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La mejor anécdota del mundo
El problema, se veía venir, es que nadie nos creyó.
19 de junio 2026 · 1 comentario
El problema, se veía venir, es que nadie nos creyó.
Era el último banco de Manhattan. Debían ser las diez de la noche de un miércoles. No llevábamos boina ni una gallina en la maleta, pero durante todo el viaje nos sentimos un poco Paco Martínez Soria recién llegados a Grand Central Terminal, conscientes por primera vez de nuestra propia insignificancia en el mundo. Y ahí estábamos Miki y yo, diez años más jóvenes, en un banquito con vistas a la Estatua de la Libertad, hablando de esto y de aquello, de lo humano y lo divino, arreglando el mundo. En mi cabeza sonaba la música de El Padrino mientras imaginaba barcos y barcos procedentes del puerto de Palermo atracando en el muelle. Fue justo antes de que la ciudad de Nueva York nos regalase una de las mejores anécdotas de nuestras vidas, un poco como ese chaval de provincias que viene a Madrid un puente y se encuentra por Malasaña con los Javis o con Joaquín Reyes o con Ignatius, mientras piensa Jo, ya verás cuando lo cuente en en el pueblo.
Serían las once de la noche cuando decidimos levantarnos para, retrospecciones hechas y psicoanálisis mutuos superados, comer unos trozos de pizza barata y poner rumbo al apartamento, que estaba al lado del Madison Square Garden, y dejarnos vencer por el sueño antes de una nueva jornada de intenso pateo por Nueva York. Claro que ninguno de los dos vimos venir lo que nos estaba a punto de pasar.
Al poco de iniciar ese paseo de vuelta dimos con el famoso toro de Wall Street. Paletos como éramos, nos pareció obligada la parada de cortesía con su correspondiente foto. Yo pensé en mi madre, que cada vez que viajo me dice que no le mando fotos. Miki no sé en qué pensó. Espero que no pensase en mi madre. En fin, que dadas las horas, la estatua nos esperaba prácticamente vacía. A mí me pareció escuchar cómo de su hocico salía una voz que nos decía venid aquí, españolitos míos, y haceros una foto conmigo, que veo que conserváis todavía un punto provinciano y necesitáis documentar el viaje para dar envidia cuando volváis a vuestras pueblerinas vidas.
Le hicimos caso. Nos encontramos una familia argentina posando mientras dos chicas altísimas, una rubia y otra morena, les hacían su foto de rigor. Esperamos nuestro turno religiosamente, en perfecta ejecución del ritual de interacción entre turistas. Excuse me, could you take a picture? of course, of course. La delegación argentina abandonó la escena y allí sólo quedamos las dos parejas. Miki y yo y aquellas dos tiarronas despampanantes que tan pequeñitos nos hicieron sentir. Una de ellas, la rubia, debió ver más cara de resuelto en mí que en Miki, pues fue a mí a quién confió su móvil y, por tanto, la calidad de la instantánea. Gran error, amiga mía.
Traté de encuadrar lo mejor que pude, haciéndome el ducho en la materia, disimulando el temblor de la mano. Nunca en mis 22 años me había dirigido la palabra una mujer así. Tiré cinco o seis fotos como pude, puse cara de seguridad y levanté la mirada del teléfono para volver a interactuar con aquel ángel. Y fue entonces cuando la vi. Tan embelesado que estaba con la rubia, tan concentrado en que la puta foto saliese bien, que ni reparé en su amiga, en la morena. Sin saberlo, le acaba de hacer un puñado de fotos a Irina Shayk. Como lo cuento. ¿Y no sería una mujer que se le pareciese mucho?, dirán los más incrédulos. No, no y no. Juro que era Irina Shayk, que además en 2016 estaba muy de moda en la prensa española por ser la novia de Cristiano Ronaldo.
Pero ahí no acaba la cosa. Del stendhalazo casi se nos olvida el propósito de la parada ante el neoyorquino morlaco, así que haciendo gala de la resolución que la rubia había intuido en mí, ni corto ni perezoso, le di mi móvil a la propia Irina, que fue quien nos tiró dos fotos inmortalizando tan surrealista momento. Dos fotos, dos, tampoco te vayas a matar, Irina.
Miki y yo, claro, nos mirábamos pero no decíamos nada. Tampoco nos íbamos a poner ahí a señalar con el dedo, que nuestros padres nos han entregado una educación y no es cuestión de ir por el mundo avergonzando a la familia. El encuentro no dio mucho más de sí. Irina (a estas alturas ya habíamos cogido confianza) me entregó el teléfono, yo casi me hago pis cuando sus dedos rozaron los míos, ella se dio cuenta de que la habíamos reconocido y yo, para aliviar cierta tensión ambiental, solté una bromilla universal que hizo reír a las dos amigas antes de perderse en la noche de Manhattan. Técnicamente se puede decir que flirteé con Irina Shayk.
El problema, como siempre, fue al volver a España, país provinciano y envidioso. Qué razón tenía el toro. El problema, se veía venir, es que nadie nos creyó. ¿Qué pasa cuando la anécdota es tan buena que piensan te la estás inventando? ¿Cómo defiendes algo que tú has vivido pero, de tan inverosímil, no puede ser concebido en las mentes cartesianas y racionales de aquellos no presentes?
Siempre me ha parecido absurdo el exceso de excusas y detalles. Aquellos que las reclaman no las creerán porque ya han decidido no hacerlo, porque ya han compuesto su propio mapa mental de los hechos, y por mucho que jures sobre la Biblia que dices la verdad y nada más que la verdad, no les convencerás. Por contra, aquellos que de verdad te quieren no necesitarán de excusas para creerte.
Llegados a este punto, ¿cómo se deben contar las mejores anécdotas del mundo?, ¿haciéndolas de menos? En el caso de la aventura neoyorquina, mi pecado fue no haberme tomado una foto con la por entonces mujer más deseada del planeta. Es el sino de estos tiempos digitales y fotografiados nuestros. Somos rehenes de las fotos que no hicimos. Lo que no se fotografía no existe y no hay anécdota que pueda sostenerse sin prueba gráfica. Entre todos vamos a cargarnos las mejores anécdotas del mundo. De hecho ya solo sirven para una cosa, para saber quién te quiere y quién no. A los amigos de verdad uno los encuentra en las anécdotas.
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