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¿Por qué madrugamos los sábados?
Lo descubrí hace dos semanas.
17 de junio 2026
Hubo una época en la que fichábamos a las ocho de la mañana y tocábamos más hielo que un esquimal. Eran otros tiempos, pero irte a dormir con las primeras luces del día después de haber escuchado a Daddy Yankee toda la noche en un antro cualquiera no era un impedimento. Tampoco lo era la resaca, pues habías oído hablar de ella pero no la conocías. Éramos inmortales. Pura juventud, puro jolgorio.
Ahora no es que conozca a la resaca, es que me dura dos días, así que le tengo hasta cariño. Pero eso no es lo importante. Lo que verdaderamente me asombra del paso del tiempo es que hace dos años el cuerpo todavía me pedía noche, pero ya no. Podría seguir saliendo, en realidad. Podría quedarme a tomar una más. Y gracias a esa ronda podría estirar un poco más la noche. Y fruto de ese alargamiento excesivo podría conocer a una chica interesantísima. Y podría quedarme toda la noche hablando. Y podría besarla. Y, además, podría ser la madre de mis hijos. Pero no va a poder ser. Porque los sábados madrugo.
No sé si es la edad o la consecuencia de que, como el tiempo va muy rápido, quiero exprimir horas de luz como el comer. Lo que sí sé mejor es por qué madrugo los sábados más de la cuenta, pero creo que lo descubrí hace un par de semanas.
Acababa de pegar un driver no muy bueno en el hoyo dieciocho con el que mandé mi bola a un rough no denso, pero tampoco agradecido. Al llegar a mi bola vi que no era un mal sitio, por lo que la ventana que tenía a green fue una bocanada de aire fresco en medio de un mar de malos golpes durante una ronda completa. Agarré mi hierro 7 como Máximo Décimo Meridio un puñado de tierra de aquel coliseo de Gladiator por última vez. Respiré como Bradley Cooper en El Francotirador antes de su disparo más certero. Y tras un swing con un ritmo que ni Vivaldi, aquella bola voló hacia el cielo como un mortero, y nada más botar en green se frenó como Butragueño en el área pequeña. Et voilà. El dardo de mi vida y los socios del club como espectadores desde la terraza del bar. En ese momento no caminaba, flotaba. Iba hacia mi bola como un niño al salón de su casa la mañana del seis de enero.
Fallé corto el putt de birdie, pero me llevé un muy buen par a la casa club, que no es poco para un paquete como yo. Y ahí me volví a preguntar eso de “¿por qué madrugamos los sábados?”
Madrugamos los sábados por la expectación de lo que viene. En el golf no existen las certezas; por lo tanto, cada paso y cada golpe cuenta. Así que saboreas cada bola buena como si fuese la última (puede serlo, créeme ). Madrugamos por camaradería. Porque queremos que nuestros éxitos o los de nuestros compañeros de partida sean de todos. Madrugamos porque ahora disfrutamos más leyendo greenes que los movimientos de la que te gusta en una discoteca. Madrugamos porque nos pegamos con las condiciones meteorológicas que sean durante cuatro horas con tal de soñar con un hoyo en uno en cada par 3 del campo. Madrugamos porque no somos estoicos, pero queremos ser mejores que la última vez que vinimos.
Madrugamos porque estamos enfermos de golf aunque seamos más malos que un dolor de muelas.
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