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Las mijitas del freidor
Llega una edad en la que uno no pierde la curiosidad, pero sí que desiste ante la excelencia. No busca la faena rotunda.
27 de agosto 2025
Hace no mucho me topé con un video en instagram en el que El Fary contaba una anécdota de cuando toreó un becerro en Barcelona. “Qué paliza me pegó aquel becerro, pero le pegué tres de verdad para dibujarlos, amigo mío” le decía el bueno de José Luis al entrevistador. Me vino a la mente el día que vi a mi amigo Eduardo pegarle tres derechazos ligados a una becerra a campo abierto. El cabrito había toreado de salón, pero nunca se había puesto delante de un animal, y ese día pegó un pase de pecho que bien podría haber sido un cartel de toros. Luego le arrolló la becerra, pero esa es otra historia. Eso sí, a ver quién le quita los tres y el de pecho de su cabeza. Ya se lo digo yo: naide.
De vez en cuando rememoramos aquel día y nos reímos a la vez que nos emocionamos, porque tiene narices que de un fin de semana completo te quedes con dos pamplinas, pero qué dos. Son las mijitas del freidor, amigos. Virutas que se quedan entre nosotros. Los posos del café de la memoria. Esos que, por mucho que enjuagues el filtro, se quedan ahí para toda la vida.
Hace años que las mijitas del freidor se perdieron en la ciudad, ya sea porque no interesan o porque sanidad te echa la baraja como vea a los freidores vendiendo aquello. A mí me contaba mi padre que por dos duros te daban en cualquier freidor de pescado un cartucho de papel de estraza con mijitas del expositor. Virutas de pescado y restos de la fritura que se quedan ahí y que nadie quiere. Pringue de la buena.
Yo no sé si la gente se iba comida con eso, pero el gusto a pescaito te lo dejaba. Y pasa algo parecido con la vida, ¿no? Uno quiere saberlo todo de joven. Sueña con recorrerse el mundo entero. Ver todas las películas habidas y por haber. Comerse el mundo. Cambiar el rumbo del país. Leer a Borges y entenderlo. Pero llega una edad en la que uno no pierde la curiosidad, pero sí que desiste ante la excelencia. No busca la faena rotunda. Porque uno se lamenta de vez en cuando, por ejemplo, con amores que en vez de quedarse salieron pitando. Y es un poco triste pensar que aquello no pasó de tres días contados, pero después miras por el retrovisor y piensas en la suerte que tuvisteis. Se fue sin avisar, pero aquellas noches no me las quita ni Hacienda.
No hay mayor ejemplo para esto que el verano. Fantaseamos durante un par de días previos a las vacaciones con planes. Hasta te haces una especie de itinerario mental para poder exprimir hasta el último rayo de sol, pero al final no haces todos esos planes maravillosos. Te contentas con tomar el sol mientras ves a los niños de otro hacer castillos de arena. Y es ahí, en las virutas, cuando rebañas la vida de verdad como si de la última cucharada de la ensaladilla se tratara.
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