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Brasil 2014: Funeral en directo

Hasta aquí, el Mundial de España. El torneo nos dura 43 minutos. Fueron bonitos, tuvieron su puntito.

13 de junio 2026


Le pasó a Francia en 2002. A Italia le sucedió lo mismo en 2010. Y nosotros, que no somos más guapos que nadie, no íbamos a estar exentos de la maldición del campeón. Es tradición entre campeones del mundo fracasar estrepitosamente en la edición mundialista en la que se defiende corona, hacer un ridículo descomunal que nos haga comprender que oye, por aquí ya no es, un poco como ese amigo tan necesario que de vez en cuando te dice que tienes que parar. Nosotros, fieles a un compromiso reverencial por las tradiciones, cumplimos con creces nuestro papel de campeón humillado. Sabina cantaba que no existen historias de amor con finales felices, que si es amor no habrá final, y que si lo tiene no será feliz. A nosotros nos hizo falta una melancólica Selección Española para empezar a entenderlo.


Tras los éxitos de 2008, 2010 y 2012, España ha perdido brillo internacional los últimos dos años, especialmente después de la dolorosa derrota ante Brasil por 3-0 en Maracaná un año antes en la final de la Copa Confederaciones. Mantenemos, eso sí, cierto orgullo de campeón herido, aunque nuestro estatus ha bajado un par de peldaños en el escalafón mundial. Para esta cita, compartimos favoritismo con las sospechosas habituales por estos lares, a saber, Alemania, Argentina o Francia, aunque a ninguna de ellas le sienta tan bien la etiqueta de favorita como a la anfitriona Brasil. Medio planeta está convencido de que la FIFA ha preparado este Mundial para que se lo lleve, 74 años después del Maracanazo, la verdeamarela.


Las primeras críticas llegan con la convocatoria del seleccionador Del Bosque, que afronta su tercer gran torneo con España tras reinar en Sudáfrica 2010 y en Ucrania y Polonia 2012. Para esta nueva cita, el salmantino diseña un bloque extremadamente continuista con la trayectoria reciente, lo que genera enormes discrepancias entre la prensa nacional, que advierte de la vejez del grupo y la falta de alternativas. Se acusa a Del Bosque de no haber convocado a los mejores, sino a los jugadores que le han hecho campeón. Se denuncia la ausencia de meritocracia a la hora de confeccionar la lista. La prensa, los taxis y los parroquianos en los bares lo tienen claro, tanta gratitud al bloque nos puede salir muy caro. El seleccionador, consciente del ruido, utiliza un argumento muy habitual en cada torneo de este empaque. Esto no es un videojuego que selecciona a los 23 que estén en mejor forma. Esto es un equipo.


Así pues, de los 23 convocados, 16 jugadores repiten con respecto a Sudáfrica 2010, una barbaridad que debe ser el récord de toda la historia. Pero es que si nos fijamos en la Eurocopa 2012, la cifra aumenta hasta los 18. Únicamente serán De Gea, Azpilicueta, Koke y Diego Costa los que realizarán su debut en un gran torneo internacional. La lista queda así:


Porteros: Casillas, De Gea, Reina

Defensas: Albiol, Piqué, Javi Martínez, Juanfran, Sergio Ramos, Jordi Alba, Azpilicueta

