Sidra y carbón
La resistencia de lo local frente a la ‘gastrificación’, los peligros de la romantización del rural y su consiguiente mirada paternalista...
10 de abril 2026
Por Carmen Badía
10 de abril 2026La resistencia de lo local frente a la ‘gastrificación’, los peligros de la romantización del rural y su consiguiente mirada paternalista...
Volví de Asturias con la sensación de final de campamento. Cuando iba a alguno de pequeña, los meses previos me dedicaba a imaginármelo: los amigos nuevos, los días interminables, la emancipación concertada, la despreocupación total, la tontería torpe, la nostalgia del después. Esta idealización me ayudaba a terminar deberes, a dormirme rápido, a superar días reguleros y a sentirme mejor conmigo misma. Con los años, sigo recurriendo a esta imaginación anticipatoria –no a prueba de decepciones– cuando me espera algo que me ilusiona o deseo algo que todavía se me escapa; un autobombo que me mantiene motivada en silencio y también protegida, preguntándome a menudo qué será mejor, si lo que sucede dentro de mí o ese proyecto de futuro hecho realidad. Escribía Natalia Ginzburg que, aunque yo sí crea en sueños cumplidos, “las mayores alegrías de nuestras vidas están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias”.
De mi último episodio mental desperté llegando a Mieres a finales de marzo, después de cuatro horas y media de coche de pura deriva. El motivo del viaje era Gastrollar, un congreso pequeñito que se lleva a cabo desde hace cinco años bajo el título “La cocina del carbón”: dos días muy intensos de ponencias, mesas redondas, showcookings, periodismo de campo –en el campo, literal– y muchísima comida. Esa era, al menos, la primera lectura de un encuentro que rápidamente percibí cercano, humilde y que huye de lo mediático en plena Montaña Central, herida abierta de un pasado minero imborrable para quienes se quedaron y quienes se fueron.
Mi llegada fue tímida, contenida. Lo que para mí era sucesión de primeras veces era el pan de cada día de la mayoría. Sin embargo, el ambiente se notaba fresco; se respiraba una forma más liviana y terrenal de hacer las cosas desde la periferia. El foco principal apuntaba a preservar, potenciar y difundir la gastronomía rural de esta zona con sentido común, sin caer en la promoción de un turismo excesivo y devastador con la identidad, la cultura alimentaria y la economía del lugar. Una línea muy fina y compleja que se trató en una mesa redonda que ahondaba en la resistencia de lo local frente a la ‘gastrificación’, los peligros de la romantización del rural y su consiguiente mirada paternalista, o la mala costumbre de promocionar cocinas tradicionales con caras de cocineros hombres.
Esta idea base, a veces en altavoz, a veces captada entre líneas muy sutiles de conversaciones que aparentaban no guardar relación, sostuvo un programa didáctico muy chulo formado por personas y proyectos con grandes intenciones cuya existencia alivia y demuestra que no hay por qué unirse a un carro que no aguantará mucho más peso. Como Sarah y Aitor de La Lleldiría, su fermentería de los Valles Pasiegos; José María y su Llagar La Comuña; Bárbara, al frente de la pastelería turonesa La Gloria; Marcos Cienfuegos y su sensacional Bocamina; Adela, Ana Fe y Lucía del Club de Guisanderas; Lluis Nel, una de las cabezas pensantes de todo esto y a quien le pregunté tres o cuatro veces de dónde era (Arriondas); Engel y Deva, del restaurante La Panoya; o el imprescindible y valioso conocimiento compartido por Inés Butrón, Cecilia Díaz Méndez, Xavier Medina, José Berasaluce o Arantza Margolles. Gente extraordinaria con la que olvidé la timidez entre queso, merluza, pil pil, pote, sidra, hojaldres y alternativas a platos con carne que, para mí, demuestran ingenio y reflexión (fabes con shiitake, cachopo vegetal, alcachofas con yema curada, trompetas de la muerte con puré de patata y pera); montaña arriba y montaña abajo en un microbús de excursión escolar; y con un gin tonic implorado para seguir siendo personas funcionales entre ingesta e ingesta. Compartir mesa durante tres días, une; compartir causa de empacho, une todavía más.
Ahora, alimento mi retrospectiva con la claridad de las ideas reposadas y la nostalgia de la que hablaba Ginzburg, aunque esta vez poniendo la mano en ese fuego de carbón por la realidad vivida entre montañas verdes y no por la soñada. Una realidad que, estoy segura, se verá manipulada por el recuerdo, tal como aquellos campamentos en los que ya no sé si estuve o los imaginé tanto que me los acabé creyendo.
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