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Mi carrete mental
Todo esos recuerdos están en mi cabeza, y estaba siendo tan feliz que no sabía ni dónde tenía el teléfono. En cambio, no me acuerdo de casi nada que haya grabado.
23 de julio 2025
Todo esos recuerdos están en mi cabeza, y estaba siendo tan feliz que no sabía ni dónde tenía el teléfono. En cambio, no me acuerdo de casi nada que haya grabado.
Hace poco que cambié de móvil y, con más desgracia que suerte, perdí todas las fotos que tenía. Y por si le parecía poco a la vida, las únicas fotos antiguas que conservo son de un iphone que heredé de uno de mis hermanos allá por 2017, y claro, la desgracia es aún mayor, porque por aquel tiempo tenía más pelo, estaba más canijo y no sabía lo que era hacienda. La pregunta es tan clara como absurda: ¿qué hago ahora? No tengo fotos de mis últimos viajes, tampoco de algún pájaro que otro ni de libros que subrayé de los que no me acuerdo ahora (No te gustarían tanto, majo). Lo que he sacado en claro de lo anteriormente dicho debería ser que es una pena no tener ya esos recuerdos, pero realmente me he dado cuenta de que es absurda la cantidad de fotos que tenemos en los móviles. Fotos hechas porque sí, devaluando así el hecho de recordar algo de forma tangible.
Desde entonces no paro de pensar en las fotos mentales que tengo en la cabeza, esa memoria por la que no hay que pagar más si queremos aumentarla porque va de la mano de nuestras vivencias. Fue entonces cuando me acordé del episodio de The office en el que Pam y Jim juegan a hacer fotos imaginarias de cosas que les pasan estando juntos y que intentan capturar con sus retinas, creando así un álbum de recuerdos que solo una maldita enfermedad sería capaz de arrebatarles.
Tengo un montón de esas fotos guardadas en la cabeza, y eso me tranquiliza. Qué alegría da ser demasiado feliz como para tener que inmortalizarlo por narices. Recuerdo el primer birdie de mi padre y el polo verde que llevaba. El larguero que pegó Kike Márquez contra el Oviedo en aquel playoff de ascenso. Los partidos de tenis que jugábamos mis hermanos y yo con aquella red que nos regalaron en Navidad. Un trincherazo de Aguado en El Puerto. Un baño en la playa con mi madre. Aquella tarde de verano en la que aminoré el paso para poder verte caminar comiéndote un helado con esa ligera brisa que nos regaló el poniente. En ese momento, inconscientemente, se me vino a la cabeza esa parte de La noche inventada de Family que dice: “Déjame hacerte una foto con las nubes detrás / quiero tener un recuerdo si un día te vas”.
Todo eso está en mi cabeza, y estaba siendo tan feliz que no sabía ni dónde tenía el teléfono. En cambio, no me acuerdo de casi nada que haya grabado. El recuerdo nos hace estar vivos, y estas fotos mentales que guardo en el carrete de la memoria no son más que cosas que fueron pero que, gracias a ellas, somos.
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