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Poética del impresionismo
Breve tratado sobre la bondad de Andrés
3 de julio 2026 · 3 comentarios
Hace unos días los españoles nos levantamos con una fotografía que pasará a la historia de nuestro país, precisamente por caracterizarse bajo parámetros de una Imagen Española: sin composición, doméstica, desobediente, con luz de reportaje de sobremesa, ni solemnidad, sin gravedad alguna. Me gusta especialmente porque en ella cabe medio país. La trama que subyace en la fotografía, por si alguien está lejos del ruido nacional, es la siguiente: Andrés, murciano de cincuenta y siete años, paseaba por el centro de Sevilla, devoto como es de la Esperanza de Triana, cuando vio un cuadro apoyado en un árbol. Él pensó, con más sabiduría que cualquier tratado de estética, lo siguiente: “Qué marco más chulo”. Entonces, metió el cuadro en una bolsa comprada en un bazar y regresó a Murcia, a casi seiscientos kilómetros, con la naturalidad de quien encuentra una ganga en el mercadillo.
Ya en su casa, Andrés reparó en la firma. Sorolla. El nombre no es poca cosa. Uno dice “Sorolla” y enseguida todo encuentra sentido, pero a su vez pensaría: ¿quién saca un Sorolla de su casa y lo deja en medio de la calle. Con cierta prudencia, Andrés acudió a ChatGPT. Y ChatGPT, que para estas cosas tiene la seguridad de un anticuario de aeropuerto, seguramente le contestó algo así como: “Hola, Andrés. Efectivamente, parece tratarse de una obra atribuible a Joaquín Sorolla”. Entonces Andrés exclamó: “¡Coño, si este cuadro es bueno!”. Hasta ahí, una anécdota que ya merece un lugar en la crónica nacional. Pero lo realmente importante aquí es la fotografía de Andrés en su salón, de pie, con las manos cruzadas, el Sorolla a un lado, una camiseta tropical sobre el pecho y una serenidad prodigiosa. Creo, pues, que merece la pena detenerse en algunos detalles de ese manifiesto de arte kitsch que es: el salón de Andrés.
En primer lugar, algo que no ha pasado desapercibido para nadie es la tabla de planchar, pues sobre ella reposa el supuesto Sorolla, una marina pequeña y luminosa, encajada en un paspartú crema y en un marco dorado que parece pesar lo mismo que un jamón de bellota. No hay caballete, ni repisa noble, ni pared blanca de galería. Hay una tabla de planchar. Y ahí, precisamente ahí, la imagen alcanza su forma más perfecta. Solo puedo pensar en la cantidad de expertos sobre arte, en comisarios que se habrían deslomado buscando una escenografía tan exacta. El impresionismo español, la playa, la burguesía luminosa, la tradición pictórica, todo eso colocado sobre el mismo lugar donde uno decide eliminar algunas arrugas de vez en cuando... Es que, en serio, es una tesis sobre España: uno de los pintores más importantes de nuestra historia del arte apoyado sobre lo doméstico, sobre una plancha. A la izquierda del cuadro aparece un mantón doblado, porque en esta vida todo termina encontrando su forma folclórica.
Sin embargo, en la esquina inferior derecha, sobre una mesa, se despliega un bodegón involuntario, pero que, desde un punto de vista semiótico, es bastante significativo. Tenemos un abanico que no necesita ningún tipo de explicación. España es de ventiladores y abanicos porque la luz está muy cara para poner el aire y encima me duele la garganta. Luego tenemos la caja de galletas que en sí misma encierra un género literario. Todas nuestras abuelas y madres y tías han tenido esa caja que prometía lo que no tenía, pues tú ibas con hambre a esas cajas y lo que podías merendar eran botones, agujas, imperdibles, dedales y pequeños restos de supervivencia. Esa caja grita posguerra moral.
Junto a ella, el hilo rojo. Y aquí la fotografía deja de ser costumbrista para volverse autobiográfica (es que la imagen hasta se une a la moda de la autoficción). Ahí donde lo vemos, Andrés, el hombre al que uno situaría sin dificultad en una película de Berlanga, lleva veinticinco años subiéndose a los escenarios como transformista. Se hace llamar Lola Montiel y él mismo se cose los trajes y canta por las más grandes. El salón se convierte entonces casi en un camerino que todo lo reutiliza. Por otro lado, no podemos ignorar en esta puesta en escena ese mueble barnizado que hubo en todas las casas españolas entre 1985 y el euro. Un mueble serio, de madera solemne, comprado probablemente con paciencia y defendido con bayeta. Por favor, luego tenemos ese espejo blanco, con curvas y estilo rococó. También tenemos la cortina de flores, tan estampada que casi hace ruido. Y están los pájaros posados en el hierro, mirando hacia el jardín como si también ellos quisieran entender qué hace un Sorolla en una tabla de planchar murciana.
Lo bonito también de un análisis textual es que podemos decir elementos que ni el propio autor tenía en mente. En este caso, la imagen se permite dos rimas visuales que conviene atisbar. Primero tenemos a esos pájaros que se encuentran tanto en la reja como en la camiseta de Andrés. El hombre lleva puesto el motivo que decora su ventana. La segunda es todavía mejor: hay dos mares en la fotografía. Uno es el del cuadro, el mar prestigioso, mediterráneo, firmado, susceptible de tasación. El otro es el de la camiseta: un atardecer tropical con palmeras, impreso en poliéster, comprado quién sabe dónde, quizá en uno de esos comercios donde la belleza se mide por intensidad cromática. Dos mares, dos soles, dos maneras de mirar el horizonte. Uno lo pintó Sorolla. El otro lo estampó una fábrica anónima. Y, siendo sinceros, los dos cumplen.
Susan Sontag escribió que el camp puro nace de una ingenuidad absoluta, de quien alcanza la gloria estética sin buscarla. Y en esta fotografía todo está ahí con una fe conmovedora de quien habita un espacio que tiene años de historia. Los elementos están ahí porque son necesarios, útiles; el conjunto es perfecto. Esas paredes habrán visto cómo Andrés pasó de una timidez absoluta a subirse encima de un escenario. De hecho, en medio de todo eso, el Sorolla pierde importancia. No porque no la tenga, sino porque ha entrado en un universo más interesante que él.
El cuadro, si es auténtico, valdrá decenas de miles de euros. El salón, en cambio, no tiene precio. En él hay una idea de España que no cabe en los museos: la España que compra bolsas en el bazar, que guarda hilos en cajas de galletas, que se encomienda a la Esperanza de Triana, que canta por Rocío Jurado en una residencia de mayores, que pone una marina de Sorolla sobre una tabla de planchar y no siente que esté cometiendo una herejía. Al contrario, la mejora. Creo además que esta escena nos debe recordar algo que no debemos olvidar: la estética, lo que es bonito, no lo dictan los museos, no está tan institucionalizado como pensamos, sino que se define en el día a día, en la cotidianidad. La belleza involuntaria, como diría Marta D. Riezu, viene de alguien que con toda la inocencia del mundo decide que un marco es chulo y se lo lleva a casa.
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