Sociedad

¿Es nostalgia o es un lujo?

La plataforma diseñada para entretenerte también te entrena para no poder parar. 

22 de mayo 2026


Ya no sabríamos quedarnos a solas con nuestro iPod Shuffle. 

¡Pam! Recuerdo desbloqueado. Toma, para ti. De nada. ¿Llegaste a tener uno? 

Hace unos días, vi un anuncio del iPod Shuffle en pleno 2026 en el metro de Nueva York. Pensé: pf, qué nostalgia… Y luego: pf, qué lujo… De repente, eché de menos mi iPod Shuffle y todas las canciones que llegué a meter ahí dentro. 

Recordé esas largas tardes en casa, con los deberes ya hechos, el olor de la merienda que preparaba mi madre colándose en mi habitación, con mi primer portátil, descargando canciones de vete tú a saber dónde, arrastrándolas a la carpeta USB. Había algo casi ceremonial en todo aquello: elegir qué cabía y qué se quedaba fuera en ese espacio tan pequeño y tan mío. Una playlist que nadie más había diseñado para mí. Que yo mismo

había construido canción por canción, con tiempo y criterio, o sin ninguno de los dos. Pero qué maravilla. 

Ya nunca más viviré eso, pensé después de ver ese anuncio. Y no fui el único al que le llamó la atención. El cartel era parte de la campaña de Back Market para vender iPod Shuffles reacondicionados, y su gancho era tan sencillo como provocador: "Zero screen time". La ausencia de pantalla destacaba por ser una característica más, no como defecto. 

Tony Fadell, exdirectivo de Apple que lideró el desarrollo del iPod original, compartió esa foto en X con una reflexión: cuando construimos el iPod, el objetivo era que la tecnología desapareciera y que pudieras tener tu música donde fuera. Ahora vivimos un momento en el que la gente busca activamente formas de desconectarse del scrolling infinito, los algoritmos y las notificaciones constantes. Mis dieses, Tony. Así debería ser, pero se nos ha ido de las manos. Luego lo entendí: lo que me pasó al ver la fotografía no era nostalgia gratuita, era otra cosa. 

Estamos tan sobresaturados que se nos olvida que hubo un tiempo en que comprábamos productos que solo servían para una cosa: escuchar música. Nada más. No te pedían suscripciones. No te observaban a escondidas. No aprendían de ti. No te sugerían nueva música. Simplemente… la música, tu música, sonaba. 

Los adultos estadounidenses pasan de media entre seis y siete horas frente a la pantalla al día. En España el panorama no es muy diferente: según datos de RTVE, los jóvenes de entre 18 y 24 años pasan más de cuatro horas y media al día usando el móvil, y el uso se dispara a partir de los 15 años, con el 90% de los adolescentes españoles de 15 y 16 años reconociendo usarlo frecuentemente a diario. 

La ciencia ya le ha puesto nombre a eso que nos atrapa, y que no es la música: doomscrolling. La acción de leer noticias sin parar, a menudo negativas, en las redes sociales. No es que nos encante: es que nuestro cerebro bucea inconscientemente por ese tipo de contenido hasta tal punto que nos creemos que es lo que queremos. Un metaanálisis publicado en Psychological Bulletin, con datos de casi 100.000 participantes en 71 estudios, encontró que el mayor uso de vídeos cortos —TikTok, Reels, Shorts— se asocia con peor rendimiento cognitivo, especialmente en atención y control de impulsos, además de mayor estrés y ansiedad. Es decir, la plataforma diseñada para entretenerte también te entrena para no poder parar. 

Lo más llamativo es que, en el fondo, lo sabemos. Según una encuesta de RTVE de diciembre de 2025, casi tres de cada cuatro usuarios en España siente que debería usar menos el móvil. El malestar es especialmente intenso entre el rango de 25 a 34 años, yo el primero, que justamente formo parte de esa generación que creció con el iPod Shuffle. Esto es una mera puntualización, no una acusación. 

Y la evidencia apunta en una sola dirección: un experimento publicado por Oxford University Press en 2025 reveló que bloquear el acceso a internet durante dos semanas produjo mejoras significativas en la salud mental, la satisfacción con la vida y la capacidad de atención sostenida, con efectos comparables a los de tratamientos establecidos. Dos semanas sin scrolling, sin short-videos, sin trends. Suena, paradójicamente, a lujo inalcanzable. 

Me dedico a un trabajo creativo en una productora de cine. Y en los últimos años he visto cómo ha cambiado significativamente mi forma de pensar ideas, de trabajarlas, de escribirlas y de demostrar que funcionan. La atención ya no es lo que era. El silencio tampoco. 

Echo de menos esos aparatos en los que el algoritmo no decidía cuál era la próxima canción. Sin notificaciones, sin scroll infinito, sin pantalla. Sin esa presión silenciosa de que siempre hay algo más, algo mejor, algo que te estás perdiendo. 

Quizás la nostalgia del iPod Shuffle no sea romanticismo tecnológico… Quizás sea el síntoma de algo más urgente: la necesidad de recuperar el tipo de atención que nos permite, simplemente, escuchar una canción de principio a fin. Sin saltarla. Sin mirar el teléfono a mitad. Sin preguntarnos qué viene después. 

Eso era el iPod Shuffle. 

Hoy parece un lujo, quizás porque lo es. 

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Fuentes: Dallas Express, Tony Fadell en X, datos RTVE, Psychological Bulletin, Oxford University Press.


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