Lugares

Santiago de Chile y el turismo de malls

No me gusta la poesía, que no la entiendo, que no la veo. Y, sin embargo, me gustan los poetas, me gusta Pablo Neruda y me gusta su casa: la Chascona.

15 de octubre 2026


Son las 21:27 del 9 de septiembre de 2026 y estoy tomando un club sándwich y una limonada en la barra del restaurante del hotel. Después de unos bocados se acerca el camarero de la barra, me pregunta mi nombre y me comparte el suyo: Jairo. A Jairo no le gusta Santiago y su sueño es marchar al sur y comprar un terreno donde cuidar animales con su novia. También me cuenta que su madre le puso su nombre por dos motivos. El primero es que ella era admiradora de un cantante con ese nombre. Si yo hubiera corrido la misma suerte, probablemente ahora me llamaría Leiva. Jairo también es el nombre de un líder religioso que en el Nuevo Testamento recurre a Jesús para que sane a su hija. Cuando dio con él, su hija ya había muerto y Jesús le dijo “No temas, cree solamente”, y cuando entró en la habitación, la resucitó.

Hablamos de los Andes, de España y de hoteles, y me cuenta que en Santiago los mejores hoteles están cerca de malls, porque en esta ciudad son religión. Los cuicos —pijos—, me dice, marchan al campo y a la montaña los fines de semana, pero la gente se queda en los malls.

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Influido por Jairo, comienzo mi sábado en el Mercado Urbano Tobalaba (MUT). El MUT es un mall de diseño. En lugar de estante de La Casa de las Carcasas, pueden verse muestras de arte y pequeños estudios de podcast. En uno de sus espacios, visito una exposición de maquetas de Le Corbusier y me sorprende la importancia de la arquitectura en Santiago. Algo más tarde, Antonio, el taxista que me lleva desde Costanera hasta el GAM, me cuenta que Chile exporta arquitectos y, cuando le pregunto el porqué, me responde con gracia: somos el Dubái de América del Sur.

Camino desde el MUT, y después de recorrer una galería donde varios adolescentes se dan el lote a las 11 de la mañana de un sábado, llego al Centro Costanera donde pronto me siento cómodo: estoy en la Vaguada o en el Plaza Norte. Pregunto por la forma de subir a lo más alto del edificio más alto de América del Sur, y un guardia armado se toma en serio su misión y me acompaña hasta la puerta donde nos despedimos después de pagar los 25.000 pesos chilenos que cuesta la entrada. El ascensor nos sube hasta el piso 61 en menos de un minuto, en el transcurso del cual tengo que descomprimir varias veces los oídos. Al salir del ascensor, el vértigo me impresiona, y pido un café para recobrar el aliento. Las vistas me recuerdan un mensaje que sonó por la megafonía del avión durante el vuelo de ida: «Tripulación, nos disponemos a cruzar la cordillera». Cordillera. No cordillera de los Andes, ni los Andes, solo cordillera. Como si solo existiera una.

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De vuelta a tierra, tomo un Uber hasta el centro cultural Gabriela Mistral GAM. Allí se celebra el día de Batman y una convención de la cultura Thai. Huyo del espacio tratando de alejarme de todo lo que no sea chileno en el poco tiempo que tengo en la capital del país. Los alrededores están repletos de librerías de viejo y una me atrae en especial por su nombre: Liquidadora de libros.

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Paseo, recorro sin rumbo la avenida Providencia, me cruzo con la Biblioteca Nacional de Chile. En las escaleras de su imponente entrada, cinco cristianos rezan en alto el rosario mientras ondean banderas y elevan crucifijos de madera. Tiene la biblioteca un aire eclesiástico por los mármoles blancos, los techos altos y los rezos que se escuchan desde su entrada. Entro en varias de sus salas, todas ellas repletas de madera y bonitas cristaleras.

Al salir, me tienta coger el metro y hacer turismo subterráneo después de haber visto los vídeos de Francis Bourgeois y su entusiasmo genuino por el mundo ferroviario. Casi todas las estaciones de metro de las ciudades que he visitado están anunciadas por un cartel con una M, un pequeño tren o, directamente, la palabra metro. Las dos últimas en las que he estado se saltan la norma. En Boston es una T, por transporte. En Santiago, son tres rombos, por lo que sea. Me viene a la cabeza la regulación de los rombos que existía en la televisión española. Un rombo avisaba de que no se recomendaba el programa para menores de 14 años, dos rombos para menores de 18. Pensar en los tres rombos me disuade de bajar a las profundidades.


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Quizás Jairo no estaba desencaminado con su afirmación de la importancia de los malls en Santiago de Chile. En lugar de malls, diría galerías comerciales, porque la palabra es más elegante y porque se ajusta más a la realidad. Encuentro, por ejemplo, el Boulevard alameda 333, una galería dedicada a lo gótico y lo otaku. Y no me sorprende un espacio centrado en esta estética porque advierto en el chileno una preferencia por vestir con ropa negra. Me gustaría contrastarlo con Jairo.

Camino hasta el Mercado Paris-Londres donde la gente come al aire libre y escucha música en directo en un par de calles llenas de puestos de artesanía. París-Londres es Malasaña, Beacon Hill, Barranco, Gràcia. En la iglesia de San Francisco se celebra una misa donde la bandera chilena decora el altar. Varios feligreses hacen cola para confesarse y en algunos cuadros y esculturas pueden leerse pequeños carteles de fieles que no dan las gracias por un milagro, sino por un favor.

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Me siento a comer en el Museo de Arte Precolombino, en un agradable claustro que sirve de entrada al museo y de terraza para el restaurante. Es barato, rico y tranquilo. Después de visitar el museo, recorro la plaza de Armas y el Palacio de la Moneda que me producen el mismo efecto que la Casa Rosada en Buenos Aires: indiferencia. Me gustan más las paradas de metro que los edificios gubernamentales.

Antes de que se ponga el sol, tengo tiempo para una última visita. Escribí y reescribiría que no me gusta la poesía, que no la entiendo, que no la veo. Y, sin embargo, me gustan los poetas, me gusta Pablo Neruda y me gusta su casa: la Chascona. La Chascona es el refugio que construyó Pablo Neruda para Matilde Urrutia mientras conseguía el divorcio definitivo de su anterior esposa. El espacio es ecléctico, reúne objetos de todos los lugares a los que viajó y de todos aquellos en los que fue cónsul. La casa ha perdido las vistas a la cordillera por la contaminación y las construcciones de los alrededores, pero sigue sintiéndose como una especie de refugio en la ciudad. Chascona, cuenta la audioguía, se utiliza en Chile como sinónimo de despeinada, y es también el apodo que utilizaba Neruda para Matilde Urrutia.

En Italia te bautizaron Medusa por la encrespada y alta luz de tu cabellera. Yo te llamo chascona mía y enmarañada:mi corazón conoce las puertas de tu pelo.

Cuando Jairo me contó que le gustaría marchar al sur y vivir entre animales, le contesté que yo soy una rata de ciudad y que ver los Andes desde Santiago para mí ya era suficiente naturaleza. A mí me basta con una casa bonita y unos cuantos libros, le dije.

—A la Chascona, weón —me contestó—. Tenís que ir a la Chascona.

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