Centrocampistas: Iniesta, Xavi, Cesc, Mata, Xabi Alonso, Koke, Cazorla, Silva

Delanteros: Villa, Torres, Pedro, Diego Costa, Mata

De entre todos ellos, un nombre ha copado más que ninguno las portadas en los diarios: Diego Costa. El delantero del Atlético de Madrid, vigente campeón de Liga y subcampeón de Champions League, tomó la decisión el pasado octubre de renunciar a Brasil para poder jugar el Mundial con España. El lío es tremendo, porque en marzo de 2013 debutó con la canarinha, llegando a jugar dos partidos ante Italia y Rusia, pero como se trataban de encuentros amistosos carentes de oficialidad, la FIFA ha permitido su nacionalización en términos futbolísticos con España. Las malas lenguas dirán que se arrepintió de tal decisión, que se debió a la impaciencia, a la promesa de Del Bosque de que le llevaría a la cita internacional, mientras que tal garantía no existía con el combinado brasileño, siempre tan prolijos en materia ofensiva. A decir verdad, poca gente previó la irrupción del delantero en la temporada, clave absoluta para los éxitos cosechados por el equipo de Simeone. En Brasil, mientras tanto, le acusan de traidor, de resentido, de segundón. Scolari, el técnico de Brasil, echaba más leña al fuego, afirmando que el punta había “dado la espalda a un sueño de millones”. Por su parte, Costa, que siempre ha tenido una arrogancia muy taurina, se defendería atacando. “Scolari nunca me ha llamado por teléfono. El único seleccionador con el que he hablado es con Del Bosque, que se preocupó por mí, me invitó a comer y me hizo saber que contaba conmigo”, comentaba, casi pidiendo perdón al pueblo brasileño por tamaña ofensa nacional.

Con todo el lío, el equipo está claro. Diego Costa y diez más. España debuta en la ciudad con el nombre más sugerente de todo el planeta, Salvador de Bahía, y lo hace contra su último rival en un Mundial: Holanda, esta vez dirigida por el ultra parodiado Louis Van Gaal. Como hace cuatro años en Johannesburgo, la Selección no viste su rojo habitual, sino que lo hace de blanco impoluto. Holanda tampoco repite su tradicional orange, esta vez son ellos los que lucen un azul idéntico al del gol de Iniesta, paradojas del destino tan comunes en las Copas del Mundo. Del Bosque alinea un once muy reconocible, formado por Casillas en portería; Azpilicueta (la gran novedad), Ramos, Piqué y Jordi Alba en defensa, doble pivote para Busquets y Alonso, por delante de ellos una línea de tres con Silva, Xavi e Iniesta; arriba Diego Costa. Al hispano brasileño ni su condición de enemigo público número uno del pueblo brasileño ni las monumentales pitadas que recibe cada vez que toca el balón parecen afectarle, porque mediada la primera mitad tira de picaresca para engañar al árbitro y hacerle pitar un penalti de delantero pillo a todas luces inexistente. No es la manera más sexy de ganar pero oiga, tampoco se puede ir por ahí renunciando a esta clase de regalos. Xabi Alonso, a pesar de lo afirmado aquí en entregas anteriores, convierte desde los once metros el gol de la tranquilidad para nuestros intereses. El partido entra entonces en un duermevela muy habitual de nuestra Selección en los años posteriores a los éxitos, una especie de control del partido desde la modorra, venga a pasarse el balón en zonas irrelevantes pero aquí no pasa nada. Océanos de minutos aburridísimos e insustanciales que, digámoslo sin rodeos, hicieron de España un auténtico coñazo en múltiples ocasiones.

De la siesta nos despierta Silva antes del descanso, que, mediapuntita zurdo y fino como es, decide picarla en el mano a mano en vez de descoserla a un lado como hubiera hecho cualquier hijo de vecino. Los poetas son así y les queremos tal y como son. Era el 2-0 y quién sabe si la sentencia, pero acabó siendo el preliminar de una de las jugadas más memorables de la historia reciente de los Mundiales. Daley Blind pone un balón desde el centro del campo a la espalda de Sergio Ramos, por donde aparece el bobo de Van Persie para rematar de manera extrañísima, con los dos pies en el suelo en contra del recuerdo colectivo, catapultándose desde la frontal hacia el vacío en plan Superman, solo que sin puño en alto. El balón coge una parábola imposible y acaba entrando en la escuadra. Acabamos de ser testigos de uno de los goles de cabeza, me atrevería a afirmar, más icónicos de todos los tiempos.

