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Un verano Kerouac
Saco una edición barata de Big Sur y me la llevo a la playa para recordar qué vi en él cuando tenía quince años.
28 de agosto 2025
Pasan los años y uno olvida en qué momento exacto llegó a la conclusión de que tenía que escribir. Para unos es un pasatiempo, para otros un ejercicio terapéutico, algunos sienten una necesidad invencible. Hay quien ve en la escritura una necia posibilidad de ganarle unos años a la muerte, de dejar algún tipo de huella, de taquear en los retretes de la eternidad, de mear en una esquina del tiempo y marcar territorio. Sea como sea, la escritura suele nacer de lecturas concretas que nos dicen que nosotros también, que igual deberíamos y que vale la pena intentarlo.
Kerouac es uno de esos autores que, al leerlo mientras salimos de la adolescencia, nos convence de que convertirnos en escritores es una opción razonable. Incluso cuando sus libros nos advierten de los peligros que acechan cuando nos lanzamos a la vida en busca de cosas que escribir. Podemos perdernos en un viaje al final de la noche. Es un tópico leer En el camino y querer ser un bohemio, un beatnik que conjuga la vida disoluta con la sensibilidad del poeta, una forma de ser tan vieja como la humanidad. El joven sensible que cree ver en una botella rota y pegajosa algo que los demás no ven.
Independientemente de la mala literatura que esa actitud pueda producir, son unos primeros pasos que pueden llevar a algo más serio y, pasados los años, uno echa la vista atrás y decide volver a esas lecturas que hicieron de uno lo que es. Saco una edición barata de Big Sur y me la llevo a la playa para recordar qué vi en Kerouac cuando tenía quince años. Espero leerlo con distancia, con la soberbia de un lector que ha crecido y lee cosas más provechosas, más graves, de más enjundia. Pero la novela se abre y uno recuerda por qué Kerouac es la droga de iniciación para tantos. Las páginas se beben con placer, la sensibilidad y las descripciones están ahí para recordarnos cómo debemos mirar y qué vale la pena registrar con palabras sobre el papel.
Sin artificios, con honestidad, un Kerouac que ya se acerca a los cuarenta y ha vivido el éxito literario nos invita a un retiro en una casa de campo donde nos empapamos de sol y salitre, damos de comer a un burro sagrado y nos dejamos abrazar por las tareas de supervivencia —preparar una comida sencilla en un hornillo, limpiar la casa, zurcir el saco de dormir— y la espiritualidad que nos susurra el bosque. Tanta quietud resulta al final insoportable para Kerouac, que a los pocos días sale huyendo para volver de cualquier forma a la ciudad y, dando tumbos, entrar en el primer bar, reencontrarse con los amigos y perderse en una nube de alcohol para hablar hasta la madrugada de literatura y budismo.
Ahí vemos los pecios de la marea beatnik, los supervivientes: uno ha pasado por la cárcel y trabaja en un taller de neumáticos; otro se encuentra gravemente enfermo en el hospital y cuando seguimos al narrador en el viaje en coche que hacen los viejos bohemios para visitarlo sentimos el viento que se cuela por la ventanilla mientras damos sorbos de una botella de licor. No es el descubrimiento por parte del urbanita de que no aguanta el bosque sino la necesidad del alcohólico, del crápula, por volver a emborracharse. Enfermo de literatura, pero también de cirrosis.
En su búsqueda, Kerouac ha quedado atrapado en un callejón cuya única salida es el fallo hepático. Por el camino, nos cuenta en Big Sur todo lo que uno puede descubrir si tiene los ojos bien abiertos. Un viaje en busca de literatura por el que se paga un alto precio. Todavía no tengo claro que valga la pena, pero tomo nota de la advertencia.
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