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Partirse la cara

El 'bone smashing' es una técnica, dentro de las muchas del mundo del 'looksmaxxing', que consiste en golpearse repetidamente la cara con un martillo.

13 de abril 2026


Al despertar, el sol de la primavera se siente como la luz de un hospital: chillón e impertinente, espectral, como de otro mundo pero invadiendo este sin motivo ni piedad. Me he familiarizado con el pánico, todo lo que uno puede con la sensación de morirse sin hacerlo: el pecho es una nube de espinas que crece por dentro, el abdomen se contrae, asustado, los músculos de la garganta se entumecen y crujen cada vez que trato de mover el cuello, la parestesia sube crepitante por el lado izquierdo de la cara. Trataré de trabajar sin reconocer que no estoy ahí, estoy en otro lado, observándome desde fuera como al personaje de un videojuego, hablando sin parecer, espero, que me atraganto con cada pensamiento. Contestando cada email como el que muerde hielo. Mi mañana es una ducha fría en invierno. La ansiedad es miedo. Me he peleado, y han regresado la culpa y el miedo, al abandono y a la soledad.

También dejé la medicación y ando surfeando algunas descompensaciones químicas. Dos tomas de gabapentina al día, después una, ahora nada. Lorazepam de vez en cuando, dice el médico, que dos o tres a la semana no generan adicción pero no le creo. Tengo un blíster casi entero de diazepam para un subidón distinto. Siete dobles de cerveza seguidos una tarde por Lavapiés. Una cucharadita de creatina por la mañana. Queda un único dexketoprofeno, para una ocasión especial. Dos tomas de metilendioximetanfetamina en una noche, hace un par de semanas, y un red bull. Otro para conducir a Riaza, tengo sueño. Otro para volver. Altas dosis de nicotina de un vaper recargable y de uno de usar y tirar, que no encuentro el recargable (lo tenía Rocío). Y el lunes, un ataque de pánico. En días como hoy, echo de menos los porros. Algunas toxinas se esfuerzan en serlo aún cuando no están, prometiendo la fantasía de alguna reconciliación que redima el sufrimiento, un perdón que equilibre la balanza de un dolor sin fondo. Todo tiene perdón, pero no se puede dar si no se pide. Echo mucho de menos los porros, pero no me van a pedir perdón por lo que me hicieron: partirme la cara, despertarme en un charco de sangre después de desmayarme y desplomarme solo contra el pico de una pared. Nueve puntos en la cara el día en que dejé los porros pensé que me dejarían una cicatriz más resultona. Me temo que apenas se ve si uno no se fija.

Al cabo de las horas, la ansiedad se diluye, pero el dolor no desaparece: se transforma en jaqueca y se concentra en la cara, en el nexo óseo entre los pómulos, las cejas y el tabique de la nariz. Una horda de goblins asesinos se agolpa entre mis ojos, arrasan con mi cordura y saquean mis entrañas nerviosas. El dolor es tan intenso que, al regresar a casa, necesito encerrarme con las persianas bajadas y una bolsa de guisantes congelados en la cabeza. Recuerdo los días posteriores a la rinoseptoplastia, hace ya unos años. Nolotil y paracetamol intercalados, cada cuatro horas, colirio, probablemente algún antibiótico también. Tenía la cara tan hinchada de la hemorragia que no podía abrir los ojos. No podía leer ni ver una película, y el aburrimiento pronto estalló, a su vez, en ansiedad. El otorrino me dijo que yo no había nacido con el tabique desplazado, que se debía, sin duda, a un “traumatismo”. Pero yo no lo recordaba: me habían partido la nariz y yo ni me había enterado. Pensándolo bien, seguramente fue una patada en la cara que me pegó un borracho en el parque de atracciones en primero de la ESO, por la espalda, cuando yo intentaba zafarme de las tonterías que me decía. Me resultaba triste admitir que no me había peleado de forma más épica. Siempre fui un niño escuálido, pacífico y retraído. Uno de mis motes en el instituto era niño enfermo. Con los años me extrañó descubrir que me avergonzaba no haber tenido todavía una pelea en condiciones.

El bone smashing es una técnica, dentro de las muchas del mundo del looksmaxxing, que consiste en golpearse repetidamente la cara con un martillo u otro objeto contundente. Se basa en una fantasía pseudocientífica según la cual microtraumatismos en los huesos y músculos de la cara pueden conseguirte una mandíbula perfecta, bajo los criterios bizantinos de belleza que incluyen todo tipo de mediciones frenológicas del cráneo, índice de masa corporal y otros parámetros matematizables comprimidos en una ecuación desconocida, pero que sus partidarios se esfuerzan en repetir que es un criterio racional y objetivo de la belleza o looks y, por tanto, maxeable. Pienso que si me da por pensar que me gustaría haberme partido la cara en condiciones es porque creo que me la habría endurecido. Que no estaría tan angustiado hoy, quizás, si hubiese aprendido a pelearme a tiempo. No me habría convertido en una criatura complaciente y asustadiza si se me hubiera ocurrido enseñar los dientes antes de que fuera demasiado tarde. No sería este espectro pusilánime, pudriéndose del dolor tirado en su cama porque no puede contener la culpa de haberse peleado. No me esperaba adquirir, con los años, esta tentación por una bravuconería masculina que siempre sentí ajena y que, aun esforzándome, sigo sin ser capaz de reconocer del todo en mí. Además, por más que lo pienso, no se me ocurren criaturas más asustadas y vulnerables que aquellas que se parten la cara para conseguir una mandíbula geométricamente perfecta.

Con la cabeza algo más fría, después de un par de horas en la penumbra en mi habitación, me asombra comprobar lo distinto que es el día sin el pánico atronador. Mañana regresará, pero menor, y pasado igual, pero poco a poco se irá disipando. No, la compasión no lo es todo, y la diplomacia oculta, en muchas ocasiones, la peor condescendencia. A veces es el miedo al conflicto, la culpa por la pelea, la que te parte la cara. Está bien poder pelearse, de vez en cuando. En ocasiones resulta innecesario, pero inevitable. Es otra cosa que me da por pensar últimamente: la responsabilidad no se elige. Se tiene o no se tiene y, si se tiene, se cumple o no se cumple. Esta es también la fantasía de omnipotencia del looksmaxxer: puedes elegir tu cuerpo, puedes elegir tu vida, puedes elegir las consecuencias de tus actos, claro. Pero no es así. No se trata de ser pendenciero. Pero en ocasiones puede que te quedes sin más opciones que la dignidad y que, entonces, sea un acto de humildad dejarse partir un poco la cara.


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