Volvía del trabajo caminando -ay, qué poco valoramos vivir en ciudades pequeñas- mientras escuchaba algo de música. Cada paso era uno más que el anterior. Uno menos también. Una pequeña condena que me hacía ver que aquel día de perros en el trabajo había sido de verdad y que lo que me apretaba en el cuello no era ninguna corbata, sino la rutina.
Como hombre de costumbres que soy, suelo hacer siempre el mismo recorrido de vuelta. No me gusta cambiar. Prefiero saber qué estación del año es según la fruta de temporada que tenga expuesta el frutero o los cambios de look que sufren los maniquíes de la tienda de moda femenina por la que paso siempre.
Algo cambió ese jueves tormentoso. No sé por qué, decidí callejear un poco y ver a los niños tirarle pan a los patos por un parque que no me pilla de camino, pero que siempre es amable por su estanque impoluto.
Al salir de allí encaré un par de semáforos, giré a la izquierda y fue ahí donde encontré mi virtuosa casualidad (les dejo aquí el episodio del Hotel Jorge Juan en el que descubrí este maravilloso término). Cientos de pájaros se encontraban posados en la estructura de una grúa que hay en una obra de al lado de casa. A ellos se unían las últimas luces del día y algún que otro vuelo de los que, rezagados, buscaban cobijo en el metal.
Fue ahí cuando volví a entender de qué va todo esto. El color de los pájaros maridaba con el del cielo y la grúa de forma hipnótica. Aquello debía ser obra de algo superior a nosotros. Alguien que solo quería hacerme ver que no siempre estamos bien, y que eso, en verdad, tampoco está tan mal. Porque la vida, pese a ser un vecino antipático casi siempre, te regala segundos que saben a felicidad y reconciliación. Y aunque te replantees tu vida cada día, ella misma se encarga de que vuelvas a creer un poco en que merece la pena estar por aquí. Que no está mal darnos el lujo de no pensar en cuánto nos queda y que ahora, justo ahora, no me apetece irme.