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No sex 17: El amor en tiempos de las apps
Cuando conoces a alguien en persona por primera vez, improvisadamente, nos atraen personas que quizás descartaríamos en la pantalla del móvil
12 de febrero 2025
Cuando conoces a alguien en persona por primera vez, improvisadamente, nos atraen personas que quizás descartaríamos en la pantalla del móvil
Tinder, Bumble, Hinge, Raya y cien más que seguro que están por salir o existiendo. Todas prometen match en porcentajes elevados, todas te dicen que son apps pensadas para que dejes de usarlas.
Las apps funcionan como un catálogo que te asegura que siempre va a haber más, tú puedes entrar y salir pero las apps siempre te dan un poquito más. Qué estará por venir, qué será eso que todavía no conozco.
Sin embargo, más que un catálogo, a mí me gusta decir que son máquinas tragaperras. Quieren que consumas (ganan dinero de que las uses y de que las uses bastante) pensando en que el siguiente te podría parecer mejor y el siguiente nunca en realidad es tan distinto al anterior. En demostración haré un resumen de lo que puedes encontrar: foto en montaña trekking, foto en viaje desde un acantilado con vistas o con un monumento, foto con perro, foto con guitarra, alguna foto con amigos, bastantes perfiles con gafas de sol, los que se animan van en bañador en la playa. Y volvemos a empezar.
El primer paso además es incómodo: ¿qué se dice? ‘Holaaa, qué tal, aquí mirando Netflix’ o tiras de humor y te pasas tres pueblos porque no sabes a quién tienes enfrente, claro. Sólo viste 3 fotos, altura, si fuma o no y si va a conciertos. Podría ser cualquiera entre foto montaña, foto perro y viajecito. La app está pensada para el rápido descarte, para soltar, desechar, no pierdas tiempo, vamos, este no, sí, fuera, bloqueo, cita, mañana. No llego.
Y creo que en las apps todos son más exigentes: filtramos más porque odiamos perder el tiempo ahí pero a la vez no encontramos maneras de conocer a gente como toda la vida (amigos de amigos), estamos atrapados entre el hartazgo y la urgencia. ¿Por qué somos menos capaces de conocer a gente de forma orgánica? ¿Qué estamos esperando encontrar? No sé si nos gusta lo exótico y lo desconocido, si somos vagos o si nos gusta más el personaje creado en internet que el que ejercemos en el bar.
Pero entonces, ¿por qué usarlas? Porque también tienen cosas buenas: las apps también amplían horizontes y permiten a muchísima gente conocer a otras personas fuera de sus círculos habituales. Las apps dan cierta libertad, abren posibilidades y son un bonito recordatorio de que ‘hay más ahí afuera’ y de que no tienes porqué quedarte con lo malo conocido. Son optimistas.
Pero aún con todo sigo sin tenerlo claro.
Porque aquí va mi punto: cuando conoces a alguien en persona por primera vez, improvisadamente, en un bar, en una fiesta, en una comida, ves cómo se mueve, se ríe y se expresa. Cómo es con sus amigos, cómo habla en grupo, cómo trata a los camareros, cómo mira, cómo siente cosas. Ahí hay belleza y atracción escondida en la interacción, en la mirada —el verdadero filtro—. En cierta manera, nos atraen personas que quizás en una app descartaríamos: es más fácil sentirnos atraídos por alguien que conocemos en directo porque nos puede gustar sin prejuzgar lo que él elige para mostrarse en cinco fotos y dos cuestionarios que alguien un día puso en una oficina en Estados Unidos. Saludamos, pedimos una cerveza, hablamos de cualquier cosa y nos acabamos muriendo por alguien que seguramente en una app tenga una foto en una montaña. Y ahí no estaremos pensando si el siguiente que entra por la puerta es mejor. ¿Por qué? Porque nos está gustando lo que tenemos delante. Eso es un match sin trucos estadísticos.
¿Qué propongo? No vivir encerrados, salir a jugar todos los partidos, conocer a personas de carne y hueso y, de vez en cuando, confiar en el algoritmo. Seguir probando, como hacemos con todo.
Y como en estos derroteros del amor nadie tenemos ni idea de nada, sólo me queda desearte feliz semana del amor, la celebres o no, con el mejor final. Ahí huían del cólera y no de las apps, por eso el romanticismo emanaba y había quién se jugaba el tipo por amor. Porque la vida tenía menos límites.
El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.
- ¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó.Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía 53 años, 7 meses y 11 días con sus noches.-Toda la vida, dijo.
Claro.
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