
No quiero ser una madre y decir ‘ahora no lo entiendes, ya me lo agradecerás’, pero.
El Gobierno quiere prohibir las redes sociales a los menores de 16 años. La medida va a ser un nuevo artículo en el Proyecto de Ley de Protección de Menores de Edad en entornos digitales y obligará a las plataformas a vigilar la edad de sus usuarios. Instagram, TikTok y compañía tendrán que instalar sistemas de verificación durante el acceso a sus aplicaciones.
La idea de Sánchez, a priori sorprendente, no es nueva. En Australia, la prohibición a menores de la misma edad ya está en vigor. En Francia, Dinamarca y Portugal están en ello. Cada uno plantea el problema de distinta forma y propone diferentes mecanismos para filtrar el acceso. Ninguna es ideal y quedan muchas lagunas.
Un mes después de que la medida entrara en vigor en Australia, el gobierno del país celebraba haber conseguido cerrar unas cinco millones de cuentas. El modelo australiano amenazó a las plataformas con multas tremendamente millonarias si no implementaban ‘pasos razonables’ para impedir el acceso de los menores de 16. Los dueños de las redes se quejaron porque toda la responsabilidad penal y económica recae en ellos, a pesar de que es casi imposible sellar herméticamente una red social. Algunos niños crearon perfiles con edades de mentirijilla días antes de que entrara en vigor la norma; otros pidieron a sus padres o hermanos una cuenta conjunta.
Aparecieron problemas, evidentemente. Primero, a la hora de precisar qué es una red social, cuáles entraban en la lista de afectadas y quiénes se quedaban fuera. Las plataformas que son objetivo de las leyes de más o menos todos estos países son Instagram, X, TikTok, Snapchat, Twitch, YouTube, Threads y Reddit.
El segundo, cómo auditar el ‘paso razonable’. ¿Hace falta pedir el documento de identidad para entrar? ¿Establecer un sistema de biometría? ¿No choca eso con el derecho a la privacidad de los usuarios? ¿Quién es el responsable de los datos y quién asume el riesgo de que haya filtraciones?
Las plataformas han asegurado en varias ocasiones que es imposible desarrollar una herramienta eficaz de verificación sin que colisione con el derecho a la intimidad. Todo es ponerse, sin embargo. Quién sabe. Por supuesto, Elon Musk alude al argumento de que la prohibición atenta contra el derecho de los niños y adolescentes a “la libertad de expresión y el acceso a la información”, porque él qué va a decir.
Portugal y Dinamarca han intentado implementar un modelo de restricción más escalonado —se prohíbe el acceso a los menores de 13 años, pero los más mayores pueden entrar siempre y cuando cuenten con el permiso paterno— que todavía ha generado más dudas técnicas.
No hay blanco ni negro en este debate. La mayoría de administraciones justifican la medida con la protección de la salud mental, aunque tampoco existe consenso entre las comunidades científicas de que el veto vaya a servir únicamente para ir a mejor. Muchos preadolescentes necesitan conectar con otros jóvenes afines a ellos y formar comunidades en las que se sientan aceptados y queridos. Por otro lado, podría alegarse que el número de víctimas de ciberacoso se reduciría considerablemente; que el riesgo de caer en manos de un pedófilo online disminuye con la edad y, por tanto, se darán menos de estos casos; y que mermaría la posibilidad de sufrir ‘sextorsión’ o de que una foto tuya borracha circule por todo el curso de primero de la ESO.
Existen muchos reportajes de diversos medios que sí recogen cómo ha cambiado el comportamiento de estos jóvenes. Algunos chicos contaban hace unas semanas al Guardian que ahora salen más a pasear, que se han empezado a llevar mejor con sus hermanos. Hay padres que aseguran que sus hijos están más presentes. “Hoy mi hijo me ha preguntado que si quería hacer algo con él cuando saliera del colegio”; “mi niño de quince años está bastante aliviado y ha reconocido que lo está especialmente por Snapchat, una aplicación en la que asegura que no pasa nada bueno”; “lo vemos como un salvavidas porque nuestra hija es irremediablemente adicta”; “mi niña de seis años veía vídeos en YouTube y ya muestra signos de problemas de autoimagen como no querer comer, el agujero de los algoritmos es horrible”.
A otros les preocupa que pierdan el contacto con sus compañeros durante las vacaciones de verano y que haya menores de localidades pequeñas aislados socialmente, pero al mismo tiempo les inquieta que sean capaces de saltarse los mecanismos de verificación a la torera.
Habrá casi tantas opiniones al respecto como personas existen en el planeta, pero creo que se ha pasado por alto el punto de vista de un colectivo que podría aportar una perspectiva valiosa al “dilema”: los hermanos y primos mayores; los que vieron nacer Tumblr, Messenger, Tuenti o Askfm.
