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Ya no me miras como antes
¿Cómo se lo explico al niño que habita en mi interior?
24 de junio 2026
Los días que me quedo a comer en el trabajo intento matar el tiempo como puedo. Y como la calle no es el mejor escenario a las dos de la tarde en plena ola de calor, huyo a los grandes almacenes patrios que tengo justo enfrente del trabajo, como Garci cuando contaba que pasaba los veranos metido en El Prado porque se estaba fresquito. En mi cabeza somos almas gemelas, aunque la verdad es que él observaba Las Meninas y yo, con la misma sensibilidad con la que miraría él un cuadro de Velazquez, busco la tableta de chocolate más cara del club gourmet. Siempre hubo clases.
Me pateo las plantas del lugar mientras el hilo musical y el aire acondicionado me hacen compañía. Miro carteras sabiendo que no me llevaré ninguna, pues es bien sabido que los hombres no cambiamos de billetera hasta que nos regalan una nueva. También observo los relojes y juego a adivinar quién es capaz de llevar semejantes mastodontes en su muñeca sin que se le disloque.
Subo a la siguiente planta y fantaseo con los lugares a los que podría viajar pagando cómodamente a infinitos plazos. Siguiendo el camino que marcan las líneas del consumo, me topo con algunas jugadas del mundial en 4k con una definición que solo ofrecen esas televisiones gigantes que cuelga la gente en sus casas sin nada a su alrededor porque ellas solitas han copado todas las paredes. Después me acerco a la sección de lectura y me paro a buscar un libro con el cargo de conciencia que implica no comprar en un comercio pequeño, así que después de hojear un par de ellos decido irme al ansiado final de mi viaje consumista: la sección de deportes.
Allí todo sigue igual. El dependiente sigue siendo el mismo aunque sus canas quieran hacerme dudar. Todavía mira por encima de esas gafas de lejos que lleva colgadas del cuello a la vez que ordena unas cajas de zapatillas que tiene en el mostrador. Él no lo sabe –o sí–, pero me acuerdo perfectamente de él. Aquello no ha cambiado, pero nosotros sí.
De vuelta a la oficina, bajando las escaleras mecánicas, me doy cuenta de que nadie me ha mirado en todo este tiempo. No sospechaban. No era un potencial ladrón. Claro, ya no soy aquel niño que venía con su grupo de amigos a verlo y tocarlo todo. Ese al que los dependientes no le quitaban el ojo de encima por si acaso hacían una travesura que no procedía. Y mira que éramos niños buenos, eh, pero entiendo que no se fiaran de nosotros. Y lo echo de menos, la verdad. Porque en esa adolescencia todo era posible. Teníamos un único plan: ser felices. Flotar por el mundo.
Por eso te escribo a ti, dependiente de esos grandes almacenes. Porque ya no me miras como antes. No siento tu presencia en la nuca. No te veo hacer como que ordenas las camisetas de fútbol para marcar territorio. Y sé que no es tu culpa. Más bien es cosa mía por no aceptarlo pero, ¿cómo se lo explico al niño que habita en mi interior? ¿Cómo le explico qué nos ha pasado, si no ha pasado nada?
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