La belleza de las cosas sencillas me ha tendido una trampa. Un placer veraniego recién descubierto: quedarme dormidito en la piscina. Me pego un baño, salgo del agua, me tumbo a la sombra a esperar al sueño, que acaba encontrándome mientras leo un libro o escucho el Tour por el auricular o me pierdo entre hipótesis que nunca sucederán. Así llevo medio verano.
Me gusta la piscina porque tiene algo de vestuario de fútbol, enseguida quedan claras las jerarquías. En la mía son dos las abuelas que manejan el cotarro. Da igual la hora, el día o la semana, ahí están ellas dos, imperturbables al calendario. Nos caemos bien y me siento orgulloso por ello. Noto que tengo no ya su aprobación, sino también cierto apego, dentro de todo el apego que se le puede llegar a profesar a un vecino de piscina. Hemos consolidado una muy buena relación basada en la simpatía mutua y, por qué no decirlo, la dosis necesaria de sentido del humor, nunca excesiva, siempre prudente, precisa para salvarnos de la temida conversación burocrática.
También disfruto con los críos que no dejan de correr y gritar y hacer cosas de crío. Les sonrío, alguna vez les vacilo. Rezo para que se les escape la pelota y me llegue y me vea obligado a darme unos toquecitos con ella antes de devolvérsela. Con las niñas, menos asalvajadas ellas, trato de sacar a relucir mi manual de buenos modales. Cada poco les compro unas pulseras que hacen ellas mismas aún sabiendo que no me las pondré en la vida, pero qué más da, si así las hago feliz. En definitiva, me considero un vecino bien valorado por la comunidad, medianamente simpático, de los que dan los buenos días o las buenas tardes cada vez que asoma. Digamos que poco a poco me he hecho un huequito en esta pequeña sociedad, granjeándome una reputación, espero, de joven educado y amable.
Pero el otro día bajé con mi compañero de piso y me asesinó sin saberlo para siempre. Sucedió tras una de mis habituales siestecitas de 20 minutos, nada más despertarme. Has roncado, cabrón, me suelta a bocajarro, como si tuviese mono de participar en un pelotón de fusilamiento. Has roncado, cabrón. Pero cómo que he roncado. Pero qué me estás diciendo. Inmediatamente traté de justificarme. Vamos a ver, si duermo boca arriba, sin camiseta, empapado, y además tenemos en cuenta que llevo un verano muy tonto de tos y mocos, pues lo normal es que un varón de mi edad y condiciones ronque. Cómo no voy a roncar. Y además, ¿qué hago yo disculpándome? que sólo he roncado un poquito, joder, que no me he merendado a la niña de las pulseras ahí delante de todos. Como si yo tuviese la culpa de roncar. Se supone que uno solo tiene responsabilidad por aquello que hace intencionadamente, o, al menos, con un mínimo grado de conciencia ¿no? Uno puede pedir perdón por sus palabras o actos, no por aquello que se escapa a su voluntariedad. No se elige roncar como tampoco se elige el deseo, son situaciones sobrevenidas que aceptamos como inevitables.
Traté de negociar con él, buscando un término medio que no nos hiciese mayor daño a ninguno de los dos. ¿Pero ha sido mucho? pregunté, queriendo quitarle hierro al asunto. Sí, si, mazo ronquidos, tío. Mazo ronquidos, tío. Cómo te quedas. Mazo ronquidos, tío. Que suena a oxímoron generacional. Nadie nunca ha dicho esas tres palabras juntas. Y la primera vez en la historia de la humanidad que se dicen tengo que ser yo el receptor de las mismas. Mazo ronquidos, tío. Lo estaba disfrutando, el cabrón de él estaba gozando al verme humillado, flagelado sobre una toalla, con ese gustirrinín sádico tan mezquino, tan nuestro, como cuando te encuentras al compañero guapo del colegio al que le tenías perdida la pista gordo y medio calvo.
Pasado el estupor inicial caí en la extrema gravedad de su confesión. De repente mi cabeza se llenó de flechas, números y ecuaciones en una pizarra, como en la escena de Sospechosos habituales en la que el policía se da cuenta de que Kevin Spacey es en realidad el malo y se le cae la taza de café al suelo. Porque si a este tío, y digo este tío por no decir este hijo de la gran puta, si a este tío que encima se hace pasar por mi amigo le han bastado 20 minutos para detectar mis hábitos cada vez que me vencen los párpados, ¿qué habrán pensado, y peor, qué habrán cotilleado las señoras, a la sazón mis nuevas mejores amigas, con las que habré compartido unos 50 días de piscina y siesta?
Con lo humillante que es oirle a alguien decir que roncas. Que si te lo comenta tu compañera de cama, pues bueno, queda el consuelo de saber que su descubrimiento se debe única y exclusivamente al hecho de haber compartido sábanas, que eso siempre une mucho quieras que no. Pero aquí, en la piscina, delante de todo el vecindario, aquí no existe el alivio del sexo ni del cariño mutuo ni nada de nada. Un poco como lo de que meter un gol es un orgasmo ante 60.000 personas, pero al revés.
Que no, que no puede ser. Niego todos los cargos. Yo no ronco, si acaso respiro con un poco de dificultad. Aceptarlo sería conceder una derrota vital, tirar la toalla de la ilusión, cortarme la picha, meterla en un bote de formol y abandonarme en un pueblo con mar hasta que me encuentre la muerte, sin deseos ni entusiasmo ni rencor. Sí, ser consciente de que roncas como un jabalí supone el abandono definitivo de la juventud. Como mirarte en el espejo y descubrir unas entradas o una calvicie incipiente en la coronilla, o como sufrir un gatillazo, algo a lo que uno se rebela por más que las evidencias lo acorralen. Además en este caso no hay excusa alguna. Podría alegar que es la primera vez que me pasa, o que esto no es lo que parece. Pero aquí claro que es lo que parece, lo sé yo, lo sabe la socorrista, lo saben las viejas y lo sabes tú que ni me conoces.
Qué desolación, qué impotencia. Me imagino a unos ladrones entrando a robar a mi casa -cosa que ya ha sucedido- y huyendo despavoridos. "Vámonos, que en ese cuarto tienen encerrado a un león". Yo, que me creía bien simpático, epítome de yerno que toda suegra desea, placer culpable de unas abuelas peleándose por ser las primeras en presentarme a sus nietas solteras, y resulta que cuando me vean aparecer dirán ahí viene el dormilón. Bueno, si al menos fuese el dormilón, ni tan mal. Ahí viene el roncón, dirán. Y cuando se me vaya la olla y un día coja el cuchillo del jamón y me cargue a tres fulanos, y venga la tele a preguntar por el vecino loco del quinto, las señoras ya no dirán eso de que siempre saludaba, que no se explican cómo ha podido pasar esto si siempre daba los buenos días. Lo que destacarán de mí será mi absoluta normalidad, frialdad incluso, para quedarme dormido como si nada en la piscina, ni siquiera para inmutarme ante mi propio resuello. Era un chico muy tranquilo, demasiado. Roncaba mucho, siempre roncaba.