Poeta Chileno, Alejandro Zambra

El mundo lo llama “síndrome del impostor”, pero es la condición natural de quien se atreve a desear.

A veces creo que soy una estafa.

Que todo este ritual —sentarse frente a la pantalla, abrir un documento en blanco, dejar que los dedos se muevan como si de verdad tuvieran algo que contar— no es más que un truco aprendido, una imitación bien practicada. Como un mago que ya ni se sorprende de sus propios conejos, pero que sigue sonriendo para que el público no note que el sombrero está vacío. Y siempre imagino lo mismo: un día alguien, alguien sereno, alguien que no necesita levantar la voz porque conoce la verdad, se acercará y me tocará el hombro con suavidad. “Ya está —me dirá—, se acabó el juego. Te hemos descubierto. Tú no perteneces aquí”.

Y lo sé: tú también lo has sentido. No me digas que no. No te engañes.

Lo has sentido con lo tuyo. Con la música que compones a escondidas, como si la melodía fuera un secreto demasiado frágil para exponerse a la luz. Con esos bocetos arrancados de una libreta que escondes en un cajón. Con ese proyecto que no te atreves a nombrar, porque sospechas que al pronunciar su nombre se evaporará. Con esa ambición peligrosa de querer ser algo más que lo que tus rutinas te permiten. El mundo lo llama “síndrome del impostor”, como si fuese un mal clínico, diagnosticable, tratable con terapias o pastillas. Pero no lo es. No es un virus. No es un fallo del sistema. Es la condición natural de quien se atreve a desear. El peaje inevitable de asomarse al borde del abismo y pensar: ¿y si salto?

Y en medio de ese ruido —ese enjambre mental que zumba como un fluorescente a punto de fundirse— aparece, de repente, un libro.

Poeta chileno, de Alejandro Zambra.

Y lo curioso es que el libro no te juzga. No levanta la ceja. No exige que seas un genio precoz, ni que sufras con una elegancia estéticamente soportable. No pide que seas un mártir de la literatura. El libro te mira a los ojos, como un cómplice, y te dice bajito, con una voz que casi reconoces: “tranquilo, yo también”.

Porque Poeta chileno no trata, en el fondo, de la poesía. Trata de ese impulso más turbio y más valioso: querer ser poeta. Y eso es radicalmente distinto. Es más importante, más real, más sucio. Trata de Gonzalo, que empieza escribiendo poemas malos, después medianamente buenos. Gonzalo, que se enamora, que es inseguro, que carga con celos, que cuida a un hijo que no es suyo. Gonzalo, que nunca se convierte en la caricatura del genio, sino en algo mucho más difícil de mirar: un ser humano con ambición y miedo, con ternura desproporcionada y un ridículo existencial que nos resulta insoportable reconocer en nosotros mismos.

Y entonces lo entiendes: Zambra no quiere enseñarte a escribir. Quiere llevarte de la mano a un taller literario en Santiago. El lugar huele a café rancio, a humo de tabaco y sobre todo a miedo. Ese miedo casi físico a leer en voz alta, a descubrir que tu voz tiembla, que la página donde viste brillo se revela mediocre bajo la luz del día. Y miras alrededor: esa gente que comparte la mesa no son prodigios ni mártires. Son oficinistas, profesores, cajeros, padres y madres de familia. Pagan facturas, sacan la basura, discuten por los turnos de limpieza. Y aun así, roban horas para reunirse. Para leer en voz alta, para sostenerse mutuamente la ficción —o quizá la verdad— de que escribir tiene sentido.

Y lo entiendes. Que escribir no es una gloria solitaria. No es la foto del autor en la solapa ni los premios ni las reseñas. Es la comunidad mínima que se forma en torno a una página. Es encontrar a tu tribu de impostores. Es enseñar tus poemas malos con la esperanza de que alguien descubra, aunque sea, una chispa escondida.

