Remoloneo en Redondela, apurando un café antes de comenzar a caminar. De la barra del bar cojo el Diario de Pontevedra; cualquier excusa es buena para retrasar el momento de cargar el macuto a la espalda. Hojeo un rato las páginas del periódico. Leo la sección de economía, la de deportes, los pasatiempos, y llego a sucesos donde encuentro el titular del verano: “Pillados ‘in fraganti’ tres septuagenarios que robaron ropa en el mercadillo de Baltar”.
Indago online, ¿cómo no hacerlo con este titular? Varios medios de la región se han hecho eco de la noticia —por no decir que la han copiado—: el Faro de Vigo, el Diario de Arousa, Diario do Salmés, Pontevedra Viva, el Diario de Santiago.

La imagen es la misma en todos los periódicos, y no me extraña porque es maravillosa. Analicémosla. En la esquina superior izquierda, un post-it con algo que podría ser una lista de la compra. En la esquina superior derecha, una concha con Sanxenxo escrito en mayúsculas, que quede claro dónde se ha llevado a cabo esta implacable acción policial. A la derecha el suelo de piedra propio de casa de abuela gallega. En el centro, las prendas incautadas están dispuestas como si de un alijo de droga se tratara; tal vez los agentes también son septuagenarios —ojalá— con experiencia organizando estas mesas con mercancía de la ría.
Curiosa selección de prendas, parece difícil combinar unos pantalones de lino blanco con una cazadora beige, pero no subestimemos a nuestros ladrones. Además, este robo confirma un fenómeno de la moda masculina que llevamos tiempo observando: el pantalón de lino ya no es una prenda formenteril-mediterránea para jóvenes, ya se ha convertido en una prenda nacional (nuestros ladrones son de Cáceres y Badajoz) e intergeneracional (tienen 71, 74 y 76 años). Mi afinado ojo detectivesco me lleva a concluir que los vaqueros son falsos, pues la etiqueta roja de Levi’s bordada en la parte trasera junto con las etiquetas de TMK y de CSX evidencian la imitación. Paso de puntillas por la cazadora —la capucha parece apropiada para el clima de la región— para llegar a la prenda que me lleva dando vueltas a la cabeza durante un par de días: la camiseta del Real Madrid.
Cito la noticia: “pidieron al hombre que acompañaba a las dos mujeres que abriese el carro”. Permitidme una licencia; consideraré el texto en su literalidad, en concreto una frase: hombre que acompañaba a las mujeres. Otra licencia: juguemos a imaginar. Lunes de agosto, Juan Carlos —llamémosle así— se despierta en su casona de Sanxenxo. Se acerca a la terraza, el desayuno está puesto, todo lo que le gusta encima de la mesa. El café americano, largo, el huevo, duro, y la pera, pelada y cortada. Qué contenta se pone Rosa en vacaciones, piensa Juan Carlos, pero esto supera cualquier expectativa; minutos más tarde entiende por qué. “Juanqui, cariño, Merce se ha enterado de que ponen mercadillo en Baltar, ¿nos acercas?” A Juan Carlos —Juanqui en adelante— también le pone de buen humor el verano, y sobre todo la pera, pelada y cortada, que seguro que Rosa ha hecho un esfuerzo en prepararlo con la artrosis. Acepta la petición. Juanqui busca Baltar1 en el móvil y suelta una carcajada. “Mirad qué gracioso, si el pueblo este tiene forma de cimbrel”. Todos ríen. De qué buen humor nos pone a todos el verano.

Al llegar al mercadillo, Juanqui estaciona en segunda fila y enciende las luces de emergencia de su Polo blanco.
—Pasadlo bien, luego me escribís un mensaje para que os recoja.
—No hombre no, Juanqui. Aparca y te vienes con nosotras, si no tienes nada que hacer. Y seguro que encuentras algo.
Juanqui se hace el remolón, pero la realidad es que no le desagrada pasar una mañana con su cuñada y su mujer, que se pasan todo el día en la playa y él, que ya no soporta el calor, está harto de hacer autodefinidos solo en casa. Acepta.
Del maletero toman el carrito de compra que utilizan en Badajoz y comienzan a caminar por el mercadillo. Juanqui arrastrando el carrito, Rosa y Merce por delante mirando y comentando los puestos. De pronto se detienen en uno, Juanqui las alcanza y lee en un cartel: “Desinfectar antes de probar”
—¿Habéis leído aquello?
—Nada, nada, cariño, por eso no te preocupes, es un cartel de la pandemia. Todo nuevo, primeras marcas— contesta la mujer del puesto.
Rosa y Merce ven unos vaqueros, los cogen, los miran, se los colocan encima de la ropa.
—¿Qué tal nos quedan, Juanqui? Son Levi’s.
