Mi abuela Jovita me enseñó a amar la gastronomía
Eso sí, siempre guardándose algún truco, que hay que sacarle a cuentagotas
10 de octubre 2025
Por Álvaro Boro
10 de octubre 2025Eso sí, siempre guardándose algún truco, que hay que sacarle a cuentagotas
Es difícil que algo nos haga recordar mejores momentos y a personas que queremos tanto como el sabor de un plato que nos marcó en la infancia o el olor de una olla bullendo a fuego lento. Cada uno compone su educación sentimental de mesas repletas de familia y amigos, de pitanzas que se alargaban con los cafés, los brindis y las copas hacia la eternidad. Aperitivos y tertulias que nos enseñaron a estar en este mundo y a afrontar la vida. Postres que a cada bocado cincelaron en nuestro rostro una sonrisa perpetua y brillante. “El carácter se forja los domingos por la tarde”, y también sentados a una mesa aprendiendo primero de nuestros mayores, luego de los nuestros y, al final, de los más jóvenes. Aprendiendo de todos, siempre y en cada momento, sin dejar de hacerlo hasta el instante final.
Como todos, aprendí a comer, a beber y a disfrutar gracias a mis padres y a la familia, pero por encima de todos, a mi abuela Jovita. Sin duda, fue una gran cocinera, que ahora, a sus 96 años, sigue defendiéndose y siendo capaz de cocinar y guiar a la hora de hacer sus recetas. Eso sí, siempre guardándose algún truco, que hay que sacarle a cuentagotas, y sin medidas ni proporciones exactas: “Lo que hay que echar lo vas viendo (…) Si lo va pidiendo”. Jovita pasó su vida entre fogones, haciendo feliz a todos los que se acercaban a su cocina. A gozar de la buena mesa se debe comenzar en casa, en el día a día, dando prioridad siempre al producto, con preparaciones sencillas, que hagan lucir todo el sabor y no lo enmascare. Ella es la principal culpable de este gusto por la gastronomía y de que cada viernes esté aquí escribiendo.
Mi abuela me cuidó y me preparó la comida durante toda mi vida. Primero, cuando mis padres trabajaban, me cuidó. Después, mamá enfermó y ahí estaba. Luego, adquirió con su hija el compromiso de que ella se iba a encargar de que ni su nieto ni su yerno malcomieran, y estuvo a sol y sombra hasta que los años la amansaron un poco y se tuvo que ir con mi tío a Madrid. Este verano se cayó y fracturó el fémur. Sentada en una silla de ruedas y moviéndose con dificultad, con una recuperación que va a ser lenta y hasta cierto punto milagrosa, no cesa en su empeño de volver a ponerse el mandil y encender el fuego, porque es la forma más sublime que tiene de mostrar cariño a los demás. Hay platos suyos que ya hemos hecho nuestros, observando y escuchando, pero que jamás llegarán a saber como los de Jovita, porque el ingrediente principal siempre es el amor.
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