Quienes fuimos adolescentes hace algo más de diez años recordamos mejor y de primera mano todo lo bueno y todo lo malo de tener redes sociales en el colegio. En general, entiendo que la medida tendrá el beneplácito de la mayoría de padres; pero la opinión de los adultos no puede nunca abrazarse como punto de partida objetivo en este debate porque ellos nunca compartieron los códigos de lenguaje que nos inventamos, ni entendieron por qué era importante el número de likes de una fotografía, ni captaron los códigos de humor de Vine ni se metieron en las cuentas pro AnayMía.
Los adolescentes menores de 16 años pueden sentir que se les trata con condescendencia y estar enfadados. Pero también es mucho más difícil darse cuenta de cómo cambian nuestras emociones, inseguridades y patrones de conducta cuando se está transitando por el camino de la adicción a la pantalla o atrapado en el bucle del algoritmo. Yo propongo que preguntemos a quienes pueden comprender a unos y a otros.
Las primeras redes sociales nacieron como espacios de socialización relativamente horizontales. Nadie era profesional y no estábamos vendidos a una lógica de rendimiento explícita. Eran entornos imperfectos y no diseñados al detalle para maximizar la permanencia del usuario.
Con el tiempo, ese ecosistema mutó —como todo en este sistema económico— y llegó la importancia del like, los memes, y los algoritmos de recomendación junto a una evolución del sistema de ganancias de las plataformas, que transformaron las aplicaciones en sistemas optimizados para favorecer las interacciones y, por ende, generar dependencia.
La construcción de la identidad dejó de ser un proceso principalmente íntimo o local para convertirse en un fenómeno permanentemente expuesto a los ojos de media ciudad. No era el único, pero se añadió otro parámetro de evaluación a la ya compleja ecuación de la popularidad.
De cómo los estándares estéticos se globalizaron ya ni hablamos. Surgieron perfiles que capitalizaron una belleza de patrones filtrados y métricas inalcanzables —esto tampoco es nuevo pero, claro, de repente había muchos más— y la presión estética, especialmente la que sufren las mujeres, se expandió, con el consiguiente daño a la autoestima millones de chicas jóvenes. Esta lógica continúa hoy en día, y la cifra de niñas expuestas a una hipersexualización temprana y con un concepto de la autoimagen distorsionado no hará más que crecer si no se le pone un límite.
Ahora que soy mayor — xd— me preocupa también la huella digital. La adolescencia ha dejado de ser una etapa transitoria: errores, experimentaciones y comportamientos propios de la edad quedan registrados, indexados y son potencialmente recuperables años después. Casi nada desaparece del todo —doy gracias a Dios por que cerrara Tuenti y con él todos los vestigios de mis primeras borracheras— y la vergüenza es muy traicionera.

El veto posibilita parcialmente la protección de algo muy valioso para los niños pequeños: vivir sin que nadie te vea, equivocarse en silencio.
Inciso: para que esto funcione, y ya que estamos, tendría que limitarse también la explotación que los padres influencers hacen de sus hijos pequeños en sus perfiles.
Luego está el argumento más obvio y boomer a favor de la restricción, más allá del ciberbullying y la pornovengaza: hay más pedófilos de lo que nos imaginamos. En verano del año pasado, la Policía detuvo a 61 personas por posesión, producción y distribución de material de explotación infantil en España. En el momento en el que saltó la noticia investigaban a otras 17 por lo mismo. Fue el resultado de una macrooperación en la que participaron varios equipos de seguridad y que intervino miles de archivos pedófilos. Otra operación de la Nacional junto a la INTERPOL y Europol en primavera acabó con una veintena de detenidos en doce países distintos de Europa y América, después de que se detectaran chats online dedicados a la circulación de imágenes de explotación sexual infantil.
Por otro lado, sí me apenaría que los niños no pudiesen acceder más a según qué partes de las redes sociales que sirven como escapatoria ante una realidad complicada; esto es lo que me genera un mayor conflicto.
Para muchos menores, especialmente para aquellos que no encajan en su entorno inmediato, internet —y con ello las redes sociales— ha sido un refugio. Existen espacios seguros que contribuyen a sentimientos de pertenencia y comfort muy difíciles de explicar a quien no se ha criado con un perfil en YouTube.
Creo que estas comunidades —vitales para la salud mental de algunos niños, especialmente para los que lidian con una orientación sexual o identidad de género diferentes a las normativas, o para quienes viven aislados, o para quienes pertenecen a una minoría étnica— siguen existiendo en las redes sociales de hoy, pero que es muy complicado para los niños trasladar a sus padres lo importantes que son, y los adultos tienden a menospreciarlas.
A ellos les diría que es bonito sentirse reconocido en nuevos referentes y aceptado por amigos que viven lejos, pero con quienes te sientes parte de una comunidad. Y que, aunque incluso esos modelos a seguir sean problemáticos o no coincidan con el gusto de la familia, son esenciales para el desarrollo personal de los adolescentes, de sus gustos y decisiones futuras.
