Ideas

Qué hacemos con tu forma de hablar

Nos enfrentamos a la disyuntiva entre denunciar estos discursos o ignorarlos.

18 de junio 2026 · 1 comentario


El New York Times reveló en 2017 que el Gobierno de Estados Unidos tenía un programa secreto para la búsqueda de ovnis. De los 600 millones de dólares de financiación con los que contaba el Departamento de Defensa ese año, el Pentágono dedicó 22 millones a un Programa de Identificación de Amenazas Aeroespaciales Avanzadas. Desde entonces la cuestión ha formado parte del debate político en las instituciones. Hay pocos países a los que obsesione tanto el tema alienígena como a Estados Unidos. 

La palabra alien tiene dos acepciones en inglés. Su uso popular es el de extraterrestre. En contextos legales, sin embargo, es sinónimo de extranjero o inmigrante ilegal — foreigner, incomer, stranger, outsider—. Trump sabe que el significante espacial es un filón y el segundo es su obsesión personal, así que lleva meses aprovechando el doble sentido para encender su discurso contra la inmigración.  

Hace poco más de una semana, la Casa Blanca publicó una página web llamada Aliens. Tiene una interfaz que pretende ser entretenida, copia la estética de las películas de ciencia ficción ochenteras —remite al imaginario de La guerra de las Galaxias y al sello rojo de Top Secret de las series policíacas— y abre con el siguiente titular: “Caminan entre nosotros”. Miedit. 

La deshumanización de las personas migrantes y extranjeras ha sido una constante en el lenguaje del presidente estadounidense desde su aparición en política. Es una decisión estratégica, no parte de su excentricidad. Lleva diez años trabajando en la construcción de un marco narrativo en el que los inmigrantes aparecen como un ‘cuerpo extraño’ dentro de la nación estadounidense (1). Como un tumor. Ha asegurado que han “envenenando la sangre del país” y que son una “invasión”. Habla de los movimientos migratorios como si fueran el equivalente de los desastres naturales: una avalancha, una oleada, una inundación (2). Son los recursos de uno de los mecanismos lingüísticos para el populista más antiguos de la historia: arrebatar la humanidad de un otro para presentarlo como un contrario —ellos vs. nosotros— y conseguir rédito político (3). La deshumanización la usó Hitler, la han utilizado en Ruanda, en Italia, en Israel y en España también. En Estados Unidos, Trump la ha convertido en un fenómeno institucional.  

“Durante 60 años, el Gobierno de Estados Unidos ha mantenido un secreto muy bien guardado. Los extraterrestres se han infiltrado entre nosotros, viviendo en nuestros barrios e interactuando con nosotros todos los días. Compran en las mismas tiendas, asisten a las mismas clases que nuestros hijos, llevan una existencia humana aparentemente normal. Con una excepción: no pertenecen a este lugar”.  

A eso le sigue otra sarta de barbaridades. El texto, más allá de que no tiene sentido en sí mismo, trasluce el peculiar concepto del patriotismo americano. Trump quiere decidir quién es verdaderamente estadounidense —lo mismo quieren muchos dirigentes políticos de muchos lugares del mundo con sus respectivas nacionalidades— y exportar la burla como mecanismo legítimo para manipular la opinión pública. Quiere desplazar los límites de lo que se considera aceptable en un discurso y, sutilmente, influir en la opinión popular.  

Qué hacemos con esto 

Despojar a un grupo social de todas aquellas características con las que nos es posible empatizar conduce a la discriminación y a la violencia. Está más que estudiado (4) (5) (6). Y, aun así, no existe un mecanismo real de sanciones ni castigo más allá del señalamiento individual y de textos no vinculantes de comités diversos para un patrón lingüístico que los expertos llevan décadas identificando como una de las herramientas clásicas de exclusión política, y que debería estar completamente marginada del discurso democrático. 

A nivel individual, nos enfrentamos —o yo me enfrento— a la disyuntiva entre denunciar estos discursos o ignorarlos.  

El mensajito jocoso de la Casa Blanca va a llegar inevitablemente a nuestra pantalla. A la del ordenador del trabajo, en mi caso, porque me desinstalé X del teléfono hace siglos. Veo que lo han retuiteado varios amigos. Hago lo mismo y asumo que, al igual que me ha ocurrido a mí, el resto también asumirá que lo comparto con ánimo de reproche. “Mirad qué fuerte es esto”. 

Y a los dos segundos quito el retuit. 

Llego a la conclusión de que difundir las tonterías no contribuye a nada, más que a difundirlas. Y basta con que un receptor lea, vea o escuche muchos de esos disparates repetidamente para que dejen de ser excepcionales y comiencen a ser compatibles con el debate público (7). Después de eso, ya no importa tanto si mucha gente está a favor o en contra de nada: la mera exposición a determinadas ideas ha alterado la percepción social sobre los sujetos a los que hace referencia. 

Por esa misma razón, ignorarlo y dejar que este lenguaje flote por internet sin ningún límite ni correctivo tampoco me convence. Pensamos que, sin nuestro beneplácito, el discurso y sus contenidos desaparecerán, pero sin contestación lo único que desaparece es la oportunidad de someterlo a discusión pública. Los mismos estudios que alertan sobre los efectos normalizadores de la exposición de los mensajes extremistas muestran también que la contextualización crítica merma su capacidad de persuasión (8). Esto ocurre —o los estudios están basados en— mayoritariamente desde la prensa.

La única alternativa que se me ocurre es poner en marcha las dos opciones a la vez. Detenernos ante el mecanismo y los porqués de estas estrategias comunicativas, mientras pasamos del escándalo en sí. Si nos acostumbráramos a intentar percibir qué hay detrás de las herramientas del lenguaje que tan sutilmente intentan usar nuestros representantes políticos, disfrazándolas con naturalidad y mofa, y si lo analizamos con nuestros amigos o publicamos en redes, podríamos desplazar la atención de la provocación puntual hacia la arquitectura ideológica que lo sostiene. 

Aunque la página ya ha desaparecido del ciclo informativo, su mensaje escrito se quedará ahí, junto a los datos regionales sobre las detenciones del ICE y la charcada máxima de su interfaz terminator. Servirá como pregunta de examen en la asignatura optativa Language politics para los futuros estudiantes de filología: “¿Qué funciones está cumpliendo aquí el lenguaje? ¿Qué tradición política reproduce y qué efectos persigue?”. 

 


  1. Warnock, A. (2019). The dehumanization of immigrants and refugees 
  2. Tirrell, L. (2012). Genocidal language games. Speech and harm: Controversies over free speech 
  3. Smith, D. L. (2011). Less than human: Why we demean, enslave, and exterminate others 
  4. Kluknavská, A., & Hruška, M. (2023). Othering as a communication strategy of the far right: The construction of enemies on social media. 
  5. Pilkington, H. (2016). Loud and proud: Passion and politics in the English Defence League. Manchester University Press. 
  6. Haslam, N. (2006). Dehumanization: An integrative review. Personality and Social Psychology Review 
  7. Bolet, D., & Foos, F. (2025). The normalisation of far-right ideas through media exposure: Experimental evidence from extremist interviews
  8. Bolet, D., & Foos, F. (2025). The normalisation of far-right ideas through media exposure: Experimental evidence from extremist interviews

 


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