—Estupendamente— responde un Juanqui que ya no está con ellas, sino mirando el puesto de al lado donde tienen las nuevas equipaciones del Madrid, la primera y la segunda. Le gusta la segunda, el color azul eléctrico y el logo de Adidas del trébol —por fin, piensa—, pero la suya es la blanca, como su corazón, como quieren que pinten su ataúd el día que muera.
Mientras tanto, Rosa y Merce se acercan a la vendedora y le dicen que se llevan los dos vaqueros, que aprovechan la oferta del 2x1 del cartel.
—No, no, guapas, eso es un cartel de la pandemia, ahora tenemos 3x2.
Rosa y Merce tuercen el gesto, y miran a Juanqui buscando una tercera opinión. Juanqui, que lleva tiempo sin atender, entiende que tiene que contestar. No se le ocurre otra cosa que imitarlas. Tuerce el gesto también.
—¿Te metiste chubasquero en la maleta, Juanqui?
—-No, no, chubasquero no— Juanqui no metió nada, la maleta se la preparó entera Rosa.
Merce toma una cazadora beige del puesto y se la pone a Juanqui por encima.
—¿3x2?
—Claro que sí, guapa. Os cobro, ¿con tarjeta?
—Sí, por favor— En verano las hermanas no utilizan efectivo, vete tú a saber por qué, es su costumbre; como quien se deja crecer la barba, o quien decide leer los libros que no lee durante el año.
—Espera que os traigo la maquinita.
Rosa y Merce remueven en sus bolsos buscando la cartera durante cuatro segundos, dos segundos más de lo habitual. No encuentran lo que buscan, no han traído dinero.
—Juanqui, ¿trajiste tú cartera?— Juanqui, sigue pensando en la nueva equipación, en todos los años que lleva sin comprarse una; diez años calcula, la última de Raúl. Este año va a ser bueno, piensa, este Xabi Alonso nos va a dar muchas alegrías, y encima es bien guapo, aunque esto no pueda decirlo en la peña. Rosa y Merce le observan esperando una respuesta; como antes le ha funcionado, vuelve a torcer el gesto. Las hermanas se miran, piensan. No van a volver a este mercadillo, los Levi’s les van a quedar estupendos paseando por Badajoz, y en Extremadura ni una sola tienda Levi’s tienen. A Merce la domina su espíritu rebelde de hermana pequeña —aunque ya tiene 71 años— y echa las prendas al carro.
—Tira— le dice a Juanqui, que no se ha enterado de nada.
Avanzan varios puestos, ya no vislumbran el lugar del crimen. Rosa está nerviosa, Merce excitada, Juanqui ilusionado con Xabi Alonso.
—Juanqui, vámonos ya, que nos van a pillar.
—¿A pillar de qué?
—El robo, Juanqui, el robo.
—¿Qué robo?
—El de la ropa, Juanqui.
—¿Por qué habéis robado?
—Porque nadie tenía dinero.
—Pero si yo tengo, vamos a pagarlo ahora mismo.
Las hermanas se niegan, no piensan pasar por esa vergüenza.
—Que sí que pagamos, y ahora mismo. Y si no llamo a la policía. Yo soy un noble y bélico adalid. Un caballero del honor.
Rosa y Merce se niegan, no quieren pasar por el trago. Rosa tiene una idea.
—Dame el dinero, Juanqui.
Juanqui entrega el dinero a su mujer y le deja marchar. Rosa vuelve dos minutos después con una camiseta del Madrid para Juanqui, y unos pantalones de lino para que se anime a bajar a la playa.
—Para que estés calladito y no digas nada.
Juanqui —el noble y bélico adalid, el caballero de honor— ha sido corrompido. Mete la camiseta en el carrito, reprime una sonrisa y escapan a toda velocidad, toda la que les permiten sus siete decenas de años. Apenas han dado treinta pasos cuando escuchan a una mujer gritando a sus espaldas. El resto de la historia ya os la sabéis.
Juan Carlos, Juanqui. No te conozco, quizás no existas, pero de alguna manera me reconozco en ti. Tú también estás ilusionado con el nuevo Madrid, con Xabi Alonso. Seguro que no sabes pronunciar el nombre de los fichajes —ni Huijsen, ni Trent Alexander-Arnold, ni Mastantouno—, yo tampoco sé, pero te has vuelto a ilusionar, un año más, ni un minuto ha tenido que rodar el esférico. Solo espero que desde donde estés, Juanqui, desde el calabozo, desde tu casa o desde una residencia, hayas podido ver a nuestro Madrid y hayas vuelto a vibrar. Si lees esto, Juanqui, mándame tu dirección y te envío la nueva camiseta —la primera—, aunque tenga que desviarme del camino para robarla en algún mercadillo.
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1 Nota del editor: efectivamente, el Baltar donde transcurre el mercadillo es un lugar sito en Sanxenxo y no en Ourense, pero nos lo tomamos como una broma de Juanqui.