Uno entiende la noche de Reyes cuando cede el protagonismo a las nuevas generaciones y empieza a heredar el lugar de los mayores en la mesa. Cada vez que veo a un niño pequeño por estas fechas me pregunto si mi sonrisa y mis ojos transmitían esa inocencia de quien todavía está descubriendo la bondad y la maldad del mundo en el que vive. Todo les hace ilusión, todo les hace gracia y sin ser conscientes de ello se convierten en la fuente de energía y felicidad de la familia. No importa los dolores que haya sufrido la abuela, lo estresado que esté uno por el trabajo o que su equipo de fútbol no de otra cosa que disgustos. Porque cuando el pequeño entra por la puerta todos sacamos nuestros dotes de artistas y disimulamos hasta los sufrimientos más profundos.
Hace muchos años que comprendí la importancia de los niños y de la familia en noches como estas. Porque cuando ya sabes cómo funciona todo lo único que te mueve es el amor por los tuyos. Jamás pensé que sería capaz de aguantar colas interminables, pasillos llenos de gente y un salón patas arriba lleno de regalos. No me imaginé que cuando llegara la noche tuviera la emoción de ver la cara de los otros a la hora de abrir los paquetes que les había comprado, y que fuera capaz de entender que la verdadera felicidad comienza cuando uno pasa a un segundo o tercer plano.
Merece mucho la pena seguir construyendo a través del único pilar que aguanta todos los envites y del único lugar que siempre será nuestro mejor escondite. Una puerta que siempre estará abierta y unas paredes desde las que nos podemos sentir libres. Todo lo que se hace con amor nunca saldrá mal, pero para ello hay que entender que lo bonito de la Navidad y de los Reyes no es lo material, sino todo lo que nos mueve en unas fechas donde volvemos a ser niños, jugamos a ser adultos y recordamos a nuestros queridos difuntos. Comienza la cuesta de enero, pero que divertido ha sido veros a todos así de felices y de contentos.