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¿Qué pasa con Kansas?

Durante todo este verano, en medio de una celebración masiva de la argentinidad, Kansas es paradójicamente el hogar de la Selección.

3 de julio 2026


El enigmático espectáculo de un suicidio colectivo siempre resulta fascinante. En cualquiera de los dos hemisferios.

Pensemos en Kansas, el lugar donde Argentina se alojará, esperemos, durante un mes más, a medida que avance fases en el torneo.

En el corazón de la América más conservadora, Kansas es un estado orgulloso de su identidad y de sus raíces humildes, ligadas a sus granjas, al trabajo rural, a su sentido de pertenencia en la comunidad y a Dios.

Kansas lleva votando inequívocamente a gobernadores, senadores y congresistas republicanos desde hace 50 años con márgenes de victoria que en muchos casos superan el 50, el 60 o el 70% del voto. Una barbaridad en cualquier democracia moderna. Y lo hace orgullosa, sintiéndose plenamente representada por todos estos candidatos.

Para cualquier votante republicano en todo Estados Unidos, Kansas es uno de esos lugares que simbolizan el alma del país. Lo que hace América a América. Su campo. Aquel lugar sencillo, honrado, puro, que siempre ha sido leal a la nación en los momentos difíciles. Mientras el estirado norte criticaba las guerras de Irak o Afganistán, las viudas de Kansas enterraban a sus hijos y a sus maridos sin rechistar.

En el discurso de presentación de cualquier aspirante a las primarias republicanas siempre habrá un hueco para las tropas, el libre mercado, la familia nuclear y los buenos granjeros del Medio Oeste que ponen “nuestros” alimentos en la mesa. Blessed them all.

También, desde hace 12 años, el movimiento MAGA llama a volver a hacer esa América, que incluye a Kansas, grande y ponerla por delante de cualquier interés extranjero tal y como supuestamente hacen los progresistas.

Todo este discurso choca con lo que miles de argentinos que pasan estos días por Kansas para alentar a la albiceleste se encontran en los 10 kilómetros que separan el aeropuerto internacional de Kansas City del Arrowhead Stadium.

Una tierra valdía donde Wal-Mart ha aplastado a los pequeños productores y la agricultura está en una situación de quiebra técnica. El Kansas idílico de los agricultores y ganaderos es en realidad un paisaje marciano. Wendy´s. White Castle. Applebees. Pizza Hut. Zaxby´s. McDonald´s. Taco Bell. Panera. Sonics. Five Guys.  Un mar de señales de tráfico que anuncian restaurantes de comida rápida en cada salida de la autopista. Centros urbanos vacíos. Ni rastro de vida humana.

En efecto, lejos de proteger sus plantaciones y sus cosechas, los políticos republicanos de Kansas llevan más de 40 años aprobando leyes desreguladoras a nivel estatal que dieron más y más poder a multinacionales agroalimentarias como Monsanto, Tyson o ConAgra frente al pequeño granjero. Lejos de crear un entorno que protegiera “la identidad de su estado” frente a las grandes corporaciones, bajaron los impuestos de todas estas empresas, aumentando sus márgenes de beneficio frente al agricultor medio que terminó por vender hasta el último terreno de cultivo que le quedaba en el estado.

¿Cómo puede ser que alguien que hace apología de lo rural y dice enorgullecerse de su tierra la abandone al capitalismo más voraz? ¿Qué clase de giro discursivo en defensa de “la identidad y la patria” es este?

Hoy, y durante todo este verano, en medio de una celebración masiva de la argentinidad, Kansas es paradójicamente el hogar de la Selección. Un lugar sin identidad del que ningún argentino, que visite la ciudad, se acordará en 10 años.

Quizás de todo esto se pueda extraer una lección: la identidad, en realidad, no se pierde cuando la mitad del país que vota diferente a nosotros gana unas elecciones. La identidad comienza a perderse cuando permitimos que políticos populistas dejen de construirla sobre el plano material, convirtiendo la política en pura demagogia. Ya sea en Kansas, en la Patagonia o en el conurbano de Buenos Aires.

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