Ficciones

Pasados por alto

Cuestión difícil de digerir; los hay que habrían preferido la invasión clásica.

21 de julio 2025


Siempre lo habíamos esperado, aunque no de esta manera. Formas de vida extraterrestre visitaron la Tierra en algún momento entre 20xx y 20xx. Pero no fue a nosotros a quienes visitaron, sino a nuestros árboles.

Es la conclusión unánime de largas investigaciones. Todo empezó en Normandía, en cierta granja cuyos árboles dieron un día un fruto extraño. A ellos siguieron otros: en Perú, India, Sudáfrica; ciertas regiones desérticas de Mongolia. Se analizó la composición de los frutos y no cupo la menor duda: no tenían origen terrestre.

De por qué lo hicieron o si se llevaron algo consigo (o lo dejaron tras de sí) no supimos nada. Los frutos, en cualquier caso, murieron tiempo después, y nos quedamos de nuevo sumidos en el silencio. A la alegría inicial siguió pronto una blanda melancolía, y después una apatía diáfana, gris. Aún seguimos en esas.

Se concibieron filosofías, sistemas. Hubo en el principio una vibrante asimilación del contacto: no estábamos solos, todo lo que creíamos saber hasta entonces era falso, etc. Se dio al traste con buena parte de las religiones, edificios levantados sobre el hombre como principio y destino del universo, pero poco más. Nada vino a sustituirlas. Algunas guerras terminaron, empezaron otras; aumentó el número de suicidios. También se dio una segunda vida a ciertos autores. Pícnic al borde del camino se convirtió en un éxito superventas.

La única respuesta fue que habíamos sido pasados por alto. Cuestión difícil de digerir; los hay que habrían preferido la invasión clásica. La lección que nos reservaba el universo era que no había lecciones. La catarsis: que no había catarsis1.

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1 La vida humana es un acontecimiento cualquiera. Leí en algún sitio que pensar es una propiedad del cerebro lo mismo que arder es una propiedad de la madera.

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…El sueño es el siguiente: asciendo por un tramo de escaleras. Piso a piso los números se suceden: primero, segundo, tercero…, trigésimo cuarto, quinto, sexto. Por alguna razón me inquieta no haberme detenido en un mismo piso, el cuarto sigue al cuarto sigue al cuarto, pongamos; como si el hecho de estar atrapado en un bucle fuese de algún modo tranquilizador. Pero no: aquí una planta sucede a la siguiente, hasta el infinito. Me atenaza una terrible congoja, y cada vez estoy más cansado. En cierto punto ya no distingo los números, me cuesta coger aire, se me nubla la vista. Me siento en el rellano a descansar, y en ese momento un hombre se cruza conmigo. El hombre deshace el camino en sentido contrario, se agarra ansiosamente a la barandilla, ni siquiera repara en mí. Yo le pregunto que adónde conducen las escaleras, y me dice: yo iba a hacerte la misma pregunta.


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