Y piensas entonces en la Obra. La Gran Obra. Ese mito que flota como un espejismo: el libro perfecto, la pieza redonda que un día te justificará ante el mundo y, sobre todo, ante ti mismo. La promesa secreta de que todos tus sacrificios tendrán recompensa. Y justo ahí Zambra te sacude. Te abofetea con suavidad, pero sin piedad. Te pregunta: ¿y si estabas mirando en la dirección equivocada? ¿Y si la obra no es eso?

Porque quizá la obra maestra no es un volumen encuadernado en una estantería. Quizá es un gesto. Una conversación con un niño que no lleva tu sangre, pero al que enseñas a leer el mundo. Quizá es mostrarle cómo nombrar lo que siente, cómo no tener miedo de las palabras. Gonzalo le enseña a Vicente a amar la poesía. Y en esa enseñanza está la verdadera creación. No es un libro, es un legado vivo, que respira y cambia con los años. Una obra que sigue vibrando en las dudas y las preguntas de alguien más.

Descubres que el objetivo nunca fue el resultado. Nunca fue la perfección del libro terminado, ni el aplauso, ni el reconocimiento. El objetivo siempre fue el verbo. Querer. Intentar. Hacer. Sentarse cada día frente a la página en blanco, aun cuando el zumbido de fondo repita que eres un fraude. Sobre todo entonces. Porque ahí está el valor: en seguir. En reclamar un pequeño espacio de tiempo como si fuera un reino. En teclear a deshoras, en proteger la fragilidad de tu deseo como quien defiende un secreto.

El libro termina. Cierras la tapa. El silencio pesa distinto.

Y la pregunta ya no es si eres o no un impostor. La pregunta es qué harás con ese deseo que insiste en ti, con esa terquedad que no se apaga.

Todos somos aspirantes. Todos somos impostores en tránsito. Todos, de alguna manera, somos poetas chilenos: gente común que, por un momento, se atreve a creer en la verdad de su impulso.

Así que ahora te toca. Escribe. O pinta. O compone. Haz lo que sea que haces cuando nadie te mira. Hazlo con torpeza, con miedo, con audacia. Porque la audacia —solo eso— es lo único que importa.

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Poeta Chileno, Alejandro Zambra
El mundo lo llama “síndrome del impostor”, pero es la condición natural de quien se atreve a desear.

A veces creo que soy una estafa.

Que todo este ritual —sentarse frente a la pantalla, abrir un documento en blanco, dejar que los dedos se muevan como si de verdad tuvieran algo que contar— no es más que un truco aprendido, una imitación bien practicada. Como un mago que ya ni se sorprende de sus propios conejos, pero que sigue sonriendo para que el público no note que el sombrero está vacío. Y siempre imagino lo mismo: un día alguien, alguien sereno, alguien que no necesita levantar la voz porque conoce la verdad, se acercará y me tocará el hombro con suavidad. “Ya está —me dirá—, se acabó el juego. Te hemos descubierto. Tú no perteneces aquí”.

Y lo sé: tú también lo has sentido. No me digas que no. No te engañes.

Lo has sentido con lo tuyo. Con la música que compones a escondidas, como si la melodía fuera un secreto demasiado frágil para exponerse a la luz. Con esos bocetos arrancados de una libreta que escondes en un cajón. Con ese proyecto que no te atreves a nombrar, porque sospechas que al pronunciar su nombre se evaporará. Con esa ambición peligrosa de querer ser algo más que lo que tus rutinas te permiten. El mundo lo llama “síndrome del impostor”, como si fuese un mal clínico, diagnosticable, tratable con terapias o pastillas. Pero no lo es. No es un virus. No es un fallo del sistema. Es la condición natural de quien se atreve a desear. El peaje inevitable de asomarse al borde del abismo y pensar: ¿y si salto?

Y en medio de ese ruido —ese enjambre mental que zumba como un fluorescente a punto de fundirse— aparece, de repente, un libro.

Poeta chileno, de Alejandro Zambra.

Y lo curioso es que el libro no te juzga. No levanta la ceja. No exige que seas un genio precoz, ni que sufras con una elegancia estéticamente soportable. No pide que seas un mártir de la literatura. El libro te mira a los ojos, como un cómplice, y te dice bajito, con una voz que casi reconoces: “tranquilo, yo también”.

Porque Poeta chileno no trata, en el fondo, de la poesía. Trata de ese impulso más turbio y más valioso: querer ser poeta. Y eso es radicalmente distinto. Es más importante, más real, más sucio. Trata de Gonzalo, que empieza escribiendo poemas malos, después medianamente buenos. Gonzalo, que se enamora, que es inseguro, que carga con celos, que cuida a un hijo que no es suyo. Gonzalo, que nunca se convierte en la caricatura del genio, sino en algo mucho más difícil de mirar: un ser humano con ambición y miedo, con ternura desproporcionada y un ridículo existencial que nos resulta insoportable reconocer en nosotros mismos.

Y entonces lo entiendes: Zambra no quiere enseñarte a escribir. Quiere llevarte de la mano a un taller literario en Santiago. El lugar huele a café rancio, a humo de tabaco y sobre todo a miedo. Ese miedo casi físico a leer en voz alta, a descubrir que tu voz tiembla, que la página donde viste brillo se revela mediocre bajo la luz del día. Y miras alrededor: esa gente que comparte la mesa no son prodigios ni mártires. Son oficinistas, profesores, cajeros, padres y madres de familia. Pagan facturas, sacan la basura, discuten por los turnos de limpieza. Y aun así, roban horas para reunirse. Para leer en voz alta, para sostenerse mutuamente la ficción —o quizá la verdad— de que escribir tiene sentido.

Y lo entiendes. Que escribir no es una gloria solitaria. No es la foto del autor en la solapa ni los premios ni las reseñas. Es la comunidad mínima que se forma en torno a una página. Es encontrar a tu tribu de impostores. Es enseñar tus poemas malos con la esperanza de que alguien descubra, aunque sea, una chispa escondida.

Y piensas entonces en la Obra. La Gran Obra. Ese mito que flota como un espejismo: el libro perfecto, la pieza redonda que un día te justificará ante el mundo y, sobre todo, ante ti mismo. La promesa secreta de que todos tus sacrificios tendrán recompensa. Y justo ahí Zambra te sacude. Te abofetea con suavidad, pero sin piedad. Te pregunta: ¿y si estabas mirando en la dirección equivocada? ¿Y si la obra no es eso?

Porque quizá la obra maestra no es un volumen encuadernado en una estantería. Quizá es un gesto. Una conversación con un niño que no lleva tu sangre, pero al que enseñas a leer el mundo. Quizá es mostrarle cómo nombrar lo que siente, cómo no tener miedo de las palabras. Gonzalo le enseña a Vicente a amar la poesía. Y en esa enseñanza está la verdadera creación. No es un libro, es un legado vivo, que respira y cambia con los años. Una obra que sigue vibrando en las dudas y las preguntas de alguien más.

Descubres que el objetivo nunca fue el resultado. Nunca fue la perfección del libro terminado, ni el aplauso, ni el reconocimiento. El objetivo siempre fue el verbo. Querer. Intentar. Hacer. Sentarse cada día frente a la página en blanco, aun cuando el zumbido de fondo repita que eres un fraude. Sobre todo entonces. Porque ahí está el valor: en seguir. En reclamar un pequeño espacio de tiempo como si fuera un reino. En teclear a deshoras, en proteger la fragilidad de tu deseo como quien defiende un secreto.

El libro termina. Cierras la tapa. El silencio pesa distinto.

Y la pregunta ya no es si eres o no un impostor. La pregunta es qué harás con ese deseo que insiste en ti, con esa terquedad que no se apaga.

Todos somos aspirantes. Todos somos impostores en tránsito. Todos, de alguna manera, somos poetas chilenos: gente común que, por un momento, se atreve a creer en la verdad de su impulso.

Así que ahora te toca. Escribe. O pinta. O compone. Haz lo que sea que haces cuando nadie te mira. Hazlo con torpeza, con miedo, con audacia. Porque la audacia —solo eso— es lo único que importa.

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