Amigos de verdad
23 de agosto
No se puede amar a Mark Z. Danielewski y ser un absoluto cretino con tus amigos. O no amas a Mark Z. Danielewski o no amas a esas personas con las que compartes tu vida. Y no me refiero a las personas a las que les confiarías tus secretos. Todos nos hemos confesado con un desconocido a las seis de la mañana estando del revés en el fondo de un local nauseabundo. Y además los secretos están sobrevalorados y no deberíamos contárselos a nadie que amemos de verdad porque la mayor parte de las veces solo dicen cosas monstruosas sobre nosotros mismos y amar a los demás debería de consistir en cuidarlos de nuestra monstruosidad. Me refiero a las personas a las que invitas a comer a tu casa, las que te regalan libros como invitándote a entrar en un palacio, en una iglesia, en un bar de puta madre. Esas personas para quienes su tabaco es tu tabaco. Las personas con las que conversas en tu cabeza cuando no están presentes sobre las virtudes del comunismo en china. Las personas a las que llamarías llorando para contarles que crees que Dios te ha visto, que crees que debes disculparte por algo que hiciste cientos de años atrás, o que tu madre ha muerto. Me refiero a las personas que se ofrecen a ayudarte a responder un mensaje muy difícil. Las que se ofrecen a hacerte la compra, limpiarte la casa, cuidar de tus hijos, corregir tus textos, leer tus manuscritos, prestarte dinero. Las que se quedan pendientes la noche que te has pasado pimplando porque estás pasando por un mal momento aunque tú no te hayas dado ni cuenta. Las que aguantan tu egoísmo depresivo porque conocen tu verdadera generosidad y esperan pacientes a que les pidas ayuda de la forma más opaca posible cuando entiendas que has perdido la alegría y estés preparado para recuperarla. Esas personas que, llegado el caso, eliges para que te acompañen a sitios complicados. Al banco. A un reencuentro con tu exmarido en una cafetería del centro. A la biblioteca a estudiar cada tarde cuando tu casa es un pozo. A tomar una copa después de un cisma familiar. Al hospital. Joder. Sí. Esas personas que te acompañan al hospital y no se cabrean si tardan cinco horas en atenderte. Las personas que pasan cinco horas contigo en la sala de espera de un hospital esforzándose por hacer el rato ameno, eso son amigos de verdad.
Libertad
24 de agosto
Se acaba el verano y dentro de poco cumpliré treinta años. Ninguna de estas cosas me parecen una tragedia, al contrario. Septiembre es uno de mis meses favoritos porque soy una persona bastante normal y me emocionan los comienzos. Son la oportunidad de hacer las cosas bien, mejor, ordenadamente. Respecto a los treinta: siempre he soñado con la independencia, la autonomía, la libertad total. Conservo -y soy demasiado joven para advertir si esto es estúpido- una creencia que edifiqué en mi infancia: la treintena es el verdadero e irrevocable inicio de la adultez. Sé que esto no es del todo así pero es algo que sigo creyendo pese a haberme hecho adulta hace doscientos años. Y no lo digo porque me haya ido de la casa familiar a los veinte años. No lo digo porque mi independencia económica -parcial- comenzase a los quince años. No lo digo porque haya pasado por uno de esos acontecimientos que te obligan a cambiar el planteamiento de toda tu existencia en completa soledad: cogí un avión llena de vida, crucé un trocito del mapa y volví a una casa sin nada y estuve así -sin nada- algunos años muy largos. Lo digo porque a los diez años ya me consideraba más adulta que muchos de mis adultos cercanos: más cabal, razonable y lúcida. Fue entonces, a los diez, once, doce años cuando adquirí conciencia verdadera sobre mi misma, sobre mi edad y sobre la edad de los demás. No solo supe que era más mayor de lo que era si no que comprendí que estaba atrapada. Atrapada en una casa, en un cuerpo, en una vida que no había elegido. Comencé a elaborar la fantasía de ser adulto, autónomo, independiente, libre. Como soy una mujer y además tengo una piel estupenda aún en este final de veintena no he sentido mi sueño realizado. Una carrera, un máster, un libro, cientos de millones de libros, cientos de millones de trabajos, unos pocos errores determinantes y algunas hazañas determinantes. Nada ha servido para ganarme, a ojos de otros (jefes, padres, lectores octogenarios, psicólogos, amigos de amigos, desconocidos de 55 años en general) lo que ya conquisté de pequeña, lo que a algunos hombres les conceden a los dieciséis, a los dieciocho, a los veinticinco. A los cuarenta y seis. Yo, después de todo, aun sigo esperando a los treinta. Y sospecho que cumplirlos tampoco servirá.