Hasta aquí, el Mundial de España. El torneo nos dura 43 minutos. Fueron bonitos, tuvieron su puntito. En algún momento llegamos incluso a fantasear con repetir triunfo. Pero lo que sucede en la segunda parte nos despoja de toda ilusión. Debacle nacional sin precedentes, lo cual tiene un mérito enorme conociendo el historial de nuestra Selección en los Mundiales. No sólo eso, también es el funeral de la mejor España que jamás verán nuestros ojos. A los cinco minutos del refresco, Arjen Robben sienta a Ramos y a Piqué, que están haciendo un partido lamentable, y con un tirito manso y al centro logra batir al invisible Casillas. El de Móstoles es otro que asiste a su propio entierro futbolístico bajo la lluvia de Salvador de Bahía. Se lo estaba temiendo todo el planeta a estas alturas, pero lo acabamos de confirmar con el tercero de Holanda. Una falta lateral botada por Sneijder es rematada en área pequeña por De Vrij. Casillas sale con la fuerza de un prebenjamín y el neerlandés le gana el duelo en el aire. Nuestro portero, como de costumbre, reclamará una falta en el salto. Esta vez, después de tantos años de idéntico gesto tras cantada, ya no cuela. Diez minutos después, aún no recuperados del esperpento vivido, nuestro portero otrora héroe nacional se hace un lío con el balón en los pies, situación que aprovecha Van Persie para hacer el 4-1. La broma ha dejado de serlo y ya entramos en el terreno de lo cruel. Entre el bobo de Van Persie y el parodiado Van Gaal nos están dando un agua como hacía tiempo no se veía. Falta otro invitado a la fiesta. En el 80 Robben le vuelve a ganar la espalda a Ramos, Casillas sigue viviendo debajo del larguero y tarda media tarde en en salir, el de Camas le gesticula como diciendo sal tú que a este yo no le pillo (qué partidito, criaturas), a Robben le da tiempo a controlar dentro del área, girarse sobre sí mismo y limpiarse a Iker con media docena de esos toquecitos tan suyos, todo eso mientras debe pensar cómo es posible que de todos estos fue a mí al que echaron del Madrid, coronando tan sádico sainete con un zurdazo a la escuadra. En 36 minutos Holanda nos ha hecho una manita. Han metido todo lo que fallaron en la final de Sudáfrica. El que no se consuela es porque no quiere.

Es una sensación rara. Acostumbrados a los dos Mundiales anteriores, en los que España se encontraba en el grupo H, por lo que en ambos fuimos los últimos en debutar, la derrota contra Holanda se ha producido en el segundo partido de la competición, el inmediatamente posterior al partido inaugural. La sensación de que estamos fuera antes de que el torneo haya empezado tiene algo de malestar hasta físico. Al igual que en Sudáfrica, nuestra primera final nos llega en la segunda jornada de la fase de grupos. Será contra una vieja conocida, Chile, ahora dirigida por un Sampaoli que ha diseñado una de las sensaciones del fútbol sudamericano. Tratamos de agarrarnos a lo vivido cuatro años atrás después del partido de Suiza, pero no es lo mismo. Somos cuatro años más viejos, más lentos, más previsibles. Y todavía nos queda lo peor.


El escenario para despedir al combinado más exitoso de la historia está a la altura del inminente difunto. Maracaná se ha teñido de rojo merced a la invasión chilena. No es que seamos visitantes en el estadio más famoso del mundo. Somos enemigos directamente. Aquellos no chilenos presentes en el campo, es decir, unos cuantos brasileños, nos profesan un odio visceral y les ha faltado tiempo para hermanarse con sus vecinos de continente. Tenemos todo en contra. En otra de esas paradojas balompédicas, España viste entera de rojo en un esperpento de equipación monocromo. Más que la Selección, parecemos el Liverpool. Los presagios son de todo menos halagüeños. Del Bosque hace dos cambios con respecto al once de Holanda. Javi Martínez entra por Piqué y Pedro lo hace por Xavi, pasando Silva a la mediapunta y el extremo culé a la banda derecha. Más funerales. Todavía no lo sabemos, pero Xavi Hernández no volverá a enfundarse la camiseta de España.

