__MESSAGE__
No sex #56: A mi yo veinteañera
Al menos si ahora todo se me tuerce se habrá torcido a mi manera
1 de abril 2026 · 1 comentario
Al menos si ahora todo se me tuerce se habrá torcido a mi manera
Estoy haciendo re-watch de Sex and the City* y lo estoy anotando todo en mi personal biblia de temas-que-hay-que-tratar. En esa espiral originalidad y creatividad trato de justificarme diciendo** que aquello eran finales de los 90 y que esto requiere una actualización y adaptación. El capítulo que vi el otro día: Twenty-Something Girls vs. Thirty-Something Women, Carrie entra en pánico al ver a su ex con una chica de veintialgo. Se siente muy mayor, fuera de esa liga. ¿Seremos demasiado mayores?
Los meses previos a cumplir 30 años entré en pánico, como Carrie: mi vida no se parecía al juego que yo había imaginado de pequeña. Cuando rozaba la adolescencia teníamos un juego diabólico-matemático en el que ponías un número en el centro, número que asociabas a una edad futura, y en los lados ponías pobre-rico-millonario, nombres de chicos con los que querías casarte, abajo número de hijos y el otro lado no lo recuerdo. Siempre puse 26, veintiséis años y tropecientos hijos. Jugabas al azar a ver qué te tocaba pero el límite de la edad lo habías elegido tú. Y yo me asomé a la treintena como una auténtica adolescente: montando una fiesta de camisetas de fútbol de los 90 y sin ni siquiera una planta a mi cargo. Dejar de ser la más joven del lugar era abrumador.
Lo que pasó a continuación no lo esperaba porque la angustia no me dejaba ver, me tenía como caballo con anteojeras. Pero apenas dejé espacio y me sacudí un poco el drama al soplar las velas me di cuenta de que ya sabía algunas cosas. Cosas como qué tipo de pantalón me quedaba bien, qué zapatos me hacían daño a los pies, qué tipos de hombres debía evitar o, por el contrario, qué tipo de amor sí quería recibir y dar. Me vi insuflada de sabiduría y quise convertirme en una pista de patinaje: mi deseo era que todo me resbalase. Tener citas podía ser divertido si dejaba de poner la expectativa de amor-de-mi-vida al primero que pasase por delante y si sabía declinar educadamente (o no) al siguiente narciso que aguardaba en la esquina.
Ya sin esta angustia, me convertí en mi propia doctora y en un chequeo exhaustivo me descubrí una profesional de los charcos, pues me había metido en tantos que ya sabía cuáles evitar. Sabía también lo que me hacía reír de verdad y cuándo fingía hacerlo sólo para contentar a mi cita. O las veces que sólo asentía para no generar una discusión. Y deshice el hechizo que yo misma creaba: bajé a todo el mundo del pedestal de semidiós y aprendí a verlos como seres imperfectos que podían gustarme en algunas cosas, en muchas, lo suficiente para seguir o lo poco para entender que nos veríamos tan solo aquella vez.
Sólo entonces me di cuenta de que deseé haberle gritado a mi yo veinteañera que dejase de calcular tantos planes, deseé haberle dicho que si te lo piensas es que no le gustas, que para qué quedarte dónde te duele el estómago cuando te separas, que está bien que quieras irte, que te vayas. Hubiese discutido con mi veinteañera, la hubiese mandado a paseo y a pasear, le hubiese quitado vergüenzas, le hubiese dado una pizca de seguridad —que te quieran por cómo eres, que les gustes porque sí, deja de hacer cosas raras y no mires el móvil tres horas para ver si te habla— Si tienes dudas, pregunta, pesada, y le hubiese insinuado que hay caminos que merece la pena transitar sola.***
Dejé de censurarme, no digas aquello que parecerás aquello otro. Sí lo parezco es porque lo soy, claro que querré gustar pero querré gustar sin renunciar a mis rarezas y, sobre todo, a mi normalidad.
Hay algo bueno de cumplir años en esto del amor: dejas de ser un agente pasivo, no sólo te pasan cosas, te das cuenta de que puedes tú hacer que pasen cosas. Adiós, Rapunzel. ¿Por qué querría no tener más de treinta años? Nunca tendré la piel tan tersa como a los veinte pero tampoco tendré a los idiotas. Al menos si ahora todo se me tuerce se habrá torcido a mi manera. Y eso, amigas, es todo un alivio.
*no cobro un plus por originalidad.
**no se lo digo a nadie, me lo digo a mí misma para poder usarlo en esta columna.
***si eres veinteañera y me lees: vete a pasear, estás divina.
¿Qué opinas?
1 comentarioNo Sex #65: Apología de las rupturas veraniegas
Por Carla Mouriño
Espero de corazón que te dejen en verano. No es que esté deseando que nadie te deje, sólo digo que si alguien tuviese que dejarte ojalá tuviese la consideración de hacerlo en verano.
No Sex #64: ¿Le cuentas a tu pareja los secretos de tus amigxs?
Por Carla Mouriño
Hay cosas, sencillamente, que tu novio no tiene que saber: como la relación de tu amiga con su madre, la discusión que tuvo con su pareja, que lleva semanas sin dormir o que vive acomplejada por el acné que intenta cubrirse con el maquillaje todos los días.
No sex #63: El romance
Por Carla Mouriño
El sábado salí de cenar con mis amigas. Madrid estaba repleta de citas, ¿cuántas parejas había? ¿Dónde se habían escondido hasta ahora? Parejas de todas las edades se besaban en las esquinas
El misterio calculado
Por Ángel Insua
Mi reacción en la totalidad fue, tristemente, la decepción. Una decepción ligera, que trepó mi espalda y se enroscó en la nuca; me susurró al oído: no es suficiente.
La palabra y el sexo
Por María del Mar Ramón
Me gusta decir que se me pegan los acentos porque no tengo personalidad. Me gusta decir eso y que la gente me mire con un poco de lástima y otro poco de condescendencia
Córtenla
Por Elena Carmona
No caímos en que poco menos de veinticuatro horas después de aterrizar en Buenos Aires se celebraría la final del Mundial. Él vive en España desde 2013, aunque dice que trabaja de argentino porque toca el bandoneón y se gana la vida como músico de tango.
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Carla Mouriño
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES