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Euro VII: Su gran noche
Oyarzabal, que es un futbolista de otra época perfectamente acoplado en esta, abrió a Cucurella que galopaba por la banda izquierda, sólo se veía pelo.
15 de julio 2024
Oyarzabal, que es un futbolista de otra época perfectamente acoplado en esta, abrió a Cucurella que galopaba por la banda izquierda, sólo se veía pelo.
España vuelve a ser campeona de Europa, siete victorias en siete encuentros: demostrando partido tras partido que son los que mejor juegan a fútbol y viendo portería, que no siempre van de la mano. EL 14 de julio en Berlín fue su gran noche, la gran noche de unos tipos en los que no muchos confiaron, pero que a base de ganar y ganar y ganar y volver a ganar se hicieron con la Eurocopa 2024 y quedarán para siempre en nuestro recuerdo. Si no dan la campanada en este torneo, cuánto idiota les señalaría con el dedo inquisidor de la ignorancia. Fue su gran noche, nuestra gran noche.
España salió al campo con el balón, pero costaba reconocer a ese equipo ofensivo que vimos durante toda la Euro. Llegaban con cierto miedo, como si aún estuvieran reponiéndose de la horrorosa presentación de la final donde se mezclaron unos bailes rarísimos, niños con los guantes de la pandemia, unos saltimbanquis y rematado todo por unos señores frente a unos teclados interpretando la canción de la Eurocopa: atroz. No es de extrañar que ambos equipos mostrasen cierto aturdimiento durante la primera parte, me costó reponerme a mí en casa. Los ingleses llegaban menos, pero cada vez que se acercaban al área española generaban un runrún. Rodri estuvo inmenso, pero no era capaz de conectar con los de arriba, y se echó de menos el descaro y la osadía de las bandas. Foden, que siempre pesca en río revuelto, estuvo muy cerca de poner el 0-1, atajó Unai y con el empate se fueron al vestuario.
España volvió al campo sin Rodri, lesionado, que fue sustituido magistralmente por Zubimendi: tuvo la oportunidad y demostró lo que vale. Pese a la falta del cerebro del equipo, la Selección salió enchufada. No sé qué les diría Luis de la Fuente, pero volvíamos a ver sobre el campo a la España que ilusiona, gusta y nos hace felices. Lamine Yamal cogió una bola en la banda y sin pensarlo se fue rumbo a la portería de Pickford, de donde sólo había sueños se fabricó una jugada espectacular para dejársela a Williams que reventó la portería. España estaba por delante, dominaba, y las ocasiones se repetían: Morata, Williams, Lamine. Las oportunidades hay que aprovecharlas, no sólo tenerlas, porque en ese caso no sirven de nada. Así que dejándolas pasar, no cerrando el partido, Palmer empató para Inglaterra. Ya nos veíamos celebrando y entonando aquello de “Soy español, ¿a qué quieres que te gane?” y volvíamos a estar igualados. Suerte que sólo fue en el marcador, porque sobre el césped los españoles eran mejores e iban a demostrarlo. Oyarzabal, que es un futbolista de otra época perfectamente acoplado en esta, abrió a Cucurella que galopaba por la banda izquierda, sólo se veía pelo, éste vio el hueco y se la puso en profundidad a Oyarzabal de nuevo, que siendo más listo que los ingleses se adelantó y remachó un balón que mandó a gol. Un gol que valía una Eurocopa, un gol que llevaba a la gloria. El reloj apuraba, y sobre los segundos y la línea de gol Dani Olmo salvó a su equipo y a un país de la agonía de la prórroga. España campeona.
Ni política ni razas ni religión: sólo fútbol. Por esto es por lo que España levantó la Eurocopa, la cuarta de su historia en cinco ocasiones, por un grupo de jóvenes y no tanto que han sido capaces de entenderse a la perfección y bajo la batuta de Luis de la Fuente conformar un equipo más que una selección: unos tíos que parece que llevan años jugando juntos. Doce años después, los españoles nos volvemos a querer un poco más: un breve espejismo del que vale la pena disfrutar. Gracias.
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