Otra dimensión de las redes sociales es su papel como catalizador de la expresión artística y creativa de niños que no habrían encontrado un canal fuera de lo digital. Es mucho más fácil exponer un dibujo ante cientos de personas en una red social que en un museo, y esto es así se tengan 14 o 47 años. Tampoco me haría sentir cómoda esta restricción.
¿Pero son las redes sociales necesarias para todo esto?
No lo creo.
El Gobierno de España no está prohibiendo el acceso a internet a los menores de 16 años: está limitando el acceso a las redes sociales, unas redes que ahora están diseñadas en torno a la monetización de la atención y a la exposición constante. Ya no eran canales de comunicación neutros cuando mi generación era adolescente, pero es que ahora son una amalgama de estímulos adictivos, algoritmos optimizados para captar datos y tiempo que generan emociones difíciles de gestionar incluso para los adultos.
Internet, sin embargo, seguiría ahí. Nuestra generación —y amigos— pudimos disfrutar durante un momento muy concreto del germen de Google. Los youtubers todavía no eran ni modelos ni ricos y usábamos Retrica. Nuestros padres no entendían nada y la parcela de novelas de wattpad y feminismo para principiantes era nuestra.
Internet ocupaba mucho espacio porque las redes sociales no ocupaban nada y era lo único que podías hacer en el ordenador del salón antes de cenar. Porque aquí hay una cuestión clave que se olvida: internet y las redes sociales no son lo mismo, aunque las segundas se hayan comido a lo primero.
Quizás sea un buen momento para explorar la posibilidad del regreso de los foros o nuevos tipos de blogs y comunidades digitales menos agresivas. Espacios sin evaluaciones públicas y de intercambio de ideas que sigan garantizando el derecho de los niños a la información y a la libertad de expresión, que puedan tener de alguna manera también un impacto en la vida “real”. “Plataformas pequeñas que giren en torno a la música, por ejemplo, que no estén mediadas por Meta ni TikTok”, se le ocurre a Fer.
“Hubo un tiempo en el que conectarse a internet era de frikis. Vivir en la red era de raros, pero eso era bueno, porque que nos consideraran bichos raros nos protegía, porque no sabían lo que se perdían y no invadían esos espacios”, me dice mi novia.
Podríamos intentar volver a construir ahí, o igual como veinteañeros y millenials tenemos que tener cuidado con no caer en la nostalgia. Hay que tener en cuenta que ni internet ni las redes sociales son lo que eran. Las segundas son monstruosas, y regular lo primero, es en realidad, como ponerle vallas al campo.

De todas formas, los beneficios que aportan tampoco se extinguirían para siempre ni para nadie; solo se retrasarían unos años. Y podrían seguir quedando con sus amigos para ir al cine, dar una vuelta o jugar a videojuegos durante el verano, porque los servicios de mensajería instantánea no se ven limitados por la medida.
El argumento de Pedro Sánchez y de las administraciones del resto de países para proponer el veto es, principalmente, el de la preservación de la salud mental. Es cierto que hace años que los expertos alertan sobre el incremento de la ansiedad, las autolesiones y la depresión en menores de edad. Aunque la relación causal directa entre el deterioro de la salud mental y hacer uso de las redes sociales a esas edades no está probada al 100% —ni mucho menos me atrevería yo a aventurar que es la única causa—, sí que existe cada vez más consenso de que utilizarlas continuamente y de manera intensiva pueden agravar inseguridades o vulnerabilidades preexistentes.
En cualquier caso, podemos probar. La medida no implica la desconexión total de los menores del entorno digital ni la desaparición de internet de sus vidas, y es bastante probable que aprendan a saltarse los cortafuegos de la edad igualmente. Negarse siquiera a analizar esta vía supondría descartar de primeras una posible mejora de la futura calidad de vida de los menores de dieciséis años y, por extensión, de la de la sociedad entera. Si no resulta, siempre puede volverse atrás.
Sabiendo todo esto: si me pidieran a mí, persona de 26 años, que mirara al pasado y me preguntaran si restringiría la edad de acceso a las redes sociales antes de los quince, respondería que sí. Me habría gustado no tener perfil en Instagram. Hubiera seguido participando en internet, no me malinterpretéis, pero no en las dinámicas nocivas de las redes sociales. Como prima mayor de dos preadolescentes, prefiero que disfruten del anonimato, que no crezcan con una huella digital, que no hablen con según quien en chatroulette y que no se frían el cerebro con rutinas de skincare antes cumplir los dieciséis. Todo esto con la esperanza de que, para entonces, sepan discernir mejor entre lo que es problemático y lo que no, o de que hayan generado una manera de relacionarse con las redes sociales diferente a la que yo tuve.
¿Tengo la razón? Probablemente no. ¿Creo que a todos nos vendría bien el insight de otras personas de mi generación, primeros vividores de la camaradería de las redes sociales y esclavos de las pretensiones y los likes? Sí.