la oscuridad un poco más densa, sí, pero infinitamente más acompañada.
Y así nos plantamos en el final. Amanece en Tokio. Hirayama conduce y aprieta el play. Suena Feeling Good en la voz visceral, rota y majestuosa de Nina Simone. Y la cara del protagonista se convierte en la mejor partitura jamás escrita. Llora. Ríe. Se le quiebra el gesto y lo vuelve a componer. Ese momento es comprender que un día perfecto no tiene por qué ser un día feliz. Un día perfecto es aquel en el que el komorebi (la luz) y la sombra coexisten. Un día donde la estructura robótica de Bach y el grito de libertad de Nina Simone caben en el mismo casete y en la misma furgoneta.
Hirayama nos deja su testamento sin abrir la boca. Sobrevivir es cargar con tu pasado y seguir frotando la mancha, buscando desesperadamente atrapar un rayo de luz en los árboles. Ahora es ahora. Y con eso, nos tiene que bastar.
P.D. Nina Simone está colosal, que quede claro. Pero si en ese casete final hubiera sonado el Sittin' On The Dock of the Bay de Otis Redding... con ese silbido de perdedor que acepta con gusto que está perdiendo el tiempo viendo los barcos pasar... ay, amigos, eso ya habría sido para cerrar el estadio entero.
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