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La Paloma ganó hace mucho, y más cumpliendo 50 años
Allí he bebido vermús por litros, y Mahous sin medida. He cantado villancicos con la copa en alto y brindado en Nocheviejas.
3 de octubre 2025
Allí he bebido vermús por litros, y Mahous sin medida. He cantado villancicos con la copa en alto y brindado en Nocheviejas.
Hay bares a los que uno acude como a casa y, a veces, todo lo contrario: cuando se quiere escapar de ella. Que actúan como refugio, que dan cobijo al alma y calman la sed. Lugares que pueden explicar la historia de una existencia, la de todos sus asiduos. Detrás de la barra de La Paloma, la más famosa de la ciudad de Oviedo, se ven muchas cosas, se escuchan aún más y se dice ninguna.
Ayer celebramos junto a Carmen y su familia los 50 años que llevan en la calle Independencia, y lo hicimos con una fiesta llena de amigos y clientes, que es como decir lo mismo. El lugar elegido fue Casa Lobato, otro histórico ovetense que demuestra la importancia familiar a la hora de resistir y ser los mejores. Desde 1975, cuando Ubaldo y Orfelina decidieron abandonar la calle Argüelles y abrir lo que ya es historia de la hostelería, hasta 2025, cuando Álvaro y Jaime se preparan para coger el testigo de su madre.
A estas alturas sobra decir que tienen el mejor vermú de solera y las mejores gambas a la gabardina del mundo entero: ritual profano de todo aquel que nos visita. Ceremonia prosaica de la gente de Oviedín. Empecé a ir en cochecito, cuando éramos tres. Luego corrí entre la gente sorbiendo Coca-Cola y media gamba en mano. En esa edad tonta que es la adolescencia, fui a regañadientes, y nos quedamos en dos. Y ahora voy con amigos y mi chica. La vida, eso que parece una palabra tan seria, se exprime entre esas cuatro paredes.
En La Paloma he bebido vermús por litros, y Mahous sin medida. He cantado villancicos con la copa en alto y brindado en Nocheviejas que duraron más que los propósitos del año nuevo. He saboreado la victoria y también lamido mis heridas. Un bar que como pocos nos da la medida de uno mismo. Todo cambia, pero no aquí, fijando en nuestra memoria un asidero al que acudir cuando tratamos de volver por un instante en busca de lo que somos.
50 años. Medio siglo de solera, de los que estuvieron y ya no están —aunque ayer los sentimos en cada brindis—, y de los que vendrán a descubrir qué se cocina en este templo. Medio siglo de brindis por un establecimiento que apunta al siglo bajo la batuta de la nueva generación, que no venera las cenizas sino que mantiene encendido el fuego.
Alcemos las copas y seamos felices, que para eso están los bares. Para eso está La Paloma.
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