Chile mete el primer gol antes de que pite el árbitro. La ceremonia de los himnos es una tortura para los nuestros. 75.000 almas enajenadas se desgañitan berreando los acordes de un himno ininteligible, que quizá por eso nos da más miedo. Ríete tú del Fratelli d´Italia o del God save the Queen. Lo de esta gente no lo hemos visto nunca. Parece que de un momento a otro va a surgir San Martín resucitado cruzando la cordillera de los Andes a lomos de un caballo blanco defendiendo el orgullo patrio ante el invasor extranjero. Tenemos un continente entero dispuesto a devorarnos y nosotros, pobrecicos, nos conformamos con once pánfilos incapacitados para defender el orgullo de una nación deprimida.


Lo del himno es un decir, claro, pero esconde algo de verdad. A los treinta segundos Chile aprovecha un barullo en el área y no marca de milagro. En el córner posterior, Jara remata solo desde el punto de penalti. No es gol porque el que remata es Jara y no Van Persie. No llevamos ni dos minutos y ya podemos observar que Casillas está acojonado, que nos espera una tarde como la de Holanda. Estamos apañados. Nuestros temores se confirman poco después. Xabi Alonso, impreciso, pierde un balón donde no se debe perder nunca, lo que origina un contraataque bien trenzado entre Arturo Vidal y Alexis Sánchez, que culmina Eduardo Vargas poniendo el primero en el marcador. Casillas hace una de sus infames salidas, lento y con los pies por delante, que no por habituales dejan de ser ridículas. Duele afirmarlo, pero jugar con este Iker es directamente anticompetitivo. La sensación es doblemente trágica. La sensación, lo saben los nuestros y lo saben los rivales, es que nuestro portero ha llegado a esta Copa del Mundo mentalmente fuera, que cualquier balón que vaya a puerta va a ser gol.


Lo confirmamos antes del descanso. Alexis Sánchez bota una falta directa mansa, no especialmente bien colocada. El guardameta español da un paso a la izquierda y, error de concepto de alevines, despeja de puños hacia el centro una pelota bien sencilla. Como España lleva todo el torneo defendiendo con la mirada, el balón le cae a Charles Aranguiz, que a la remanguillé consigue impactar con el esférico y, dado que el disparo va a portería, hacer el segundo del partido.El disparo es para verlo. Le pega sin coger carrerilla, en palanca y con el exterior. Bueno pues ni aun así Casillas es capaz de llegar. Da igual que el balón vaya a un metro de distancia, que no llega. Hemos llevado a Brasil un ex portero. 2-0 al descanso y, ahora sí que sí, firmamos nuestra acta de defunción. Del segundo tiempo no merece la pena comentar nada, más allá de que Del Bosque prefiere dar entrada a Koke en vez de a Xavi, que cada vez que le enfoca la cámara está poniendo caritas en el banquillo. Maracaná nos deja la eliminación española y algo más doloroso, la constatación del final deportivo de los dos capitanes, cuyo lamentable adiós no puede empañar una trayectoria superlativa. Casillas y Xavi, palabras mayores del fútbol español. Probablemente, los dos jugadores más importantes de la historia de nuestra selección.

Y ahora qué se hace. Y ahora qué hacemos. Estamos matemáticamente eliminados y el Mundial acaba de empezar. Cómo seguimos con esto. Nos toca, no queda otra, aprender a ver el torneo sabiendo que nuestro equipo está fuera, que podremos disfrutar de la fiesta del fútbol sin los forofismos propios de la militancia. Con esa actitud nos presentamos ante Australia, el tercer rival del grupo, que tampoco se juega nada.


