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Si las cosas fuesen como son, Gabriela Escobar Dobrzalovski (H&O, 2022)
El impacto de encontrarlo sin preverlo. El dolor de descubrirlo.
26 de agosto 2025
Si las cosas fuesen como son articula una violencia porque, de hecho, las cosas no son como deberían ser. Son de otra forma. Violenta. No obstante, el título no dice “Si las cosas fuesen como deberían ser”, dice “Si las cosas fuesen como son”, así que de hecho, sí que son así. Siguen siendo así, aunque no sean así. Porque “si las cosas fuesen como son”…
Esta ruptura entre lo que es, lo que debería ser, y lo que sería si fuera así, establece una lógica violenta que se articula en tres modos: violencia sintáctica, violencia personal-familiar, violencia histórica.
Lo primero que encontramos en el libro es una frase. Una frase violenta. Violenta en el nivel de la frase, no todavía en lo que dice. Es una sintaxis violenta. Seduce, es articulada con decisión, se percibe la destreza de quien escribe y la tradición en la que escribe. Onetti, Felisberto, pero también Silvina, Pizarnik. El río de la plata (quizá con México) es la tierra de nuestra lengua que más ha violentado nuestra gramática y de esta forma la ha mejorado y convertido en la tradición central del castellano del siglo XX hasta aquí.
“En mi casa las hormigas son el futuro”.
Sin embargo, esta frase seductora por su brusquedad inesperada parece vacía. Fuegos de artificio. Hay dominio, sí, pero no se sabe a dónde se quiere llevar. Parece.
Hay que seguir leyendo. El libro es breve, sus capítulos también y los párrafos fragmentados y numerados, quebrados, también estructural y narrativamente lo facilitan. Aunque no es un fragmento gratuito:
“Digo familia como digo desplazamiento de vértebra. Si escribo la historia en fragmentos es porque así me la contaron. Mi familia es un caleidoscopio detonado, nadie quiere agacharse a juntar los pedazos”.
Si seguimos descubrimos una segunda violencia: personal-familiar. Madre cruel, hija cínica, hermanos castrados. Tan conocido este decantado en las novelas de los últimos diez años. Es coherente y preciso. La escritura se ata con lo escrito. La trama golpea y las frases cortan. Tiene sentido, está bien ligado y nada es relleno. En un taller literario sería el relato estrella. Ganaría el premio del año seguro. Tan concretamente ha llevado a cabo las directrices de las clínicas de escritura creativa (por lo demás tan habituales allá y tan escasas en España, lo cual explica muchas cosas).
Pero no da para recordar este relato años después. Falta algo. Precisión, sin fallo, sigue vacía, sigue siendo violencia gratuita de una realidad anodina sin justificar. ¿Por qué debemos leer esto?
Aparece en la página 43 la violencia histórica para darnos el golpe fatal, la cuchillada mortal, diciéndonos al oído en un callejón oscuro de la vieja Europa (eres tan estúpido que te creíste más listo que nadie, ¿verdad?, pues aquí lo tienes).
No voy a revelar en qué consiste el corte que hace de este relato un texto de los mejores en español postcovid, un texto para leer y seguir leyendo, una violencia oscura, profunda y necesaria, que nos duele de verdad y nos interpela, hoy y creo que por mucho tiempo. Un libro necesario.
El impacto de encontrarlo sin preverlo. El dolor de descubrirlo. El placer de estar equivocándome al pensar esta novela como una mera secuela obediente de la gran rama arltiana rioplatense. No le quiero quitar a nadie la alegría de descubrir un buen libro. Repito: página 43. Y después a disfrutar la violencia necesaria de un gran libro:
“Su vecina había concretado exitosamente un suicidio usando una bolsa de ese mismo supermercado, pero ahora las hacen biodegradables y no ahogan lo suficiente”.
Solo me queda apuntar algo. A estas tres violencias coherentes y encadenadas, necesarias finalmente, las envuelve el cuerpo. El cuerpo está en el principio, y el cuerpo es nuestro destino.
La verdad del cuerpo, el dolor del cuerpo. Lo que somos y nuestra enfermedad. La sangre, la familia, la paranoia. Todo lo que la carne y la química nos es. Esa es la violencia final. Hay cuerpos, y los cuerpos dañan y sufren. La familia y la Historia los golpea, los corta, los quema.
Pero el cuerpo, en literatura, es palabra. La palabra precisa que duele en la frase violentamente articulada. Por eso esta novela sí y otras no. Finalmente sí era la frase.
“Tengo un recuerdo de cuando no tenía cuerpo”.
Otro gran ejemplo de la literatura fragmento.
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