Jugamos en el Arena da Baixada, en Curitiba, que no puede competir con la sonoridad de Salvador de Bahía ni con la majestuosidad de Maracaná. Hasta el estadio es un bajón. Por si fuera poco, lo hacemos de día, que siempre le quita solemnidad. Los partidos importantes, los que realmente merecen la pena, siempre se juegan por la noche, lo sabe cualquiera. Estrenamos una equipación negra con ribetes fosforitos, que, tirando de memoria, diría que este va a ser el primer y último partido oficial que disputamos de esta guisa. El caso es que entre el desinterés competitivo, las equipaciones, el estadio y la hora, esto parece un amistoso de pretemporada. Todo en Curitiba es deprimente. El partido solo vale para las estadísticas.


Del Bosque alinea un once plagado de novedades con Pepe Reina en portería, defensa para Juanfran, Ramos, Albiol y Jordi Alba, en el centro del campo Xabi Alonso, Koke e Iniesta, y arriba Cazorla, Villa y Torres. Homenaje póstumo a la generación que nos hizo campeones del mundo y que se despedirán del escaparate internacional en Brasil. El Guaje Villa hace el primero con un bonito taconazo a pase de su compañero del Atleti Juanfran. El gol, irrelevante en lo inmediato, tiene su enjundia. Es el noveno tanto del asturiano en Copas del Mundo, siendo, con mucha diferencia, el máximo goleador español en esta competición. Le siguen, con cinco goles, Morientes, Raúl, Butragueño y Fernando Hierro. Además, Villa se convierte así en el cuarto español de todos los tiempos en anotar en tres Mundiales distintos, uniéndose al selecto club formado por Julio Salinas (yo también he alucinado), y los ya mencionados Hierro y Raúl. En fin, David Villa, gran infravalorado de nuestro fútbol que tiene que estar en cualquier once histórico de la Selección se mire por donde se mire.


En el segundo tiempo anotarán Fernando Torres, cuarto gol del Niño en citas mundialistas (en Sudáfrica no mojó) y otro campeón del mundo, Juan Mata. 3-0, victoria melancólica y cierto lavado de imagen tras las debacles de Holanda y Chile, aunque difícilmente vayamos a poder disimular el hecho de haber sido la primera delegación en hacer las maletas. La maldición del campeón, una vez más, fiel a su cita. Qué quieres que te diga. Que nos quiten lo bailado. Ojalá repetir maldición así cada ocho años.

Ya sin España, Mundial descafeinado el que nos toca vivir. Lo vamos a disfrutar incluso más así, imagínate ahora volver al sufrimiento de los cuartos de final, de las tandas de penaltis, de los calambres en las prórrogas, de los árbitros que no pitan o que pitan mucho. Imagínate volver ahora a una final, ese runrún los días previos, ese sinvivir del día de la final. Quita quita, vaya pereza. Los futboleros somos así. Brasil 2014 va de más a menos, con una fase de grupos espectacular (cómo olvidar esa Costa Rica en el grupo de la muerte, o ese mordisco de Luis Suárez a Chiellini), y unos cruces más flojos. Será siempre el Mundial frustrado de Neymar, a quien el colombiano Zúñiga le impidió coronarse rey del fútbol en Maracaná, de los golazos de James Rodríguez y de una Argentina flojísima plantándose en la final. Y sobre todo de una máquina de jugar al fútbol casi perfecta, Alemania, justa campeona ante la albiceleste de Messi que no le puso las cosas nada sencillas en la final. Para el recuerdo quedan aquellas semifinales memorables ante Brasil, ya sin Neymar, en las que Kroos, Muller, Klose, Khedira y compañía endosaban siete goles como siete Corcovados a los locales, para gozo y deleite del siempre sádico planeta futbolero. Lo que nos gusta ver caer a los gigantes cuanto más estrepitosamente mejor, la virgen.


Para nosotros, claro está, nada de ello es remotamente comparable a lo que este Mundial supuso en nuestros corazones, el triste final de una Selección perfecta, quizá la mejor de toda la historia, que ganó más que ninguna otra, que fue admirada por el mundo entero y que nos dio los mejores años de nuestras vidas. Descanse en paz allá donde esté. Tuyos seremos siempre.

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